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7.22.2013

A. OTIS SKINNER


Nació el 28 de junio de 1858 en Cambridge, Massachusetts en medio de una familia acomodada. Fue educado en Hartford con un ojo puesto en una carrera para el comercio y el otro para formar una familia burguesa; pero una visita al teatro le dejó tan perplejo que se desmayó y al recobrarse juró se dedicaría al teatro. En contra de lo que pudiera pensarse , su familia lo apoyó en el emprendimiento y lo contactó nada menos que con el circo de PT Barnum. Allí , en medio de las fieras, los payasos y los saltimbanquis de feria, tendrá una experiencia que lo marcará de por vida en los espacios del entretenimiento para muchedumbres. Logrará una soltura escénica y un conocimiento de trucos actorales que no estaban presentes en los establecimientos del teatro clásico. Su vida es un continuo salto entre éxitos , espacios performáticos , teatros oficiales y circos. Se volvió un personaje de referencia obligada y se destacó en papeles de Shakespeare, como Shylock , Hamlet , Ricardo III y Romeo y Julieta. Era considerado de las mejores actuaciones de cómicos americanos de finales del siglo XIX y durante el primer trimestre del siglo XX. 
En la imagen aparece retratado por George Luks en el papel del coronel Philippe Bridau (1910) un personaje que interpretaba en The Honor of the Family, una adaptación dramática de Emile Fabré, sobre una historia de Balzac titulada “Les célibataires”.
Un admirador de Skinner desde su juventud, el multimillonario Phillips, encargó el retrato, afirmando que "consideraba a Luks como el mejor hombre en América para retratar al mejor cómico del mundo". Debido a que Skinner estaba muy ocupado para hacer de modelo, Phillips compraba entradas del teatro en el que actuaba para que el pintor pudiese hacer bocetos del actor.
Luks presenta aquí el porte pícaro y de buen carácter del personaje Coronel Bridau. El actor aparece en tres cuartas, contra un fondo neutral, eliminando cualquier contexto descriptivo y forzando al espectador a focalizarse en la mirada burlesca del actor.´


12.25.2012

CATARSIS





Catarsis es un término griego (katharsis: purgación, purificación), utilizado originariamente en medicina y en la escuela pitagórica. Para Hipócrates catarsis es la expulsión de los malos “humores” corporales, mientras que para los pitagóricos la música tenía un valor catártico: mediante ella, el alma se libera de sus tensiones y deriva hacia un estado de armonía y equilibrio.

De esta doble fuente arrancaría la noción aristotélica de catarsis (que el filósofo presenta en su imprescindible Poetica), aplicada a la interpretación de la tragedia, en cuya representación se produciría una agitación del espíritu y una descarga afectiva en el ánimo del espectador, al identificarse éste con el héroe que, por su situación dramática, trasvasaría un doble sentimiento: de piedad y deterror.

En el ejemplo de una tragedia-arquetipo como el Edipo Rey, de Sófocles, la contemplación de la situación desgraciada del héroe engendra en el espectador un sentimiento de conmiseración y piedad, al tiempo que el horror sentido por el propio Edipo ante lo detestable de sus actos (que él mismo asume como inevitables por la fuerza del destino) se convertiría en causa de terror para los asistentes ante lo ineludible de dicho destino. De esta forma el espectador quedaría purificado de sus pasiones, al experimentar en sí esos sentimientos de piedad y terror.
Así pues en dicha obra Edipo llega a la anagnórisiscuando se da cuenta de que ha matado a su padre y se ha casado con su madre. Tales descubrimientos y su reacción ante ellos nos llevan a los espectadores a la catarsis: por un lado sentimos horror ante su situación y por otro nos apiadamos de él.



Evolución histórica del término


La interpretación de este concepto aristotélico de catarsis ha variado históricamente. En el Renacimiento surge una doble explicación: estoica (la catarsis debe ayudar al espectador a educar y dominar sus sentimientos y emotividad) y ético-cristiana (la contemplación de las desgracias del héroe debe mover al hombre al arrepentimiento de sus vicios y a la purificación de sus pasiones).

En el drama burgués del siglo XVIII, Diderot y Lessing (frente a Rousseau, que la consideró una emoción pasajera, vana y estéril) creen que la catarsis no ha de eliminar las pasiones del espectador, sino “transformarlas en virtudes y en participación emocional ante lo patético y lo sublime”.

En el teatro romántico y posromántico se cultiva una nueva forma de catarsis que surge de la provocación de las emociones del público ante la presencia en escena de lo grotesco, lo monstruoso y lo sublime (Víctor Hugo) y ante diversas formas de crueldad (Artaud). La mayor oposición a ella se produjo con Brecht, quien la asimiló a la enajenación ideológica del espectador y a la exaltación de los valores ahistóricos de los personajes.
Como otros muchos elementos, el cine ha absorbido de la literatura el uso de la catarsis, aunque no siempre al estilo clásico. Una de las mayores catarsis que ha dado el cine en este siglo ocurre en el final de The Mist (‘La Niebla’), dirigida por Frank Darabont y basada en la novela de Stephen King. El final del personaje David Drayton, interpretado por Thomas Jane, es sencillamente el súmmum de la catarsis, tanto por horror como por piedad.


EFECTO DISTANCIAMIENTO



El efecto de distanciamiento o efecto de extrañamiento es una técnica empleada en teatro, iniciada (o reforzada) por el dramaturgo Bertolt Brecht en su “teatro épico” o teatro narrativo (Episches Theater). El efecto de distanciamiento (Verfremdungseffekt) consiste en que la obra se centra en las ideas y decisiones, y no en intentar sumergir al público en un mundo ilusorio, para así evitar la catarsis.
Para Brecht era necesario un distanciamiento emocional del espectador ante la obra, ya que el teatro debía “mostrar y explicar ideas de una realidad que consideraba cambiante”, y el público debía reflexionar de una manera crítica y objetiva.
Si lo que se produce, por el contrario, es una identificación con los personajes, el espectador pierde una parte de sí mismo que le impide reflexionar objetivamente sobre lo que sucede en el escenario.
Todorov en su ‘Teoría de la Literatura’ explica el concepto de distanciamiento del siguiente modo: los objetos observados repetidas veces, comienzan a ser percibidos automáticamente; el objeto se encuentra ante nosotros lo sabemos pero no dejamos de verlo.

Técnicas para conseguir distanciamiento

Hay diversas técnicas empleadas para conseguir el efecto de distanciamiento, y aunque no todos son originales, sí empezaron a ser usadas profusa y conscientemente por Bertolt Bretch en el siglo XX.
Los actores se dirigien directamente a la audiencia, en una especie de aparte llamativo y abierto.
La exageración y artificiosidad en la locución o movimientos actorales. Más que actuar, se narra.
El uso de luz de escena de manera no convencional
El empleo de canciones
La locución en verso
La aparición de carteles y pancartas que anticipaban qué va a pasar
Las proyecciones que detienen la acción
La actuación de un narrador-personaje
A través de estos métodos el público se distanciaba de la obra, siendo consciente de estar viendo una obra de teatro de manera que podía reflexionar sobre esta.
Realismo frente a distanciamiento
Brecht era consciente, sobre todo en su exilio en Estados Unidos, donde el teatro era muy tradicional siguiendo el estilo naturalista (a diferencia de las vanguardias europeas), que sería difícil que sus obras innovadoras fueran representadas. Precisamente en ellas el autor intenta alejarse del estilo “natural” aristotélico y negar la ilusión escénica.
Brecht elaboró su propio concepto de realismo:
El escritor realista no se sustrae a los lectores de su realidad para llevarlos a la suya propia, no se erige en la medida de todas las cosas, no se procura simplemente unos fondos, de gran efecto, un poco de colorido, unos pocos motivos convincentes, y no forma su impresión de la realidad simplemente de impresiones sensoriales, sino que con astucia saca a la naturaleza sus secretos, ayudándose de todos los recursos de la practica y la ciencia, concibiendo la realidad en una lucha constante contra el esquematismo, la ideología, el prejuicio en toda su diversidad, en todos sus matices, en movimiento, en su carácter contradictorio.
Ejemplos de obras de Brecht de teatro épico donde se buscaba el distanciamiento son Mutter Courage und ihre Kinder (‘Madre Coraje y sus hijos’) o Der gute Mensch von Sezuan (‘La buena persona de Sezuan’).
Alfonso Sastre, que teorizó sobre el teatro épico y el distanciamiento en numerosas de sus obras ensayísticas, también empleó técnicas de extrañamiento en obras como ‘Escuadra hacia la muerte’o la fabulosa ‘Taberna fantástica’.


ASTRACÁN O ASTRACANADA



El astracán (o astracanada) es un subgénero teatral cómico muy popular en los escenarios españoles durante el primer tercio del siglo XX, cultivado, ente otros dramaturgos, por Pedro Muñoz Seca y Pedro Pérez Fernández.
Aunque fue el exitoso género de evasión del público español de la época, en contadas ocasiones alcanza reconocimiento crítico y calidad.

El astracán supuso una salida a la crisis de los sainetes, aunque como lo que importa únicamente es reír, incluso a costa de la verosimilitud argumental, frecuentemente caía en el absurdo y carecía de calidad literaria.

Origen del término “astracán”

El Diccionario de la Real Academia no contempla el término “astracán” con esta acepción, sino que lo reserva para “astracanada”. En cualquier caso, la palabra simple o la derivada provienen de Astraján, ciudad rusa del Caspio.

Con el significado escénico, astracanada se empleó antes que astracán, ya a finales del XIX, relacionándola con obras del género chico caracterizadas por el humor y los disparates (era un adjetivo empleado peyorativamente).
Para encontrar la relación entre la palabra relativa al subgénero teatral y sus otras acepciones, existen hipótesis diversas. Según Ricardo De la Fuente Ballesteros “En torno al astracán”),
Tal vez se utilizó la palabra astracán por la similitud entre la apariencia basta de la prenda de este tipo y la vulgaridad y confección desaliriada de estos productos cómicos. Otra razón puede estar en la sensación de algo grotesco y extrario que podría producir una persona vestida con un abrigo de este tipo de piel, alejado de la moda del momento; sensación que encaja muy bien con los astracanes, donde lo grotesco y lo anormal son definitorios. De ahí que la mayoría de los cronistas escribiesen la palabra con k, para designar una obra tan exótica o disparatada como un ruso, vestido al estilo de su país, en un escenario español.


Características del astracán


Basado en una teatralización de la realidad, explota el uso de recursos como el retruécano, falsillas sentimentales y situaciones disparatadas. La acción, las situaciones y los personajes se supeditan al chiste y a las deformaciones cómicas del lenguaje. Los juegos toscos de palabras, la tipificación regional del habla, los nombres propios que dan lugar al equívoco y al chiste… son otros recursos repetidos.
La figura más importante del astracán es el fresco, personaje-tipo ocurrente que se mueve en una caracterización desde lo más costumbrista a lo más cómico, llegando a convertirse en “un pícaro o un granuja que inventa patrañas sin maldad real y que siempre son descubiertas y ridiculizadas” (J. A. Ríos Carratalá).
El periodista y crítico teatral Francisco Aznar Navarro ofrecía el siguiente perfil del género en ‘La Correspondencia’:
Se toma un fresco, lo más fresco posible. Se coloca a su alrededor una docena de mentecatos, se les somete a la más disparatada intriga, con el pie forzado del equívoco a que se presta el doble uso de un nombre de persona o población. Y se vuelca sobre todo ello veinte toneladas de frases, graciosas unas, dislocadas las más, que por lo inopinadas hacen que el público se destornille de risa y aun aplauda, sin perjuicio de preguntarse al final de la jornada: -Pero señor, ¿qué he aplaudido yo?
En sus manifestaciones más extremas se llega incluso a subvertir el lenguaje por medio de una parodia continua, que es lo que ocurre en ‘La venganza de Don Mendo’.



Obras y autores destacables del género


‘La venganza de Don Mendo’ es la astracanada más celebrada de Pedro Muñoz Seca, en la que se parodia el teatro histórico del Modernismo literario español y las convenciones y temas del teatro clásico español del Siglo de Oro. Una obra descabellada y divertida que cuenta con versiones cinematográficas como la de Fernando Fernán-Gómez.
Otras astracanadas muy conocidas de Muñoz Seca son ‘El verdugo de Sevilla’, ‘Los extremeños se tocan’, ‘La plasmatoria’, ‘Anacleto se divorcia’...

El astracán fue una forma que desafiaba la estética realista heredada del siglo XIX, y como tal fue bastante incomprendido y tuvo frecuentes detractores, sobre todo entre la crítica.
Chabás insiste, al comenzar su ‘Literatura española contemporánea’, en la “decadencia” del teatro español desde fines del XIX. Y no tiene reparos en criticar duramente el género del astracán, que “debiera excluirse de los capítulos dedicados a la historia del teatro”, y despreciar directamente a Muñoz Seca, que, según él, se lanzó a la más disparatada contorsión de la farsa, rebajando soezmente los temas más altos, buscando la más chocarrera forma del retruécano verbal y envileciendo el idioma estercolariamente.
A pesar de las críticas, Muñoz Seca fue el autor más aplaudido durante diez años de la escena española.
Aunque cuando Pedro Muñoz Seca se alzó con el reinado del género se olvidaron otros nombres que lo cultivaron, recordemos que E. García Álvarez fue precursor del astracán. El género del astracán surge en Muñoz Seca cuando comienza a colaborar con Pérez Fernández en las obras ‘Por petenera’ (1911) y ‘Trampa y cartón’ (1912) , y se afianza con la colaboración de García Álvarez en ‘El último Bravo’ (1917). Lo cultivaron otros autores como Carlos Arniches, Paso, Abati, Pedro Pérez Fernández…
En definitiva, el astracán es un subgénero teatral cómico que gozó de éxito entre el públio ávido de diversión y evasión, gracias al humor y por su efectividad teatral sobre el escenario, aunque en contadas ocasiones alcanzara pretensiones más altas y cotas de calidad literaria destacables, sumiéndose así en la decadencia del teatro cómico español de la época.




12.20.2012

EL RENACIMIENTO EN EL TEATRO


La dramaturgia del Renacimiento resulta comprensible para nosotros, contemporáneos del siglo XX, hasta un extremo en el que jamás podría serlo la literatura medieval, ya que pertenece a un momento histórico mucho más similar al nuestro, en el que la humanidad por primera vez deja de lado a Dios para ocupar el escenario de su propia conciencia. El teatro de la Edad Media está sustentado en una dramaturgia religiosa, absolutamente dependiente de la tecnología y de los rituales del cristianismo; el del siglo XVI, por contra, es un teatro secular y sobre actividades humanas. En escena ya no aparecen el cielo y el infierno, sino el mundo histórico y el presente concreto; lo esencial del drama ya no pasa por la salvación del alma, sino por el destino de los reinos, de las razas y de las familias. El Renacimiento, al secularizar la cultura, diO carácter histórico al teatro como otras tantas cosas; el drama se convirtió – para usar la definición de Karl Marx relativa a la historia – en el “espectáculo del hombre persiguiendo sus objetivos”.

En Gran Bretaña, la ruptura con el pasado fue clara y contundente. La Reforma de Enrique VIII abolió el tradicional drama religioso, al que identificaba con la liturgia del catolicismo. La nación-estado que se desarrolló bajo los Tudor era básicamente modernizadora, imperialista y secular, y su revolución económica alcanzó a los actores y demás gente relacionada con el teatro. De servidores más o menos fijos de nobles y aristócratas, a fines del siglo XVI los actores pasaron a ser pequeños productores independientes, que vendían su trabajo sin intermediarios a un mercado ansioso y en crecimiento.

EL CICLO ISABELINO

La proliferación de dramaturgo – Granville-Baker llegó a censar 116, de los que más de un centenar ha sido devorado por el olvido, cooperativas teatrales autónomas de todo patronazgo y la construcción de numerosas salas específicamente destinadas a la representación de espectáculos, son acaso los tres elementos novedosos que caracterizan la “revolución isabelina”, cuyo centro indiscutible sería el genio de Shakespeare. El Rose, el Swan y el Globe fueron los más famosos de estos anfiteatros construídos al aire libre provistos de un escenario vasto y desnudo, alrededor del cuál el público permanecía de pie o sentado en galerías que recorrían las paredes interiores del edificio. No había escenografía ni ningún tipo de iluminación artificial, de modo que todo el interés e ilusión dramáticos se centraba en el trabajo de los actores: sus gestos, su vestuario, su manera de decir. Las nuevas salas tenían capacidad para miles de espectadores y el precio de la entrada con frecuencia no superaba el penique, por lo se que se trataba de un teatro eminentemente popular.


Cuatro nombres configuran el póker de ases del teatro isabelino, en torno a la gran figura protagónica de Shakespeare, desde el precursor Christopher Marlowe hasta el heredero John Ford, pasando por Thomas Kyd y sobre todo por Ben Jonson, el más versátil de los cuatro. Ford, por su parte, sobresale entre los autores posteriores a la retirada de Shakespeare – el periodo “jacobino”: Francis Beaumont, John Fletcher, James Shirley o sir William Davenant.

EL FENÓMENO SHAKESPEARE

Como dramaturgo, la facilidad y fortuna de William Shakespeare (1564-1616) no tienen parangón posible en toda la historia de la cultura de Occidente. En los veinte años en los que con seguridad permaneció en Londres, abordó todos los géneros, triunfó en todos ellos y dejó, a su paso por cada uno, algunas de las obras más altas de la literatura universal. Para disimular el asombro que su figura convoca se ha querido ver en él la síntesis del genio con la capacidad práctica y el sentido de la oportunidad, ya que ciertamente le tocó vivir uno de los momentos más creativos del teatro europeo en el sitio preciso, y lo aprovechó como nadie hasta convertirse en el empresario más próspero del ciclo isabelino.


Sea como fuere, lo cierto es que ningún dramaturgo fue más flexible que él a las demandas del público, sin ceder por ello un ápice de su altísima calidad. En comedias tales como Noches de Reyes y Como gustéis (ambas h. 1600) Shakespeare destacó en el ejercicio del drama festivo, con connotaciones sentimentales y a menudo en un ambiente utópico, ilustrando el proceso de maduración de un héroe romántico con la ayuda de una mujer fuerte y segura de sí misma. Parece increíble que éste sea el mismo autor del más vasto fresco histórico del teatro mundial, con la cantidad de piezas que narra y explicitan el proceso que culminará con la muerte de Ricardo III en la batalla de Bosworth. O del gran ciclo de tragedias integrado por Hamlet, El rey Lear y Macbeth en el que consiguió piezas que son auténticas crónicas de la catástrofe universal de una época, además de testimonios de la agonía de un héroe. No obstante, después de esas insuperables demostraciones, como la moda viró hacia la tragicomedia romántica, Shakespeare no tuvo dificultades en abordar otras cumbres (La tempestad, Cuento de invierno; ambas posteriores a 1610), que reexaminan y recrean todas las convenciones de los géneros dramáticos.

Lo más asombroso empero, el perdurable misterio de este genio del teatro y de la poesía, es que poco antes de cumplir 50 años, en plena prosperidad y ejercicio de su talento, decidió jubilarse y regresar a su pueblo natal de Stratford-on-Avon, donde vivió como un pacífico granjero, sin volver a escribir ni siquiera un soneto hasta el día de su muerte.


LOS PRECURSORES DEL TEATRO ESPAÑOL


Durante unos doscientos años, los que van de la obra de juventud de Juan del Encina a la muerte de Calderón, el teatro español traza una curva de desarrollo ascendente que, por la calidad y cantidad de sus obras, no tiene paralelos en Europa, ni siquiera con los otros dos grandes teatros nacionales, que son el inglés y el francés, cuyo respectivo y sucesivo esplendor será más breve.
El precursor y polífacético Encina, músico, poeta, cantor de coro, viajero, etc. ha pasado a la historia porhaber sido el primero en dar forma al drama castellano, al comienzo llevado por un solo instinto, en las representaciones que montaba en el castillo de Alba de Tormes y posteriormente incorporando las ricas experiencias de sus viajes italianos, que le inspirarían sus conocidas églogas bucólicas.


En una dirección ya mucho más claramente renacentista y sin la más mínima inspiración religiosa se sitúa el teatro del extremeño Torres Naharro, que llegó a escribir ocho obras extensas – de cinco actos cada una – que reunió enPropalladia (1517), acompañadas de un extensoproemio que es la primera reflexión teórica hecha en castellano sobre el arte dramático. El trío de precursores se completa con el portugués bilingüe Gil Vicente, cuyo exquisito lirismo no es óbice, para una continua preocupación formal que le hace dar un paso inmenso en relación a sus precedesores: por la variedad de temas, personajes y situaciones que abarca, ya que es un claro antecedente de los nombres mayores de la dramaturgia hispánica.


LA CELESTINA

Caso aparte, en todos los sentidos, en la historia de la literatura española, esta obra excepcional sigue resistiéndose a los análisis que se han hecho de ella. Antecesora y punto de partida del mejor teatro español, es al mismo tiempo una novela (por su vastedad y ambición: 16 actos la componen) que para muchos tratadistas sólo es inferior al Quijote. Publicada por primera vez en Burgos, en 1499, bajo el título Comedia de Calisto y Melibea, su autoría no queda clara hasta la tercera edición (Sevilla, 1501), donde se afirma que pertenece a Fernando de Rojas, quien habría partido de un acto anónimo para componerla. El propio Rojas parece cambiar posteriormente el título por el de Tragicomedia de Calisto y Melibea, y agregar los actos, hasta un total de 21, que conforman la edición definitiva. Lo que escapó a su decisión, no obstante, fue que la Celestina, su personaje protagónico y uno de los más ricos de la literatura renacentista, acabase dando nombre a toda la obra.


El bachiller Fernando de Rojas es por lo menos tan misterioso como la génesis de su obra, ya que sólo se sabe de él que nació en la Puebla de Montalbán, que era de ascendencia judía y estudió en Salamanca, donde tal vez fue discípulo de Nebrija. Dos detalles llaman en él poderosamente la atención de los eruditos: la absoluta distancia que tiene con su obra, en la que no se trasluce ni uno solo de sus sentimientos u opiniones, y el hecho de que, con el inmenso talento que derrochó en ella, haya vivido cuatro décadas más sin escribir ninguna otra cosa.

LOPE DE VEGA Y EL TEATRO NACIONAL


Dos autores, por lo menos, hay que destacar entre el grupo de los considerados “prelopistas”: Lope de Rueda (?1510-1565) y Juan de la Cueva (?1550-1610), porque en ellos se dan por primera vez los elementos de los que con Lope de Vega será el triunfo del “teatro nacional”, entendiendo por este una dramaturgia no sometida ya a las traducciones y tiranías del clasicismo, sino de lenguaje y tipología netamente españoles.
Hombre de teatro total (actor, dramaturgo y empresario), Lope de Ruedapasará a la posterioridad menos por sus obras en prosa y de gran aliento (Eufemia, Armelinda, Los engañados) que por la creación de sus deliciosos entremeses, que lo convierte en el padre de teatro de costumbres y de una tradición escénica que en España perdurará hasta las mejores piezas del género chico. El aporte de Juan de la Cueva, por su lado, puede resumirse en dos aspectos, uno teórico y otro práctico. En el primero de ellos, su Exemplar poético supera las disquisiciones de Torres Naharro y anticipa la poética de la dramaturgia que el propio Lope de Vega plasmará años después en su Arte nuevo de hacer comedias. En el aspecto práctico, de la Cueva es el primero en descubrir (Comedia de la muerte del rey don Sancho, Tragedia de los Siete Infantes de Lara, El infamador) el rico venero de la épica medieval, del que tanto partido sacaría el naciente teatro nacional, e incluso el tipo de sensibilidad romántico-novelesca que acabaría de configurarlo.


Para este momento – mediados del siglo XVI – el interés del público hace multiplicar los corrales de comedias en las principales ciudades, cada vez son más y mejores los escritores que se decantan por la producción dramática, y la polémica entre “clasicistas” y “nacionalistas” se encuentra en su apogeo. Están dadas las condiciones para la aparición de Lope de Vega, Tirso de Molina y Pedro Calderón de la Barca, los mayores representantes del teatro del siglo de oro español.