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1.04.2014

ADICTOS AL RUIDO

Maggie Siner-

Nuestra vida está marcada por el estrés y el cansacio, tememos quedarnos quietos.
Deconectados de nosotros mismos, llenamos la agenda de actividades para evitar el silencio
El arte de discutir
El síndrome de Anna Karenina
Cómo sobreponerse a los golpes de la vida
EL PAÍS. BORJA VILASECA 22 DIC 2013 - 00:05 CET

Si la naturaleza pudiera elegir su propia banda sonora, seguramente escogería el suave y pausado reggae de Bob Marley. Sin embargo, los ciudadanos de las sociedades modernas –cada vez más ajenos al mundo natural– estamos construyendo nuestra existencia al vertiginoso ritmo de la música electrónica de David Guetta. Vivimos tan acelerados que nos hemos vuelto hiperactivos en el peor sentido de la palabra. Cada vez nos cuesta más parar. Tememos quedarnos quietos y nos sentimos incómodos al quedarnos haciendo nada. Por eso procuramos mantenernos ocupados, distraídos y entretenidos.
Después de una larga y agotadora jornada laboral, al llegar a casa nuestra mente está tan embotada que lo único que nos apetece es sentarnos en el sofá delante de la tele. Pero tratar de relajarnos de esta manera es como hacer una tortilla sin huevos, sin patatas y sin sartén. ¡Es imposible! Así solo conseguimos callar nuestro ruido mental para escuchar el de la sociedad. De hecho, enchufarnos a una pantalla nos desconecta todavía más de nosotros mismos. Y termina por vaciar nuestro depósito de energía vital.
La gran tragedia de nuestro tiempo es que no sabemos vivir aquí y ahora”
Eckhart Tolle
La calidad y cantidad de pensamientos que tenemos durante el día determina los que tenemos cada noche, en nuestros sueños. Por eso nos despertamos tan cansados por las mañanas, dependiendo de una buena taza de café para comenzar el día. Y puesto que no sabemos cómo recargar las pilas, solemos vivir disfuncionalmente. No es ninguna casualidad que tendamos a ser egocéntricos, reactivos y victimistas, perturbándonos cada vez que las circunstancias no satisfacen nuestras necesidades, expectativas y deseos. Del mismo modo que nuestro móvil deja de funcionar cuando se le termina la batería, cuando se nos agotan las pilas se produce un fallo energético, quedándonos sin la fuerza ni la comprensión necesarias para modificar nuestra actitud frente a la vida.
Puede que de día no ronquemos, pero eso no quiere decir que estemos del todo despiertos. Sin energía vivimos de forma inconsciente, dormidos, funcionando por inercia, casi sin darnos cuenta. Para verificar esta afirmación basta con observar nuestra forma de ducharnos. ¿Cuántas veces estamos realmente en ese proceso mientras físicamente nos encontramos bajo el agua?, ¿cuántas veces mientras disfrutamos de ese lujo –solo accesible para menos de la mitad de la población mundial– estamos sintiendo, valorando y apreciando ese momento cotidiano?
Para adentrarnos en el silencio

1. LIBRO
‘Focus’
Daniel Goleman (Kairós)
Profundiza acerca de uno de los talentos más escasos y subestimados de nuestra sociedad: la atención, la cual, bien entrenada, posibilita lograr cualquier hazaña.
2. PELÍCULA
‘Hacia rutas salvajes’
Sean Penn
Relata la historia de Christopher McCandless, un joven de 22 años que, harto del estilo de vida consumista contemporáneo, emprendió un viaje hasta el corazón de Alaska, donde pasó más de cien días completamente solo para averiguar quién es y qué sentido quiere darle a su vida...
Mientras el agua resbala por nuestro cuerpo solemos pensar en lo déspota que es nuestro jefe, que nos obliga a trabajar hasta tarde. O en lo pesada que es nuestra suegra, que nos envía whatsapps constantemente para pedirnos que vayamos a comer los domingos a su casa. ¡Nuestro jefe y nuestra suegra duchándose con nosotros! Lo cierto es que no solemos estar en la ducha mientras nos estamos duchando. Estamos casi siempre en nuestra mente y en nuestros pensamientos, divagando entre el pasado y el futuro. Vivimos entre el allá y el entonces (ambos ilusorios), marginando el momento presente, que es el único que existe. Funcionando así, ¿cómo esperamos que nos vaya la vida?
En cuanto a nuestros momentos de ocio, los dedicamos en gran parte a sentarnos pasivamente delante de una pantalla, ya sea viendo alguna serie de televisión, chateando por las redes sociales o navegando por Internet. El resto del tiempo lo pasamos rodeado de gente que, como nosotros, habla sin parar. Fijémonos en qué ocurre cuando conversamos con otra persona. La mayoría verbalizamos todos los pensamientos que deambulan por nuestra mente. En general no escuchamos. Y nadie nos escucha. Llamamos “conversación” a la sucesión compulsiva de dos monólogos que se interrumpen constantemente. Por eso nos es tan difícil conectar con los demás a un nivel más profundo.
Perseguimos la felicidad de tal modo que esta se encuentra cada vez más lejos. Y nuestra falta de paz interior nos ha convertido en personas tremendamente adictas al placer, la diversión y el entretenimiento. Pero, ¿cuánto dura la satisfacción de comprar cosas o lograr triunfos? Demasiado poco, ¿no es cierto? La cruda verdad es que utilizamos el ruido para tapar el molesto vacío que sentimos en nuestro interior. Pero no importa cuánto huyamos. Nuestro dolor nos acompañará vayamos donde vayamos
La “hiperactividad” nos impide relajarnos y disfrutar de la tranquilidad y la quietud. La “gula” nos condena a querer cada vez más de aquello que en realidad no necesitamos. Y el “ruido mental” nos imposibilita escucharnos a nosotros mismos –a nuestra voz interior–, desconociendo el camino que nos conduce nuevamente hacia el equilibrio. Estas tres tendencias ponen de manifiesto una carencia de silencio. Se trata de una cualidad que se desarrolla cuando estamos a solas, sin distracciones ni estímulos, cultivando la capacidad de ser y estar con nosotros mismos. Solo entonces comprendemos que la verdadera felicidad no tiene ninguna causa externa.
Una forma de empezar a cultivar el arte de estar a solas con nosotros mismos consiste en elegir un parque cerca de nuestra casa o lugar de trabajo y comprometernos a sentarnos cada día en el mismo banco. Se trata de dedicarnos a hacer nada al menos 20 minutos, conviviendo con nuestro aburrimiento, en silencio. En el caso de que la experiencia de estar con nosotros mismos se vuelva insoportable, podemos respirar profundamente y observar lo que sucede en nuestro interior. El reto consiste en acoger nuestras emociones, por más dolorosas que sean, así como atrevernos a sentir el vacío. No hemos de temerlo; más bien aprender a aceptarlo. Es una puerta. Al otro lado se encuentra el verdadero bienestar que estamos buscando.
A través del entrenamiento diario, la práctica del silencio nos genera multitud de efectos terapéuticos. En primer lugar, perdemos el interés en pasarnos el día haciendo cosas, aprendiendo a estar cada vez más presentes, viviendo cada momento con más profundidad. En paralelo, nos motiva a practicar yoga, taichi, contemplación o meditación, dedicando cada vez más espacios para hacer nada, respirar y relajarnos. Llegados a este punto, podemos vivir episodios en los que sentimos la necesidad de volver al parque y sentarnos en el banco para estar a solas con nosotros mismos.
¿Quieres saber lo que verdaderamente necesitas? 
Pregúntaselo al silencio”
Séneca
También aumenta nuestra sensibilidad, percibiendo matices de la realidad que antes se nos escapaban o dábamos por sentado. A su vez, disminuye el miedo a conectar con nuestras heridas y traumas reprimidos, aprendiendo –a su debido tiempo– a liberarnos definitivamente del dolor y del sufrimiento. De esta forma gozamos de mayor habilidad para domesticar nuestra mente, escuchando cada vez con más claridad la voz que nos inspira a cuidar de nosotros y gestionar de forma más eficiente nuestra energía vital. Por último, podemos experimentar momentos de conexión profunda con nosotros mismos, por medio de los que contribuimos a sanar nuestra autoestima y fortalecemos la confianza en nosotros mismos.
Curiosamente, solemos decirnos que no tenemos tiempo para estar en silencio. O que hacer nada es una acción improductiva, carente de sentido. Sin embargo, lo que en realidad estamos diciendo es que no priorizamos cultivar nuestra salud física, emocional y espiritual. La práctica del silencio y de la inactividad nos llevan a desarrollar la serenidad y la sobriedad, dos cualidades que nos permiten sentirnos bien con nosotros mismos sin necesidad de estímulos externos. Como cualquier otro aprendizaje en la vida, es una simple cuestión de dar el primer paso. Y el mejor momento de darlo es ahora.

NO QUIEREN QUE PENSEMOS

La Filosofía aprende a vivir como ‘María’
Profesores y filósofos responden a estas preguntas: ¿a quién se le ocurre relegar el pensamiento en la enseñanza? ¿Qué repercursión tiene esta ausencia en el aprendizaje de la vida?
EL PAÍS. JUAN CRUZ 1 ENE 2014 - 19:15 

La Escuela de Atenas, de Rafael, muestra en su parte izquierda a Pitágoras rodeado de estudiantes.

Profesores y filósofos responden a estas preguntas: ¿a quién se le ocurre relegar el pensamiento en la enseñanza? ¿Qué repercursión tiene esta ausencia en el aprendizaje de la vida?
Pero ¿a quién se le ocurre quitar la Filosofía de la primaria, de la secundaria, del bachillerato? Al Gobierno. Y, ¿por qué? Además, ¿a quién sirve que el pensamiento se relegue entre las materias que forman parte del aprendizaje de la vida? ¿Cómo han reaccionado los filósofos? ¿Y los que enseñan Filosofía? Pues con estupor, cómo van a reaccionar.
Fuimos con esas preguntas y otras a distintos representantes del primer argumento de la educación: la enseñanza. Respondió así Xavier Serra, profesor de Filosofía y Ética y responsable de Filosofía en el Instituto Salvador Espriu de Girona. ¿Qué supone este desmejoramiento de la Filosofía en la enseñanza?: “En realidad, hay que decir que la Filosofía en sí está en plena forma, que la gente —los ciudadanos reflexivos, sensibles a los valores, conscientes de su responsabilidad...— sigue pensando con profundidad filosófica. Lo que está muy mal es la clase política, que mete su zarpa en la capacidad crítica y la autonomía mental de los ciudadanos permitiendo, sin inmutarse, la telebasura y la pobreza mental en el ámbito público”.
“No es cómoda para los amigos de lo convencional”, dice Ángel Gabilondo
Serra cree que “leyes ideológicas de educación como la que se acaba de aprobar pretenden eliminar —sencillamente, a un plazo no muy largo— un área docente de la enseñanza secundaria y, si pudieran, de la universitaria: la filosofía se enseña al menos desde la Academia de Platón hace 2.500 años, y una generación de personajes pendientes solo de los votos, de los resultados PISA y de moverse para seguir flotando, la pretenden aniquilar”.
Serra constata, con cierto regocijo melancólico, el acuerdo unánime del Parlament de Cataluña a favor de la enseñanza de filosofía y ética “en un currículum básico del alumnado”. “Es una proposición no de ley... Se pide al Gobierno catalán que comunique al Gobierno del Estado el error que está cometiendo en este punto. Pero lo importante no es solo la unanimidad, ni tan solo la claridad, sino la explícita aseveración de dar esa formación a nuestros jóvenes. ¿Quién podría oponerse? Nunca se respetará la dignidad humana, ni la pluralidad de opiniones, ni el deseo noble de buscar el bien común si se niega la filosofía: en eso están de acuerdo el 100% de los representantes electos de Cataluña”.
Países como Francia o Finlandia incluyen esta formación desde la primaria
Y mucha más gente. Por ejemplo, el filósofo Ángel Gabilondo, que fue ministro de Educación en el último Gobierno socialista y que sigue siendo catedrático de Metafísica en la Universidad Autónoma. Él dice: “La filosofía es determinante para impulsar el camino hacia un pensamiento crítico, racional y razonable. Es indispensable conocer no solo la historia de las ideas, también la historia del pensamiento, la generación de determinados conceptos, la visión que procuran, sus efectos y su funcionamiento. Pensar no es una mera actividad mental, comporta todo un modo de hacer y de proceder. Y requiere conocimiento”.
¿Qué supone esta dejadez? Según el filósofo Gabilondo, “la filosofía es un modo de saber, necesario para comprender el seguimiento de las categorías que constituyen nuestro presente, que se cuestiona sobre el estado de cosas, lo problematiza y abre posibilidades de pensar de otra manera. En este sentido, no resulta cómoda para los amigos de lo convencional. Que se lo plantee no significa que no aporte respuestas, que siempre zanjan la pregunta, sino que a menudo la desplazan hacia posiciones menos cómodas y más ricas”. Para quienes consideran que el conocimiento ha de ser inmediatamente aplicable, añade Gabilondo, “y es únicamente interesante como medio o instrumento, semejante pensar les resulta infecundo”.
Su ausencia provoca falta de sentido crítico en el alumnado
Por ahí va el argumento de Antonio Campillo, presidente de la Red Española de Filosofía. Él cree que la reducción drástica de los estudios de Filosofía en la LOMCE “responde a razones claramente ideológicas”. Y cita estas dos: “Por un lado, la Ética de Cuarto de la ESO (actualmente denominada Ético-Cívica) se suprime, al igual que la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos de Segundo de la ESO, para potenciar en su lugar la Religión, de modo que la Ética deja de ser una materia filosófica común para todo el alumnado y se convierte en una alternativa a la Religión bajo el nombre de Valores Éticos, devaluando su dimensión filosófica y eliminando su obligatoriedad”.
“Importa más el mercado de trabajo”, se queja profesor Manuel Cruz
La segunda razón “ideológica”, según Campillo: “La Historia de la Filosofía de segundo de Bachillerato también deja de ser obligatoria para todo el alumnado (ni siquiera es obligatoria en el bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales), porque se trata de potenciar la Historia de España, reservándose el ministerio la fijación del 100% de los contenidos de esta última asignatura, para no dejar margen competencial alguno a las comunidades autónomas, especialmente Cataluña y el País Vasco”.
¿Esto es así tan solo, profesor Campillo, o es una tendencia europea? “No hay una norma común en toda Europa. Hay países que incluyen la formación filosófica incluso desde la educación primaria, como Francia o Finlandia, porque la entienden como una manera de aprender a pensar desde la infancia, y hay otros países que, por el contrario, prefieren potenciarla en la Universidad, incluyendo títulos mixtos de Economía y Filosofía, o Derecho y Filosofía, etcétera, como en el Reino Unido. No obstante, hay una preocupante tendencia a identificar la sociedad del conocimiento con la trinidad I+D+I, de modo que se está imponiendo una concepción cada vez más tecnocrática y mercantilista del conocimiento, con la consiguiente devaluación de los saberes artísticos y humanísticos...”.
Aporta Campillo un preocupante ejemplo: “Se está llevando a cabo una reforma educativa en las Escuelas Europeas, que dependen de la UE y tienen centros en varios países del continente, entre ellos, España: pues bien, en esa reforma se pretende suprimir la Filosofía en los cursos de Ciencias, mientras que los alumnos de Humanidades contarían solo con una optativa, de modo que sería perfectamente posible estudiar en las Escuelas Europeas, sea en la modalidad de Ciencias o en la de Humanidades, sin haber cursado ninguna materia de Filosofía; en resumen, la reforma prevista supondría la eliminación casi completa de la Filosofía en las Escuelas Europeas”.
José Luis Pardo, filósofo ejerciente, analiza así las consecuencias que este desentendimiento de la filosofía tendrá en la enseñanza. “Todas las políticas educativas que se han emprendido en los últimos tiempos (como el plan Bolonia en las Universidades) tendrán, en el plazo medio y largo, graves consecuencias. Por lo que hace a esta reforma, no creo que hagan a nuestros jóvenes más sabios en matemáticas (a pesar de que esta es una de sus principales coartadas), estoy seguro de que no los harán mejores en Lengua (porque para ser bueno en lengua hace falta la poesía, que tampoco da de comer —ni siquiera de merendar, decía José Hierro—), y aunque la otra gran coartada es que mejorará nuestro puesto en el informe PISA esta es una promesa de futuro que permanece aún en lo quimérico, mientras que los daños provocados por el ‘recorte intelectual’ que constituye la disminución del horario lectivo de la Filosofía y de la Ética son bien ciertos e irrefutables”.
¿Estos son los daños que produce la dejadez?: “Desde luego”, dice Pardo, “es cierto que la filosofía no da dinero ni poder, pero la cuestión es que ni los mercados ni los ministerios pueden evitar que los seres humanos no estemos hechos exclusivamente para la rentabilidad. Alguien puede tener la ilusión de que, con estos cambios neoliberales en la cultura educativa, nuestra sociedad volverá pronto a la prosperidad... Pero la cuestión es que —como la crisis económica nos ha enseñado—, esa presunta riqueza hoy tan añorada puede ser también una forma de pobreza que, aunque sea menos ostentosa que la de las hambrunas, no es ni menos grave, ni menos injusta ni menos inhumana”.
“Y para combatir esa otra miseria que asola los países dejando en los huesos su espíritu”, dice el catedrático de Corrientes Actuales de la Filosofía de la Complutense, “de nada sirven los discursos propagandístico-ideológicos ni los rankings internacionales. La filosofía, y en general las humanidades, son justamente lo único con lo que poder alimentar un hambre de la que parece que quieren quitarnos hasta el gusanillo, a ver si a fuerza de disimular nuestra indigencia cultural nos resignamos a ser pobres de espíritu, sumisos y tristes”.
Sumisos y tristes, dice Pardo. ¿Cómo le ve su colega Manuel Cruz, filósofo también, que imparte su cátedra en la Universidad de Barcelona? ¿A qué se debe este desdén?. “Creo que se trata, en efecto, más de un desdén que de una planificada campaña en contra de la filosofía. Parece claro que las más altas autoridades tienen una concepción del proceso educativo extremadamente técnico-instrumental. No les importa otra cosa que no sea la adecuación al mercado de trabajo por parte de programas de estudio en sus diferentes niveles. De hecho, el propio ministro José Ignacio Wert llegó a hacer recientemente unas declaraciones en las que consideraba motivos espurios para decidir a qué se quería uno dedicar en la vida (esto es, a la hora de elegir una carrera) cosas tales como la pasión por una disciplina, la vocación, el deseo de enriquecer la propia tradición o similares. Lo que debía primar, según él, eran “las necesidades de la sociedad (esto es, del sistema económico)”.
Dos testimonios más, una profesora ejerciente de instituto y una profesora ya jubilada. Esperanza Rodríguez insiste en motivos ideológicos: “Eliminar la Historia de la Filosofía de las troncales obligatorias en segundo de Bachillerato facilita la implantación de la Historia de España como asignatura obligatoria para la prueba de evaluación final. Igualmente ideológica es la decisión de eliminar la obligatoriedad de cualquier materia ética, ahora sólo será alternativa a la Religión... Me temo que nuestros políticos (algunos) son un poco ciegos y no saben ver la importancia propedéutica que para la lectura comprensiva y la argumentación tiene esta materia”.
Ana Hardisson, ¿qué repercusión tiene en la formación de los chicos esta ignorancia? “La carencia fundamental en la formación del alumnado que no estudia filosofía es la falta de pensamiento crítico. Además de la carencia cultural que implica ignorar la historia del pensamiento occidental. No conocer el pensamiento lleva a no entender adecuadamente los distintos momentos históricos y culturales. Por ejemplo, no se puede entender la Revolución Francesa y la Ilustración, sin conocer el pensamiento moderno racionalista y empírico. De igual modo, no entenderíamos el romanticismo sin conocer El idealismo de Kant y Hegel. Asimismo, no se entienden las revueltas europeas del XIX sin conocer a Marx. El resultado de todo esto será un alumnado más sumiso, menos culto, menos crítico, menos maduro intelectualmente hablando y más fácil de convencer con cualquier propaganda”.
Como diría Pardo, la ausencia de filosofía construirá un ciudadano más gris y más triste. Pobre filosofía, camino de ser una ‘maría’ más.

12.30.2013

JUAN JOSÉ MILLÁS

¿Quién se atreve?
Desde esa inviolabilidad civil y eclesiástica a la vez, domesticar el sexo de ellas. Colocar una frontera de concertinas entre la voluntad de las mujeres y su vientre
 27 DIC 2013 - 00:00 CET
Archivado en: Opinión Ley del Aborto Alberto Ruiz-Gallardón Legislación española Legislación Justicia

Gallardón, el emperador de los úteros. Parece una cosa medieval. La historia de un hombre que sueña con pastorear el órgano reproductor de las hembras. Y que lo consigue. ¿Hay perversión mayor? Poseer un corral del tamaño de un país en el que permanezcan encerradas las vaginas de las mujeres, sus matrices, sus trompas de Falopio, los óvulos que desde las trompas ruedan hasta esa dimensión sagrada (“el aborto es sagrado”); tomar venganza de no haberse dado a luz a sí mismo; regresar, ahora como tirano, al paraíso del que se fue desalojado al nacer. Y sin el peligro de acabar en la cárcel como esos monstruos que raptan a las jóvenes y las reducen en sus sótanos a un ganado doméstico; como esos piernas sin educación que las animalizan hasta que las chicas logran asomar una mano por la ventana para escándalo de las sociedades biempensantes, que tanto hacen sin embargo para favorecer la dominación descrita más arriba.
No, no. Las cosas bien hechas: desde el corazón de la ley, desde la autoridad que proporciona ser el ministro de Justicia y exhibiendo, por si fuera poco, maneras de cardenal, de príncipe, manifestándose con el cinismo propio de un monseñor Camino. Desde esa inviolabilidad civil y eclesiástica a la vez, domesticar el sexo de ellas. Colocar una frontera de concertinas entre la voluntad de las mujeres y su vientre. De aquí hacia abajo, todo mío, de mis jueces, de mi capricho, de mis policías, de mis desórdenes venéreos, de mis fantasías más negras, de mis frustraciones menos confesables. Todo este territorio, desde la cintura hasta el nacimiento de los muslos, me pertenece ahora sin peligro porque yo soy la ley y porque me gusta la música y porque soy culto y porque pertenezco a una de las mejores familias del franquismo. Y porque a ver quién se atreve, con lo demócrata que parezco, a rechistarme.

ALMUDENA GRANDES

La debilidad del obispo 
ALMUDENA GRANDES 15 DIC 2013 - 00:00 CET
Archivado en: República Centroafricana Atlético Madrid África central VIH SIDA África Solidaridad Enfermedades infecciosas 
Una vez a la semana –con suerte dos, con mucha suerte tres–, el obispo de Bangassou se retira discretamente para encerrarse en una habitación.
Juan José Aguirre lleva 33 años viviendo en la República Centroafricana, un país riquísimo en yacimientos de uranio, diamantes y petróleo, el segundo país más pobre de la Tierra. Esa dolorosa paradoja no es la única que ha marcado su vida. A él le ha tocado vivir en primera persona otras todavía peores.
Cuando Aguirre llegó a Bangassou, los ancianos de las aldeas cercanas contaban con el respeto y la admiración de los más jóvenes. Por eso, para subrayar su prestigio, se les consideraba hechiceros, hombres sabios, poderosos. Hasta que el sida cayó sobre ellos. La enfermedad más feroz de nuestro tiempo se cebó en la población centroafricana con una virulencia insólita, y mientras los médicos se confesaban impotentes, incapaces de curarla, el Gobierno buscó culpables, los encontró en los viejos, puesto que siempre se les había considerado hechiceros, y se dispuso a dar una solución ejemplar al problema. Sin más trámite, ordenó que se detuviera a todos los ancianos para encerrarlos en cárceles inmundas, sin camas, sin atención médica, en las condiciones precisas para asegurarles una muerte lenta y atroz. Hasta que Juan José Aguirre se los pidió al Gobierno. Fue más o menos así: a vosotros os estorban, dádmelos a mí y yo me encargo. Se salió con la suya, se los llevó a Bangassou, hizo casas para ellos, les alojó, les atendió, les dio de comer. Y descubrió que no había hecho más que empezar.
El sida se había convertido en el mayor asesino en serie del planeta; África, en su coto favorito, y el número de víctimas crecía en una proporción inconcebible, imposible no ya de atajar, sino hasta de comprender. Los culpables seguían resultando imprescindibles, y después de los ancianos les tocó a las mujeres. Ellas debían de tener la culpa, pues al estar enfermas, parían hijos enfermos que extendían la epidemia. La tragedia incomparable de aquellas madres moribundas, cuya agonía se incrementaba con sus moribundos bebés entre los brazos, fue la segunda apuesta de Juan José Aguirre, que supo reconocer la ferocidad de su enemigo y no intentó atacarlo de frente, sino por los flancos. Agrupó a las madres de las madres muertas o terminales, y al ocuparse de las abuelas garantizó la atención de sus nietos. Años después, uno de aquellos huérfanos del sida fue a verlo con un uniforme militar para exigirle un bidón de gasolina mientras le apuntaba con su fusil. El obispo le reconoció, y no discutió con él. Le preguntó solamente cómo estaba su abuela. El soldado no fue capaz de sostenerle la mirada. Quítate ese uniforme, anda, y vuelve a la escuela, que vamos a empezar enseguida… El día que le vio entrar en clase supo que había vuelto a ganar, pero no se detuvo en el sabor de aquella victoria. Todavía le quedaba demasiado por hacer.
Se los llevó a Bangassou, les atendió… Y descubrió que no había hecho más que empezar
El obispo de Bangassou siguió pensando, negociando con el Gobierno, con sus patrocinadores, con cualquiera que se le pusiera a tiro. Abrió dispensarios médicos, centros de vacunación, quirófanos, farmacias, guarderías, escuelas elementales, secundarias, de formación profesional, aulas para adultos, bibliotecas… Siguió estando en el centro de su comunidad, pendiente de todo lo que sucedía a su alrededor, atento a la codicia de los ricos y a la miseria de los pobres, tendiendo puentes, proponiendo soluciones, haciendo pequeños milagros a diario. Pero todas las semanas, una, dos o tres veces, durante todos estos años, Juan José Aguirre se ha retirado discretamente para encerrarse en una habitación y encender la radio.
Ahora, mientras una nueva guerra, una vez más atroz y devastadora, completa la espantosa obra del sida en la República Centro­africana, quizá no tiene tiempo para disfrutar de la mejor temporada de la historia de su equipo. Quizá ahora mismo tiene demasiadas cosas que hacer como para cantar los goles de Villa y de Diego Costa. Pero yo, que llevo los mismos colores en el corazón, escribo este artículo para que el Cholo y sus chicos jueguen desde ahora también para él, por el obispo de Bangassou, que desde hace 33 años vive para los demás con una sola excepción, su amorosa, incondicional debilidad por el Atlético de Madrid.


2.13.2013

MANUEL FRAIJÓ


Elogio de una renuncia (Art. de opinión). 12 DE FEBRERO DE 2013. 

Con su gesto, Benedicto XVI ha quedado investido de la autoridad del “testimonio”, la que Jesús de Nazaret más elogió. Antes, en sus libros, Ratzinger nos dejó la autoridad de la “argumentación”. Ahora se retira a rezar


Dejó dicho el filósofo alemán Hegel que los grandes hombres no son solo los grandes inventores, sino aquellos que cobraron conciencia de lo que era necesario en un determinado momento de la historia. Benedicto XVI ha considerado necesario, como hace cinco siglos lo consideró el austero y piadoso monje Celestino V, renunciar libre y responsablemente al pontificado. No es, por cierto, su primera gran renuncia. Hace más de 40 años renunció a su cátedra de Teología en la Universidad de Tubinga, una de las más prestigiosas de Alemania y del mundo. En aquella ocasión también alegó “falta de fuerzas”. No se sentía capaz de comprender las exigencias de la revolución universitaria de Mayo del 68; confesó, además, que los aires teológico-filosóficos que soplaban en la hermosa ciudad del Neckar, en la que el canto heterodoxo del filósofo marxista E. Bloch a la esperanza recibía aplausos y parabienes de la teología católica y protestante, no respondían a su propia articulación de la esperanza cristiana. El teólogo Ratzinger sintió que Tubinga no era su casa y la cambió, en un gran gesto de generosa renuncia, por Ratisbona, cuya modesta Facultad de Teología no podía competir con la de Tubinga. No recuerdo ningún precedente similar. El resto es bien conocido: de Ratisbona fue llamado por Juan Pablo II a los honores y responsabilidades que todos conocemos y a los que renunciará el próximo día 28 de febrero.
Benedicto XVI ha alegado “falta de fuerzas” para realizar convenientemente su misión. Sin embargo, papas con muchas menos fuerzas que él no contemplaron la posibilidad de renunciar. Sin duda, también ellos lo hicieron desde su sentido de la responsabilidad, pensando que era lo que la tradición de la Iglesia les exigía; pero, sin ánimo de echar a pelear a unos papas contra otros, valoro extraordinariamente el gesto de Benedicto XVI. Cuando fue elegido Papa, algunos de los que habíamos tenido la suerte de escuchar, por poco tiempo, sus clases comentábamos: “Es demasiado inteligente para limitarse a ser un papa conservador”. Reconozco que, durante su pontificado, no pocas veces nos tuvimos que “tragar” nuestro optimista pronóstico. Cabizbajos concedíamos que su actuación no respondía a lo que habíamos esperado, tal vez soñado.
Fue uno de esos teólogos alemanes “encariñados” con el carácter absoluto del cristianismo
Pero, así como hay un tiempo para ejercer la crítica —Benedicto XVI la ha sufrido con creces, unas veces con razón, otras sin ella—, llega también la hora de los elogios. Esa hora acaba de sonar. Su renuncia al pontificado para retirarse, de nuevo como Celestino V, a un convento a rezar, pensar y escribir marcará en la Iglesia un antes y un después. Benedicto XVI ha quedado investido de la autoridad del “testimonio”, la que Jesús de Nazaret más elogió. Y en sus libros, Ratzinger nos dejó la autoridad de la “argumentación”. Ambas autoridades sumadas ofrecen un buen balance. Los alumnos de ayer estamos hoy contentos: el maestro está resultando ser algo más que un Papa “conservador” o, al menos, conservador con un inaudito rasgo de genialidad: su renuncia.

Permítaseme un matiz más sobre su carácter conservador: no se debería olvidar que Ratzinger pertenece a una generación de grandes teólogos alemanes “encariñados” con el carácter absoluto del cristianismo. A ellos les estaba reservada la nada fácil tarea de renunciar a un cristianismo entendido como verdad absoluta, superior en todo a las restantes religiones. De pronto se encontraron, a raíz del concilio Vaticano II, con una especie de ONU religiosa en la que las grandes y pequeñas potencias de la fe reclamaban el mismo derecho de voto. Karl Rahner habló del “escándalo” que esta revolución suponía para el cristianismo. Pero se trató —hay que consignarlo con agradecimiento— de una revolución pretendida y orquestada por los grandes teólogos del Vaticano II, entre los que, junto al joven Hans Küng, estaba el entonces también joven Ratzinger. Es verdad que después ha habido retrocesos y añoranzas de viejos privilegios seculares; pero así es la vida y así discurre la historia. Es comprensible, casi inevitable, que las familias ricas venidas a menos añoren de cuando en cuando los privilegios de antaño. La prohibición de mirar hacia atrás implicaría, pienso, un rigor excesivo. Hay que permitir que los viejos recuerdos conforten a nuestros mayores. No puede extrañar que los mismos teólogos que abolieron el estatus privilegiado del cristianismo lo recuerden con cierta melancolía. Ha sido, creo, el caso de Benedicto XVI.
Ninguna religión debería ahorrar a sus seguidores la dramática experiencia de buscar la verdad
Después de esta especie de alegato en favor de la comprensión de los que, como Benedicto XVI, vivieron y añoran otros tiempos, hay que añadir que ni las religiones ni sus representantes deben obviar un cierto relativismo. Su compromiso con el pensamiento y con la búsqueda de la verdad las introduce de lleno en la aventura relativista. A no ser, claro está, que de nuevo se declaren poseedoras de la verdad absoluta. En tal caso habría que recordarles las palabras de nuestro poeta José Ángel Valente: “Murió, es decir, supo la verdad”. Pero, mientras tanto, mientras no llegue el final, habrá que prestar atención a Lessing, que prefería la “búsqueda de la verdad” a la “posesión definitiva” de esta. Ninguna religión debería ahorrar a sus seguidores la dramática experiencia de la búsqueda de la verdad. La verdad no se puede servir en bandeja. Solo su búsqueda diaria nos va convirtiendo en ciudadanos de un mundo perplejo y cambiante. En realidad, sin un cierto relativismo no es posible la convivencia. La experiencia enseña que todo el que camina por la historia exhibiendo absolutos deja un mal recuerdo. Lo humano es el ámbito humilde de lo relativo, también en la esfera de las religiones. El mundo al que se asoma el creyente religioso es tan misterioso, tan tremendo y fascinante, tan abierto e inseguro que deja poco espacio para las convicciones fundamentalistas, esas que, según Nietzsche, se convierte en “prisiones”. No conviene olvidar el “nada es cierto” de Pascal. Por supuesto: nadie debería exigir a Benedicto XVI, ni a ningún papa, que se convierta en un predicador del relativismo; pero se ha echado de menos en su pontificado, dicho con la suavidad que exige la hora de los elogios, una cierta comprensión e indulgencia hacia el relativismo.
La genialidad de la renuncia de Benedicto XVI, que ahora tendrá que ser imitada por los escalones inferiores de la jerarquía católica, tiene muchas raíces, pero me permito destacar la para él más importante: Ratzinger es un gran creyente cristiano. Dentro del cristianismo, la oración desempeña un papel decisivo. Y Ratzinger, hombre profundamente espiritual, rezó siempre, en la cátedra y en el pontificado. Hondamente convencido de la verdad y bondad del cristianismo, intentó siempre predicarlo como mejor sabe.
Su renuncia, tan sorprendente, llega en un buen momento. Su reconocimiento de que le “faltan las fuerzas” puede dar que pensar a un mundo de “poderosos”, casi de omnipotentes, en el que casi nadie dimite, aunque tenga sobrados motivos para ello. Nos puede recordar que tenemos una cita ineludible con la finitud, con los acabamientos definitivos. Nadie se queda para siempre. Lo decía Bergamín: “¿Qué más te da no saber a qué carta quedarte si después de todo no te vas a quedar?”. Rahner insistía en que la definición cristiana de la muerte es “hacer sitio”. Benedicto XVI ha decidido hacer sitio antes de que le llegue la hora final. Algunos han manifestado ya su temor de que “un papa vivo” pueda condicionar al futuro cónclave. Cualquiera que conozca un poco al dimisionario sabe que eso no ocurrirá. Ratzinger no es, creo, de los que renuncian al poder para seguirlo ejerciendo en la sombra. Además: no es poco poder el que acaba de ejercer: romper con el tabú de que el papa debe morir papa. Benedicto XVI, tan conservador, acaba de hacer un respetable guiño a la modernidad de la Iglesia. No hay que excluir que su gesto ponga en marcha otras reformas necesarias y deseables.

Manuel Fraijó es catedrático de Filosofía de la Religión de la UNED.

FRANCISCO RICO




Francisco Rico es catedrático de Literaturas Hispánicas Medievales de la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro de la Real Academia Española, la Accademia dei Lincei, The British Academy y la Académia das Ciéncias de Lisboa. Es referencia obligada en la bibliografía del hispanismo su atención a: los orígenes de la literatura castellana; la General Estoria de Alfonso X el Sabio; la poesía española del siglo XV (Texto y contextos); la novela picaresca (Problemas del Lazarillo); el Quijote cervantino (Quijotismos); piezas teatrales del Barroco, como El Caballero de Olmedo, de Lope de Vega, o El desdén, con el desdén, de Moreto.Vida u obra de Petrarca le ha distinguido como especialista consagrado en la producción literaria, preferentemente en lengua latina, del gran autor italiano. Asimismo, es autor de estimulantes títulos que abarcan aspectos diversos, como por ejemplo: Primera cuarentena y tratado general de literatura; Estudios de literatura y otras cosas; Los discursos del gusto. Notas sobre clásicos y contemporáneos; En torno al error. Copistas, tipógrafos, filologías. Por último, son de consulta ineludible su muy difundida Historia y crítica de la literatura española y su colección Biblioteca clásica, dentro de la cual apareció por primera vez la gran edición crítica y comentada del Quijote.


Papeles de “Bárcenas” (rudimentos de filología). El País. 9 de febrero de 2013 (Tribuna)

La primera cuestión es si los famosos apuntes son de una mano o de varias.
No comparto la sorpresa ni el escándalo de la mayor parte de la sociedad española ante los hechos que apuntan los papeles de “Bárcenas”. Desvíos de fondos, sobornos y sobre(sueldo)s opacos son cosas que doy por supuestas. En la cúpula del PP, en el Vaticano y en cualquier lugar donde entren y salgan dineros habrá siempre quienes si entienden que pueden pillar, algunos con poco riesgo acabarán haciéndolo. Caso por caso, se trata además de unas migajas, de hurtos menores. La puerta a la gran corrupción, la corrupción sistémica, una de las causas determinantes de la burbuja inmobiliaria, la abrió José María Aznar con la Ley del Suelo de 1998.
A nadie sorprenda, en cambio, que haya puesto “Bárcenas” entre comillas. Es un uso corriente cuando se aduce una palabra con un sentido especial, y en filología cuando se habla de una autoría discutible (pongamos que la de “Cristóbal de Villalón” para el Viaje de Turquía). Y, descartado el fondo del asunto, por trivial, a mí me ocurre que no sé ver los famosos papeles con otros ojos que los del filólogo. Daré solo tres ejemplos.
La filología comienza por la crítica del documento a partir de la forma. La primera cuestión es si los famosos apuntes contables son de una sola mano o de varias. No es tarea tan sencilla como podría parecer. “Expertus loquor”. En efecto, la parte principal de mi trabajo como estudioso la he dedicado a Francesco Petrarca. Petrarca cuenta muchas cosas de sí mismo, calla bastante más y en buena medida las tergiversa todas. Por ahí, a menudo, una de las vías esenciales al conocimiento de su biografía no son tanto sus confesiones expresas como las notas marginales que fue dejando en los libros que leía. Pero esas notas se mezclan en los códices con las de otros poseedores de los manuscritos y es preciso discernir a cuál de ellos pertenece cada una. La empresa se complica porque a lo largo de la vida la caligrafía de Petrarca, como todas, fue cambiando notablemente.
Ahora bien, para volver a los apuntes de marras: si son de una misma mano, y extendiéndose como dicen de 1990 a 2008, es inevitable que ofrezcan cambios más o menos marcados y por ende se presten a dudas sobre la identificación de la escritura. Pero aquí entra un indicio aún más revelador y que a propósito de Petrarca ha sido a veces resolutivo: el análisis de las tintas y los instrumentos escriptorios. Si nuestros apuntes no muestran diferencias en la composición y el estado de aquellas (más o menos tenue, mayor o menor oxidación, etcétera) y en el empleo de estos (estilográfica, bolígrafo, etcétera), puede darse por seguro que han sido inscritos de una sola tirada y por lo mismo no tienen por qué ser auténticos. Y entonces es lícito inferir que “Bárcenas” lo ha perpetrado con el designio de involucrar a altos cargos de su partido para protegerse las espaldas con el achaque de su complicidad.
De manera implícita, ¿Rajoy exonera a Bárcenas y por ende, se exonera a sí mismo?
Los datos internos, formales, han de conjugarse con los externos. Don Antonio Rodríguez-Moñino me enseñó hace medio siglo que cuando aparece un manuscrito inédito atribuido a un gran escritor o llamativo por otro concepto, pero cuya historia y procedencia se ignoran, son especialmente altas las posibilidades de que nos las hayamos con una falsificación. Pronto pude comprobar lo acertado de su dictamen. A la biblioteca de Yale había llegado un códice de venerable antigüedad con el anexo de un mapa de Vinlandia que en teoría mostraba que los vikingos habían pisado América mucho antes de 1492. Variadas razones y en concreto la observación de Moñino me hicieron desconfiar de la autenticidad del mapa, de manera que en una reseña publicada enModern Language Notes (1967) me atreví a ironizar al respecto. La espectroscopia ha concluido después que la tinta no nos lleva más atrás de 1920 y pico. De los papeles de “Bárcenas” poco podremos saber mientras no nos conste el itinerario que han recorrido hasta la fecha.
 Elemento fundamental para valorar el sentido y el alcance de un texto es la recepción que le dispensaron los contemporáneos. En el siglo XVII el Quijote fue un libro para reír a mandíbula batiente; los románticos lo leyeron con lágrimas en los ojos (y ambas cosas eran legítimas a su altura del tiempo). El testimonio crucial sobre la recepción de los papeles de “Bárcenas” es el del presidente del Gobierno y del Partido Popular, en el informe presentado al comité ejecutivo de este. “Cualquier deducción de irregularidad alguna en nuestro comportamiento a partir de los papeles apócrifos que motivan esta situación no responde a la verdad, es total y radicalmente falsa”, ha proclamado Rajoy. Y también: “Es falso. Todo lo que se ha dicho y todo lo que se pueda insinuar es falso”.
“Apócrifo” no es lo mismo que “falso”. Estoy cansado de repetir (en vano) que el Lazarillo no es una obra anónima, sino apócrifa, porque quien se nos ofrece como autor y protagonista es “Lázaro de Tormes”, aunque no podamos aceptar que realmente existiera un individuo de ese nombre. Cuando se predica de un hecho, “apócrifo” vale fabuloso, supuesto o fingido; pero si se refiere a un dicho, a un texto, significa más bien que se atribuye erróneamente a un autor, que es obra de dudosa autenticidad (DRAE).
¿Qué quiere decir, pues, el señor Presidente? ¿Que es falso el contenido de los papeles que corren asignados a don Luis Bárcenas Gutiérrez, pero que la atribución a este es incorrecta? Es la interpretación que invita a dar la llamativa ausencia de cualquier acusación y aun sombra de reproche a Bárcenas, a quien no en balde él mismo nombró o confirmó tesorero del partido y en quien largamente depositó su confianza. De manera implícita, ¿está el señor Presidente exonerando a Bárcenas de la autoría de los papeles y así, y jugándolo todo a una carta, exonerándose a sí mismo de cualquier responsabilidad?
De los papeles de “Bárcenas” habrá mucho que hablar. Con la perspectiva de la filología se podrá decir más de una palabra.
Francisco Rico es profesor de literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona.


1.18.2013

LA ETERNIDAD DE "LOS MISERABLES" Y DE "ORGULLO Y PREJUICIO"

Por:Virginia Collera 31/12/2012


Fotograma de la película Los miserables. Fuente: Universal


Según Adam Gopnik de The New Yorker, el estreno en cines de Los miserables es un acontecimiento digno de celebración porque significa que la “continuidad de la cultura” persiste, “que las viejas historias pueden seguir siendo las mejores historias”. La novela de Victor Hugo es un buen ejemplo. También Orgullo y prejuicio de Jane Austen, que el próximo mes de enero cumple su segundo centenario sin haber perdido un ápice de frescura. Todavía es pronto para saberlo pero, nunca se sabe, y quizás alguno de los escritores y libros protagonistas de 2013 sean capaces de igualar las hazañas de Hugo y Austen... Empezamos.


ESTADOS UNIDOS

¿Por qué Los Miserables y Orgullo y prejuicio son eternas? ¿Por qué no nos cansamos de leer estas viejas historias? Dos artículos en The New Yorker yThe Smart Set celebran la vigencia de ambas:

- Sobre la perdurable grandeza de Los miserables de Victor Hugo: "No es una sorpresa que Los miserables todavía sea capaz de seducir a la audiencia. Sólo Dickens, con Oliver Twist e Historia de dos ciudades, puede competir con Hugo en esa categoría de poeta popular y gran escritor. Dickens, con todo su radicalismo, siempre se encontró cómodo dentro de la sociedad reformista de la Inglaterra victoriana, pero no fue el caso de Hugo, quien escribió desde el exilio en una época de tiranía en Francia. Dickens fue el narrador de una nación; Hugo, la conciencia de un pueblo. […] Hugo creía en la contradicción, se deleitaba en ella, se regocijaba en ella: pensaba que nos mostramos como verdaderamente somos cuanto más hemos de enfrentarnos a nuestra doble naturaleza. Este tipo de caracterización es la esencia de la novela clásica del siglo XIX, pero esa ambivalencia generalizada es muy difícil de dramatizar, y parte de la sabiduría del drama popular consiste precisamente en simplificarla". (vía The New Yorker)

- Sobre ese "fenómeno posmoderno" llamado Orgullo y prejuicio. Paula Marantz Cohen argumenta en diez puntos por qué la novela de Jane Austen sigue siendo tan popular. Un par de razones:

1) Su potencial visual: "La cultura posmoderna es visual y aunque Jane Austen sea una consumada estilista, sus novelas son extraordinariamente cinematográficas, sobre todo Orgullo y prejuicio. Es como si Austen lo tuviera todo controlado: la trama es sencilla y fácil de traducir a la pantalla; hay protagonistas enérgicos y secundarios jugosos; los escenarios de época son relativamente sencillos de recrear y de apariencia suntuosa y los diálogos son abundantes y concisos”. Además, “si Jane Austen fuese una marca y Orgullo y prejuicio su producto mejor vendido, Colin Firth sería el comercial estrella".

2) Tiende un puente entre alta y baja cultura: "En una sociedad muy dividida [como la americana], Orgullo y prejuicio es una obra que une. Es cierto que la novela exige un cierto nivel de competencia lectora y una paciencia que muchos estadounidenses no tienen, pero ver las adaptaciones cinematográficas es una actividad verdaderamente igualitaria. Las películas atraen a quienes normalmente ven películas subtituladas y a quienes suelen optar por la comedia romántica". (vía The Smart Set)

Dennis Lehane, autor de Mystic River o Shutter Island, ha perdido a su perra Tessa. ¿Qué ofrece como recompensa? Quien la encuentra será uno de los personajes de su próxima novela. Así lo anunció en su página de Facebook. (vía Jacket Copy)

ESPAÑA

Ya saben cuáles son los mejores libros de 2012, y el miércoles podrán leer en Papeles Perdidos la lista de los escritores y libros que protagonizarán 2013.

FRANCIA

Pullus Nicolellus, es decir, la traducción al latín de El Pequeño Nicolás es un pequeño gran éxito de ventas. Aymar du Chatenet, director de IMAV editions, lo tuvo claro: en Francia más de 500.000 alumnos estudian latín y era hora de darles textos más modernos y cercanos y menos Catilinarias. (vía Le Nouvel Observateur)

REINO UNIDO

El número de librerías británicas se ha reducido a la mitad en sólo siete años: en 2005 había 4.000, en 2012, 1.878. ¿Las causas? El auge del libro electrónico y el descenso de las ventas porque los consumidores prefieren comprar sus libros en supermercados o en internet, aseguran en The Telegraph. En el mismo reportaje varios escritores lamentan que se pierda la “experiencia de la librería”, pero otro artículo publicado en The New York Times sugiere que no hay de qué preocuparse porque serán las bibliotecas las que ocupen su lugar: “Cada vez más [las bibliotecas] adaptan sus colecciones y servicios en función de la demanda de sus usuarios, a quienes empiezan a denominar clientes”. (The Telegraph y The New York Times)

NORUEGA

Uno de los libros más vendidos en Noruega, junto a Cincuenta sombras de Grey o las últimas novelas de Jo Nesbø o Ken Follet, es la Biblia. Sí, una nueva traducción del texto sagrado al noruego ha vendido 157.000 ejemplares en los últimos catorce meses. Según Dag Smemo, de la Norwegian Bible Society, este inesperado éxito se debe a la calidad de la traducción. “La gente asegura que es muy buena, lo dicen tanto colectivos conservadores como seculares. No sólo la compran los cristianos, también los ateos. La Biblia es importante para nosotros, para nuestra cultura, para la nación”. La clave está en que esta nueva versión es más fácil de leer porque utiliza un noruego moderno y, además, es más fiel a los textos originales en griego y en hebreo que las traducciones anteriores. (vía The Guardian)

ISLANDIA

En Islandia el mejor regalo de navidad siempre ha sido y será un libro. Se publican más libros per cápita que cualquier otro país, aseguran en NPR, y la mayoría de ellos se venden entre septiembre y noviembre. Es una tradición denominada Jolabokaflod –literalmente, la avalancha navideña de libros- y arranca con la publicación del Bokatidindi, un catálogo con todas las novedades editoriales que se distribuye gratuitamente a todos los hogares islandeses. La Jolabokaflod se remonta a la Segunda Guerra Mundial, época en la que imperaban fuertes restricciones para todos los artículos de regalo. Los controles sobre la importación de papel no eran tan severos, de ahí que el libro se convirtiera en el regalo preferido de los islandeses. (vía NPR)


JULIÁN CASANOVA


Casas Viejas: Ochenta años después

Por:EL PAÍS10/01/2013


Forenses y periodistas, ante los cadáveres de Casas Viejas en enero de 1933.
Por Julián Casanova
Cuando llegó la República, el 14 de abril de 1931, la CNT apenas tenía veinte años de historia. Era el único sindicalismo revolucionario y anarquista, de acción directa, independiente de los partidos políticos, que quedaba ya en Europa. Aunque muchos identificaban a esa organización con la violencia y el terrorismo, en realidad eso no era lo más significativo ni más sorprendente de su corta historia. El mito y la realidad de la CNT se había forjado por otros caminos, por el de las luchas obreras y campesinas, un sindicalismo eficaz que ganaba conflictos a patronos intransigentes con los trabajadores.
La CNT mantuvo relaciones muy difíciles con la República. Aprovechó las libertades y esperanzas de los primeros momentos para fortalecer la organización. Pero la luna de miel con la República duró poco. La República llegó a España en medio de una crisis económica internacional sin precedentes y aunque los factores económicos, como han mostrado los especialistas, no determinaron su trágico final, sí que complicaron el gobierno y la puesta en marcha de las reformas. La lucha por el control del trabajo disponible, por el reparto del espacio sindical, y la confrontación en torno a los jurados mixtos, el entramado corporativo propuesto por Francisco Largo Caballero desde el Ministerio de Trabajo, constituyeron los hilos conductores básicos de la agitación anarquista, de las huelgas planteadas y de los duros enfrentamientos entre los dos sindicalismos, el de la UGT y el de la CNT, ya arraigados entre las clases trabajadoras.
Las movilizaciones anarquistas, y los conflictos en el campo y en las ciudades, ofrecieron muy pronto la oportunidad de comprobar que las fuerzas del orden, en especial la Guardia Civil, actuaban con la misma brutalidad que con la Monarquía. En el primer año de la República hubo decenas de conflictos que se extendieron por áreas de latifundio, como Badajoz, o por zonas de pequeña propiedad y de aparente calma, como en Arnedo (La Rioja) y Épila (Zaragoza), que provocaron abundantes muertos, resultado casi siempre de choques con la Guardia Civil, que disparaba a concentraciones y manifestaciones de trabajadores ante la pasividad de algunas autoridades gubernativas.
El sector más puro del anarquismo encontró en los muertos y la represión un resorte para la movilización contra la República. Y fue a partir de enero de 1932, tras los sucesos de Arnedo, que dejaron once muertos, cuando esa retórica sobre el derramamiento de “sangre proletaria” se incorporó a los medios de difusión anarquista. De la protesta se pasó a la insurrección. Tres tentativas de rebeldía armada en apenas dos años, incitadas por militantes anarquistas y que contaron con algún apoyo obrero y campesino.
Miembros de la comisión parlamentaria, en Casas Viejas.

Lo que sucedió en enero de 1933 tuvo consecuencias políticas de largo alcance. El día 8 de ese mes, el Comité Regional de Defensa de Cataluña provocó una insurrección que se extendió, con poco éxito, por algunos pueblos del País Valenciano y Aragón. Cuando ya estaba sofocada, comenzaron a llegar las noticias de disturbios en la provincia de Cádiz. El 10 de enero, el capitán Manuel Rojas recibió la orden de trasladarse desde Madrid a Jerez con su compañía de asalto para poner fin a la rebeldía anarquista. Pasaron la noche en el tren. Cuando llegaron a Jerez, la línea telefónica había sido cortada en Casas Viejas, una población de apenas dos mil habitantes a diecinueve kilómetros de Medina Sidonia. Grupos de campesinos afiliados a la CNT tomaron posiciones en el pueblo la madrugada del 11 de enero, siguiendo las instrucciones de los preparativos que se habían hecho por anarquistas de la comarca de Jerez, y cercaron con algunas pistolas y escopetas el cuartel de la guardia civil. Tres guardias y un sargento estaban dentro. Tras un intercambio de disparos, el sargento y otro guardia resultaron gravemente heridos. El primero murió al día siguiente; el segundo, unos días después.
A las dos de la tarde de ese 11 de enero, doce guardias al mando del sargento Anarte llegaron a Casas Viejas. Liberaron a los dos compañeros que quedaban en el cuartel y ocuparon el pueblo. Muchos campesinos, temerosos de las represalias, huyeron. El resto se había encerrado en sus casas. Unas horas después, cuatro guardias civiles más y doce de asalto, mandados por el teniente Fernández Artal, se unieron a los que ya habían controlado la situación. Con la ayuda de los dos guardias que conocían a los vecinos del pueblo, el teniente comenzó la búsqueda de los rebeldes. Cogieron a dos y los golpearon hasta que señalaron a la familia de Francisco Cruz Gutiérrez,Seisdedos, un carbonero de setenta y dos años que acudía de vez en cuando al sindicato de la CNT pero que no había participado en la insurrección. Sí que lo habían hecho dos de sus hijos y su yerno que se refugiaron, tras el cerco del cuartel, en su casa, una choza de barro y piedra muy delgada.
El teniente ordenó que forzaran la puerta de la choza. Respondieron con disparos desde dentro y un guardia de asalto cayó muerto. A las diez de la noche llegaron refuerzos con granadas, rifles y una ametralladora. Empezaron el asalto con poco éxito. Unas horas después, se les unió el capitán Rojas, con cuarenta guardias de asalto, a quien Arturo Menéndez, director general de Seguridad, había ordenado se trasladara desde Jerez a Casas Viejas para acabar con la insurrección y "abrir fuego sin piedad contra todos los que dispararan contra las tropas".
Rojas mandó incendiar la choza. En ese momento, algunos de sus ocupantes ya estaban muertos por las balas de los rifles y las ametralladoras. Dos fueron acribillados cuando salían huyendo del fuego. María Silva Cruz, La Libertaria, nieta de Seisdedos, salvó la vida al llevar un niño en brazos. Ocho muertos fue el saldo; seis de ellos quedaron calcinados dentro de la choza, entre quienes se encontraban Seisdedos, dos de sus hijos, su yerno y su nuera. Amanecía un nuevo día, 12 de enero de 1933.
Rojas envió un telegrama al director general de Seguridad: "Dos muertos. El resto de los revolucionarios atrapados en las llamas". Le informaba también que continuaría con la búsqueda de los dirigentes del movimiento. Envió a tres patrullas a registrar las casas, acompañados por los dos guardias del cuartel de Casas Viejas. Nada más empezar, mataron a un viejo de setenta y cinco años que gritaba "¡No disparéis! ¡Yo no soy anarquista!". Apresaron a otros doce, de los cuales sólo uno había tomado parte en el levantamiento. Esposados, los arrastraron hasta la choza de Seisdedos. El capitán Rojas, que había estado bebiendo coñac en la taberna, empezó el tiroteo, seguido por otros guardias. Asesinaron a los doce. Poco después, abandonaron el pueblo. La masacre había concluido. Diecinueve hombre, dos mujeres y un niño murieron. Tres guardias corrieron la misma suerte. La verdad de los hechos tardó en conocerse, porque las primeras versiones situaban a todos los campesinos muertos en el asalto a la choza de Seisdedos, pero la Segunda República ya tenía su tragedia.
Decenas de campesinos fueron arrestados y torturados. El Gobierno, dispuesto a sobrevivir al acoso que desde la izquierda y la derecha emprendieron contra él por la excesiva crueldad con la que se había reprimido el levantamiento, eludió responsabilidades. "No se encontrará un atisbo de responsabilidad para el Gobierno", declaró su presidente, Manuel Azaña, en el discurso a las Cortes del 2 de febrero de ese año. "En Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir”. Frente a "un conflicto de rebeldía a mano armada contra la sociedad y el Estado", él no tenía otra receta, les repitió varias veces a los diputados, aunque se corriera el riesgo de que algún agente del orden pudiera excederse "en el cometido de sus funciones". En cualquier caso, dijo ante el mismo escenario el 2 de marzo, en la política social del gobierno no estaban los orígenes de esas rebeliones contra el Estado, contra la República y contra el orden social: "Nosotros, este Gobierno, cualquier Gobierno, ¿hemos sembrado en España el anarquismo? (…) ¿Hemos amparado de alguna manera los manejos de los agitadores que van sembrando por los pueblos este lema del comunismo libertario?".
Pese a que algunos periódicos como ABC aplaudieron inicialmente el castigo dado a los revolucionarios, la animadversión desde las fuerzas de la derecha al Gobierno creció a palmos a partir de ese momento. La CNT, que lo único que sacó de aquellos hechos fueron más mártires para la causa, quedó muy dividida y debilitada, pero el gobierno republicano-socialista acabó desprestigiado y herido de muerte.
La oposición de la CNT privó a la República de un apoyo social fundamental. El radicalismo anarquista, no obstante, aunque contribuyó a extender la cultura del enfrentamiento, no fue el único movimiento, ni el más potente, que obstaculizó la consolidación de la República y de su proyecto reformista. Los grupos dominantes desplazados de las instituciones políticas con la llegada de la República reaccionaron muy pronto. En Casas Viejas, la brutalidad de los mecanismos de represión del Estado quedó al desnudo. Los gobiernos republicanos no supieron, o no pudieron, adaptar la administración de las fuerzas de orden público a un régimen democrático. Y vista así la historia, no es casualidad que el golpe de muerte a la República se lo dieran, en julio de 1936, desde dentro, desde el propio seno de sus mecanismos de defensa.
Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.


1.09.2013

ADICCIONES


1. La Asociación Psiquiátrica de EE.UU. edita una especie de guía Michelin de la locura que incorpora las nuevas adicciones, sea a las compras, al sexo o a… ¡Internet! La dolencia ha cruzado el Atlántico y ya es tratada en la unidad de juego patológico del hospital de Bellvitge, como nos ha contado Ana Macpherson en la sección de Tendencias. Sus primeros síntomas son tan cotidianos (necesidad de mirar la pantalla apenas te levantas para revisar el correo, los mensajes, la cuenta de Facebook y los tuits) que debemos estar ante una pandemia. En casa, en la calle, en el trabajo nos cruzamos cada día con centenares de personas en ese estado de alelamiento cibernético. De hecho, en ocasiones tenemos la duda de si alguna no será, en realidad, una app humana que ha sido activada y poseída por las aplicaciones informáticas que en su día se descargó. ¿Y todo eso, para qué? De entrada, hemos renunciado a nuestra capacidad de memorizar números de teléfono. Para eso tenemos el móvil. Al paso que vamos olvidaremos cómo se coge un bolígrafo y veremos mermada nuestra escritura gracias a herramientas diabólicas como el corrector ortográfico o el corta y pega. Eso sí, creeremos vivir en una idílica y cómoda democracia en red, en la que todos nos desnudamos inocentemente, mostramos imágenes íntimas y escribimos la última estupidez que se nos haya ocurrido. Pareceremos controladores aéreos encerrados en una torre, cuyo único contacto virtual con la realidad es la señal del radar. Y dejaremos una huella indeleble con todas las bobadas que se nos hayan ocurrido, con o sin piña colada, como lanzar una tuitería sobre la fealdad de Franck Ribéry cuando el problema del futbolista francés es que, a los dos años, sufrió un accidente de tráfico que le destrozó la cara.

2. Fátima fue a la boda de una amiga. Se lo pasó genial y tomó unas copas de más. Nada fuera de lo normal. Bailó mientras los flashes de las cámaras de fotos alumbraban la pista tras el banquete. Al lunes siguiente, ya en el trabajo, el comentario le cayó como un ladrillazo en toda la frente: “¡Qué vestido más guapo llevabas en la boda!”. “Me habían etiquetado sin darme cuenta y todos los compañeros de mi trabajo que tenía en Facebook me vieron en fotos con un pedo como un piano”, comenta esta madrileña en la mitad de la treintena. Fátima lo tuvo claro y abandonó la red social: “Decidí que mi vida no interesaba a nadie y que tampoco quería recuperar viejas amistades. Si quiero quedar con alguien, le llamo por teléfono y nos vemos para un café”.Facebook tiene más de 845 millones de usuarios, con lo que cada vez está más cerca de alcanzar al país más poblado del mundo, China, con 1.300 millones de habitantes. Cada día, 483 millones de personas -una población comparable a la de toda la UE- entran para actualizar sus estados, compartir enlaces o ver fotografías colgadas por sus amigos.
“Nuestra misión es hacer del mundo un lugar más abierto y más conectado”, afirma la compañía, creada por Mark Zuckerberg en 2004, en su esperado folleto de salida a Bolsa, presentado hace pocas semanas y en el que la red social alcanza una valoración de entre 75.000 y 100.000 millones de dólares.
Pese al indudable éxito de la ‘marea azul’ de Facebook, algunas personas optan por un mundo ‘menos conectad’. “Yo lo dejé porque era increíblemente adictivo y perdía muchísimo tiempo”, explica Sonia, una médico madrileña de 35 años. En cada visita los usuarios de la red suelen pasar 20 minutos de media. 
Las personas que deciden abandonar el lugar suelen argumentar parecidas razones: pérdida de tiempo, relaciones superficiales o falta de privacidad. La última parte es en la que la red social ha avanzado más, en gran parte obligada por las autoridades de diferentes países. Desde hace un tiempo, el usuario tiene más opciones sobre qué quiere compartir y con quién.


1.07.2013

A. PÉREZ REVERTE


- Un asunto sospechoso - (Columna)

H. Pippin

Han caído en mis manos algunos libros de texto escolares para niños de diez a trece años. Sólo fueron media docena, aclaro. Ignoro si todos tocan el mismo registro, o por una siniestra casualidad cayeron en mis manos sólo raras bazofias. El detalle es que con ellas se forman escolares en España. No sé si muchos o demasiados, pero da igual: con los que he visto estudian miles de niños. Todo lleva mucho dibujito, mucha estampita, mucho colorín. Como envoltorio. Y dentro, unos textos escritos con desgana, sin criterio. Superficiales y sin sentido. Hasta el punto de que su atenta lectura me deja en la tecla varias preguntas. ¿Quién los hace?, es la primera. ¿Nadie es responsable de su contenido?... Porque, aunque figuran nombres y editoriales, este aspecto parece más bien difuso. No queda claro si se trata de autores con implicación directa o de comités de lectura, supervisores apresurados de textos que redactan otros: mano de obra barata que debe cumplir plazos urgentes, negros sin cualificación y sin motivaciones. Porque dudo que gente solvente, seria, con autoridad docente, sea responsable de algunas de las cosas que he visto.
Resulta menos evidente en matemáticas, por ejemplo. En disciplinas donde dos y dos suman cuatro. Pero cuando se refieren a lengua, conocimiento del medio y cosas así, el desorden y la aparente improvisación saltan a la cara en cada página. Las ideas básicas se pierden en detalles accesorios, lugares comunes, vaguedades facilonas. La Historia se plantea sin cronología, con absurdos y confusos saltos adelante y hacia atrás que nada establecen. Tampoco hay lecturas, o muy pocas. Ni criterio. Sólo ideas simples sin contexto intelectual, ni contrastes. Los textos se limitan a cumplir, supongo, con programas generales; pero no ahondan en nada. Todo es falto de rigor, sin plan último. Sin establecer qué conocimientos debe tener un niño para entender el mundo en el que vive. Sin estrategia para determinar qué interesa que los niños sepan, y cómo lograr que lo sepan: sólo tácticas oportunistas que buscan hacerlo todo fácil y asumible. Hojeando esas páginas comprendo perfectamente por qué hay niños de trece años que conocen los ríos de Valencia o de Extremadura y no los de España. Por qué ignoran qué es una preposición o un adverbio, para qué sirven y cómo deben usarse. Por qué hemos quitado a los chicos la posibilidad de comprender, y de pensar usando lo que han comprendido.
Nadie lo dice porque suena retrógrado; pero cualquier educador serio lo reconoce por lo bajini: ¿cómo es posible que la ley de Educación de 1957, pese a su paternidad franquista, siga siendo -en el país de los ciegos, el tuerto es rey- la más seria y eficaz? ¿La que mejor preparaba a los niños en materias generales como lengua, historia, lectura, redacción, literatura, ciencias naturales?... ¿Cómo es posible que en todos estos años de democracia, con dos partidos alternándose en el poder, no se haya llegado a un pacto de Estado en materia de Educación? ¿Que cada intento de consenso nacional se haya abortado por la vileza política, la cobardía moral, la foto en prensa y el telediario? ¿Que todavía, en este país desmemoriado, absurdo y ruin, haya tontos que sostengan, sin despeinarse, que la actual generación es la más culta y mejor formada de nuestra historia?
¿Quieren saber mi conclusión, con esos libros en la mano? ¿Lo que pienso al considerar que el conocimiento se renueva cada década, pero nuestros textos escolares cambian de año en año?... Pues que a ciertos editores y a quienes eligen esos libros para sus alumnos les importa un carajo la calidad. Todo es banalidad y nada es cultura. Para beneficio, naturalmente, de oportunistas y de golfos. De la educación se ha hecho ideología; y de la ideología, negocio. Vivimos un presente absurdo, sin pasado ni futuro: hemos rebajado la calidad de la enseñanza, y cada comunidad, cada colegio, cada taifa, hace lo que quiere. Nadie combate las faltas de ortografía, la incapacidad expresiva. No se trabaja la lengua, la expresión, la sintaxis, la gramática. Los padres son los primeros en protestar si se aprieta a los chicos en eso. Nadie quiere enfrentarse, comprometerse. En la universidad aprueban exámenes que hace veinte años habrían suspendido en bachillerato. Y así, los chicos llegan a los quince años sin saber nada. Y sin querer saber. Lo que lleva a una última pregunta: los consejeros de Educación, los maestros que eligen esos textos, los colegios, las asociaciones de padres, madres y perritos que les ladren, ¿saben lo que hacen? ¿Tienen un método riguroso, o también en eso, como en tantas cosas, hay cajones que no convendría abrir, por si salen moscas?