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12.15.2012

PETRARCA

SONETO CXXXII


Si no es amor, ¿qué esto que yo siento?
mas si no es amor, por Dios, ¿qué cosa y cual?
Si es buena, ¿por qué es áspera y mortal?
si mala, ¿por qué es dulce su tormento?

Si ardo por gusto, ¿por qué me lamento?
Si a mi pesar, ¿qué vale un llanto tal?
Oh, viva muerte, oh deleitoso mal,
¿por qué puedes en mí si no consiento?

Y si consiento, error es quejarme.
Entre contrarios vientos va mi nave
-que en alta mar me encuentro sin gobierno-

tan leve de saber, de error tan grave,
que no sé lo que quiero aconsejarme
y, si tiemblo en verano, ardo en invierno.

SONETO A LAURA



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,
ni me retiene ni me suelta el lazo;
y no me mata Amor ni me deshierra,
ni me quiere ni quita mi embarazo.

Veo sin ojos y sin lengua grito;
y pido ayuda y parecer anhelo;
a otros amo y por mí me siento odiado.

Llorando grito y el dolor transito;
muerte y vida me dan igual desvelo;
por vos estoy, Señora, en este estado.

BENDITO SEA EL AÑO


Bendito sea el año, el punto, el día,
la estación, el lugar, el mes, la hora
y el país, en el cual su encantadora
mirada encadenóse al alma mía.

Bendita la dulcísima porfía
de entregarme a ese amor que en mi alma mora,
y el arco y las saetas, de que ahora
las llagas siento abiertas todavía.

Benditas las palabras con que canto
el nombre de mi amada; y mi tormento,
mis ansias, mis suspiros y mi llanto.

Y benditos mis versos y mi arte
pues la ensalzan, y, en fin, mi pensamiento,
puesto que ella tan sólo lo comparte.

EN LA MUERTE DE LAURA


Sus ojos que canté amorosamente,
su cuerpo hermoso que adoré constante,
y que vivir me hiciera tan distante
de mí mismo, y huyendo de la gente,

Su cabellera de oro reluciente,
la risa de su angélico semblante
que hizo la tierra al cielo semejante,
¡poco polvo son ya que nada siente!

¡Y sin embargo vivo todavía!
A ciegas, sin la lumbre que amé tanto,
surca mi nave la extensión vacía...

Aquí termine mi amoroso canto:
seca la fuente está de mi alegría,
mi lira yace convertida en llanto.

SONETO

Bendecidos el año, el mes, el día
y la estación y el sitio y el instante
y el hermoso país en que delante
de su mirar mi voluntad rendía.

Y bendecida la tenaz porfía
de amor entre mi pecho palpitante,
y el arco y la saeta y la sangrante
herida que en mi corazón se abría.

Bendecida la voz que repitiendo
va por doquier el nombre de mi amada,
suspiros, ansias, lágrimas vertiendo.

Y bendecido todo cuanto escribe
la mente que al loarla consagrada
en Ella y sólo para Ella vive.

- Los que escucháis en rimas el desvelo -



"Vosotros que escucháis en rimas el desvelo

del suspirar que al corazón nutriera

al primer yerro de la edad primera,

cuando era en parte otro del que hoy suelo;

del vario estilo con que hablo y celo,
entre el dolor y la esperanza huera,
de aquel que, porque amó, de Amor supiera,
no ya perdón, sino piedad anhelo.

Mas ya del vulgo veo cómo en boca
fábula fui gran tiempo en que a menudo
de mí mismo conmigo me abochorno;

y que es el fruto que mi furia toca,
vergüenza porque entiendo ya y no dudo
que cuanto cautiva al mundo es breve sueño."



12.13.2012

I. CALVINO

- La oveja negra -

 P. Galetto

Erase un país donde todos eran ladrones. 
Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna sorda, para ir a saquear la casa del vecino. Al regresar, al alba, encontraba su casa desvalijada. Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. 
En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto de parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. 
La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres. 
Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas. Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían. 
Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente. 
Frente a estas razones el hombre honrado no podía oponerse. 
También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. 
Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua. Volvía a casa y la encontraba saqueada. En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque era culpa suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entre tanto no robaba a nadie; de modo que había siempre alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta: la casa que él hubiera debido desvalijar. 
El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado, los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres. 
Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos otros que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres. Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. 
Y pensaron: "Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta". Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. 
Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. 
Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casa, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles. 
De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba más de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres; y sin embargo todos seguían siendo ladrones. 
Honrado sólo había habido aquel fulano, y no tardó en morirse de hambre.



- Las ciudades invisibles -


J. L. Santiestaban

En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrán ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras miradas, no se detienen. Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, los ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura con otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que en un instante todas las combinaciones se agotan y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto por una cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una jamona. Así entre quienes por casualidad se juntan bajo un soportal para guarecerse de la lluvia, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos. Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, simulaciones, malentendidos, choques, opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.




 "El jardín encantado"

A. Wiertz

Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. 0 bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel, jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo seguía siempre sin discutir.¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse.—Está a punto de llegar un tren —dijo Giovannino.Serenella no se movió de la vía.—¿Por dónde?—preguntó.Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.
—Por allí —dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.
—¿Dónde vamos, Giovannino?
Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.
—Por ahí.
Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.
—¡Dame la mano, Giovannino!
Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.
Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?
Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado?
Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.
Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señoras y señores aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.
—Esa —decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.
Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.
Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.
—¿Nos zambullimos? —preguntó Giovannino a Serenella.
Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: “¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no vela mas que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.
Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping—pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon.
Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas.
Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.
A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa.
El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas’51 y Cómodas, como una antigua injusticia.
El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.


"Amor y ausencia"

Valeriy Kot

"Elide se pasaba una mano por el pelo, se esforzaba por abrir bien los ojos, como si cada vez se avergonzase un poco de esa primera imagen que el marido tenía de ella al regresar a casa, siempre tan en desorden, con la cara medio dormida. Cuando dos han dormido juntos es otra cosa, por la mañana los dos emergen del mismo sueño, los dos son iguales".

Ser iguales, he allí un bello sueño, o por lo menos acentuémos que se trata de un sueño de simetría, de encastre, de coincidencia. ¿Es que tú traes aquello que colmará lo que hay en mí de ausencia? Dormir juntos, lo decimos, lo creemos, esta certeza nos la provee la semejanza de un inicio y de un despertar, podemos suponer que hemos dormido juntos si hemos hecho los actos simultáneos que nos dan esa impresión. Ahora bien, ¿hemos dormido juntos o uno al lado del otro? Esto es lo que se destaca en el relato: si hemos ingresado juntos en el territorio del dormir alcanzaremos al salir un estado de igualdad.
Ni Arturo ni Elide se encontraban en el lecho conyugal, cada uno encontraba la ausencia del otro y si hubieran encontrado el cuerpo del otro no habría allí más que una insinuación, por cierto leve, de la presencia del otro. El cuerpo allí no establece la presencia de esa persona, sólo estoy en condiciones de interrogar esa presencia si hay un cuerpo. ¿Es que estás tú allí donde tu cuerpo me indica? Pero, es nuevamente el mismo relato el que nos muestra como tendría que haber sido la escena esperada: si emergemos del mismo sueño devenimos iguales.
Se abrazaban. Arturo llevaba el chaquetón impermeable; al sentirlo cerca ella sabía el tiempo que hacía: si llovía, o había niebla o nieve, según lo húmedo y frío que estuviera. Pero igual le decía: “¿Qué tiempo hace?”, y él empezaba como de costumbre a refunfuñar medio irónico, pasando revista a los inconvenientes que había tenido, empezando por el final: el recorrido en bicicleta, el tiempo que hacía al salir de la fábrica, distinto del que hacía la noche anterior al entrar, y los problemas en el trabajo, los rumores que corrían en la sección, y así sucesivamente".
La inercia, la costumbre y la queja son los habituales condimentos de la vida cotidiana, pero antes: abrazarse, si tu cuerpo está, tú estás, y si tú estás puedo continuar.
"Al estar así los dos junto al mismo lavabo, medio desnudos, un poco ateridos, dándose algún empellón, quitándose de la mano el jabón, el dentífrico, y siguiendo con las cosas que tenían que decirse, llegaba el momento de la confianza, y a veces, frotándose mutuamente la espalda, se insinuaba una caricia y terminaban abrazados.
Pero de pronto Elide "... tenía que irse, como siempre, rápido, a trabajar”.
Interesante escena que es la única que parece de una posible encuentro (insistimos de los cuerpos) pero una vez más la característica será el desencuentro.
"La cama estaba como la había dejado Elide al levantarse, pero de su lado, el de Arturo, estaba casi intacta, como si acabaran de tenderla. El se acostaba de su lado, como corresponde, pero después estiraba una pierna hacia el otro, donde había quedado el calor de su mujer, estiraba la otra pierna, y así poco a poco se desplazaba hacia el lado de Elide, a aquel nicho de tibieza que conservaba todavía la forma del cuerpo de ella, y hundía la cara en su almohada, en su perfume, y se dormía".
Es en estos párrafos descriptivos donde se percibe claramente como el amor es ausencia y se sostiene en esa ausencia; ausencia de cuerpo que trae todas las otras ausencias, digamos inadecuaciones, que hacen que el estar sea un desencuentro perpetuo, pero aun así la maestría de la escritura de Calvino nos pone en alerta pues si "la" mujer no está, están sus pistas, sus trazos, sus aromas y tibiezas, está su "haber estado".
"Elide encontraba todo mal hecho, pero a decir verdad no por ello él se esmeraba más: lo que hacía era una especie de ritual para esperarla, casi como salirle al encuentro aunque quedándose entre las paredes de la casa..."
"En cambio Arturo, después del primer entusiasmo porque ella había vuelto, ya estaba con la cabeza fuera de casa, pensando en darse prisa porque tenía que marcharse".
Ahora le toca a ella quejarse de su marido, él espera que ella llegue y él ya está en otra parte, el movimiento no se detiene, ellos no se encontraban más que en ese fugaz intercambio de lugares, de adentro a afuera, de afuera a adentro.
"Elide lavaba los platos, miraba la casa de arriba abajo, las cosas que había hecho su marido, meneando la cabeza. Ahora él corría por las calles oscuras, entre los escasos faroles, quizás ya había dejado atrás el gasómetro. Elide se acostaba, apagaba la luz. Desde su lado, acostada, corría una pierna hacia el lugar de su marido buscando su calor, pero advertía cada vez que donde ella dormía estaba más caliente, señal de que también Arturo había dormido allí, y eso la llenaba de una gran ternura".

11.24.2012

G. BOCACCIO


Masetto de Lamporecchio fingióse mudo y se hizo hortelano de un convento de monjas, las cuales porfiaban por acostarse con él, II. El Decameron. 

 Puvis de Chavannes

Un día, una monja las vio desde su ventanita de la celda, y se lo enseñó a dos compañeras. Decidieron ir a acusarlas a la abadesa, pero pronto cambiaron de opinión y fueron a participar de Masetto, a quien por otros incidentes habían ido también a dar en él.


Por último, la abadesa, ignorante de lo que ocurría, se paseaba por el jardín un día de mucho calor, cuando encontró a Masetto, quien, dada la mucha fatiga de cabalgar por la noche, estaba tendido bajo la sombra de un árbol. El viento había levantado sus ropas y estaba todo descubierto; tentación que sufrió la abadesa, como sus monjitas. Le condujo a su cámara y allí le tuvo varios días, con gran desconsuelo de sus monjas, al ver que él no salía a labrarles el huerto. La abadesa, en cambio, probaba la dulzura que reprobaba ante las demás. Le buscaba muchas veces, y las demás monjas también; entonces, el mudo pensó que el seguir así no podría reportarle ningún bien, y una noche dijo a la abadesa:

- He oído, señora, que un gallo se basta para diez gallinas, pero ni diez hombres se bastan para satisfacer a una mujer, y a mí me toca cumplimentar a nueve. No podría perseverar en ello, y ahora, con lo que he hecho, no puedo hacer ni lo poco ni lo mucho. Por tanto, o me dejáis ir con Dios o ponéis remedio.

Ella, al oírle hablar, pasmóse y dijo:

- ¿Qué es esto? Creía que eras mudo.

- Señora –dijo Masetto- ; lo era, pero no de natural, sino por una enfermedad que me privó del habla, la cual he recuperado esta noche, por lo que le doy gracias a Dios.

La abadesa le creyó y le preguntó qué era lo de servir a nueve mujeres. Masetto lo contó todo, y la mujer, ante tal realidad, decidió buscar remedio a la situación, para que no se difamara al convento. Por aquellos días, había muerto el administrador, por lo que las monjas explicaron a las gentes del pueblo que los méritos del santo protector del monasterio, habían restituido el habla al hortelano, haciéndole luego administrador. Después se organizaron entre ellas tan diestramente, que el hombre pudo soportarlas. Aunque engendraron bastantes monjitos, nada se supo hasta la muerte de la abadesa. Entonces Masetto, viejo, padre, y rico, sin preocupación de mantener a sus hijos, regresó a su país natal, afirmando que así trataba la suerte a quien le pone cuernos.



- Anastasio -


Konstantin Kacev


Había en Rávena, antigua ciudad de la Romaña, muchos gentiles hombres, entre los que se hallaba un mozo de nombre Anastasio degli Onesti, muy rico por herencia de su padre y de su tío. Y estando sin mujer, se enamoró de una hija de micer Pablo Traversari. Era la joven más noble que él, mas él esperaba con su conducta atraerla para que lo amase. Pero esas obras, por hermosas que eran, sólo lograban enojar a la joven, porque ella solía manifestarse tosca, huraña y dura, aunque tal vez esto se debía a que ella poseía una belleza singular o a su altiva nobleza. En resumen, a ella nada de él la complacía, lo que para Anastasio resultaba doloroso de soportar, y cuando le dolía demasiado pensaba en matarse.



Otras veces, cuando reflexionaba, se hacía a la idea de dejarla tranquila y aun de odiarla tanto como ella a él. Pero todo resultaba en vano: cuanto más se lo proponía más se multiplicaba su amor. Y, perseverando el joven en amarla sin medida, a sus familiares y amigos les pareció que él y su hacienda iban a agotarse de consumo.

Por lo cual, muchas veces le rogaron que se fuese de Rávena a morar en otro lugar por algún tiempo, para ver si lograba disminuir su amor y sus impulsos. Anastasio se burló de aquel consejo, pero ellos insistían en su solicitud y al fin decidió complacerles, y mandó organizar tantas maletas como si se fuese a España o a Francia o a cualquier otro lugar remoto; montó en su caballo y, en compañía de sus amigos, partió de Rávena y se fue a un sitio que dista de Rávena tres millas y se llama Chiassi. Una vez hubo llegado, mandó armar las tiendas y dijo a quienes le acompañaban que se devolviesen, pues pensaba quedarse donde estaba. Y ellos regresaron a Rávena. Se quedó Anastasio y empezó a hacer la más magnífica vida que jamás se conociera, invitando a tales o cuales a comer o cenar como era su costumbre. 

Y sucedió que, llegando primeros de mayo, y haciendo buenísimo tiempo y él siempre pensando en su cruel amada, mandó a todos lo suyos que le dejasen solo para poder meditar
 más a sus anchas, y a pie se trasladó, reflexionando, hasta el pinar. Pasaba la quinta hora del día, y habiéndose él adentrado en el pinar como una media milla, sin acordarse de comer ni de nada, súbitamente le pareció oír un grandísimo llanto y quejas de una mujer. Interrumpido así en sus dulces pensamientos, alzó la cabeza para ver lo que fuese, y se extrañó de hallarse en pleno pinar. Y, además, mirando ante sí, vio venir, saliendo de un bosquecillo muy denso de zarzas y realezas, y corriendo hacia donde él se hallaba, una bellísima mujer desnuda, toda arañada de las zarzas y matorrales, que lloraba y pedía piedad a gritos.


Botticcelli

Dos grandes y fieros mastines corrían tras ella, y cuando la alcanzaban la mordían. Venía detrás. sobre un negro corcel, un caballero moreno de muy airado rostro y con un estoque en la mano, amenazando de muerte a la joven con terribles y ofensivas palabras. Aquella puso a la vez maravilla y espanto en el ánimo del joven, y sintió compasión de la desventurada, por lo que se resolvió, si podía, librarla de la muerte y de tal angustia. Pero, hallándose sin armas, recurrió a coger una rama de árbol a guisa de garrote, y fue a hacer frente a los canes y al caballero. El cual, reparando en ello, le gritó de lejos:
-No intervengas, Anastasio, y déjanos a los perros y a mí hacer lo que esa mala hembra ha merecido. 
En esto, los perros, aferrando con fuerza por las caderas a la mujer, la detuvieron y el caballero se apeó del corcel. Y Anastasio, acercándosele, le dijo:
-No sé quién eres que así me conoces, pero te digo que es gran vileza que un caballero armado quiera matar a una mujer desnuda y echarle los perros detrás como a una bestia del bosque. Por cierto ten que la defenderé. 
El caballero respondió entonces:
-Anastasio, de tu misma tierra fui, y aún eras rapaz pequeño cuando yo, a quien llamaban micer Guido degli Anastagi, me enamoré tanto de esa mujer como tú ahora de la Traversari. Y su fiereza y crueldad de tal modo causaron mi desgracia, que un día, con el estoque que ves en mi mano, desesperado me maté y fui condenado a penas infernales No pasó mucho tiempo sin que ésta. que de mi muerte se sintió desmedidamente contenta, muriese, y por el pecado de su crueldad y de la alegría que le causó mi muerte, no habiéndose arrepentido, fue también condenada a las penas del infierno. Mas cuando a él bajó por castigo, a los dos nos fue dado el huir siempre ella ante mí, mientras yo, que tanto la amé, habría de perseguirla como a mortal enemiga, no como a mujer amada. Y siempre que la alcanzo, con este estoque con que me maté, la mato, y la abro en canal, y ese corazón duro y frío en el que nunca amor ni piedad pudieron entrar, le arranco con las demás vísceras, como verás pronto, y lo doy a comer a estos perros. Y, según voluntad de la justicia y potencia de Dios, no pasa mucho tiempo sin que, como si muerta no estuviera, resucite, y otra vez comience su dolorosa fuga de los perros y de mí. Y cada viernes, sobre esta hora, aquí la alcanzo y hago en ella el estrago que verás. Mas no creas que descansamos los demás días, pues entonces también la sigo y la alcanzó en otros parajes donde cruelmente pensó y obró contra mí. Y, convertido de amante en enemigo, como ves, he de seguirla así durante tantos años como ella se portó rigurosamente conmigo. Dejemos, pues, ejecutar a la divina justicia, y no te opongas a lo que no puedes evitar. 


Anastasio, al oír tales palabras, quedó tímido y suspenso, con todos los cabellos erizados, y retrocediendo y mirando a la mísera joven, comenzó temeroso a esperar lo que hiciere el caballero, el cual. acabando su razonamiento, como un can rabioso corrió estoque en mano hacia la mujer (que, arrodillada y sostenida con fuerza por los dos mastines, le pedía perdón) y con todas sus fuerzas le atravesó el pecho de parte a parte. Y cuando la mujer recibió el golpe, cayó de bruces, siempre llorando y gritando, y el caballero, poniendo mano a un cuchillo, le abrió los riñones y le sacó el corazón con cuanto lo circuía, y echólo a los dos mastines, que lo devoraron afanosamente. Casi en el acto, la joven, como si ninguna de aquellas cosas hubiere sucedido, se levantó y huyó hacia el mar, perseguida y desgarrada por los perros. Y el caballero, volviendo a montar a caballo y a requerir su estoque, la comenzó a seguir y en poco rato tanto se distanciaron, que ya Anastasio no les pudo ver.
Habiendo contemplado tales cosas, gran rato estuvo entre complacido y temeroso, y después le vino a la memoria la idea de que el suceso podría valerle de mucho, ya que acontecía todos los viernes. Y, así, habiéndose fijado bien en el paraje, se volvió con su gente y cuando le pareció hizo llamar a los más de sus parientes y amigos y les dijo:



-Durante largo tiempo me habéis incitado a que deje de amar a mi enemiga y ceje en mis gastos. Estoy dispuesto a hacerlo, siempre que una gracia me concedáis. Y es que hagáis que el viernes venidero micer Pablo Traversari, con su mujer e hija y todas las mujeres de su parentela, y las demás que os plazcan, vengan a almorzar conmigo. Entonces veréis por qué quiero eso. Parecióles a sus amigos que no era cosa difícil de hacer y, al regresar a Rávena, cuando llegó el momento, invitaron a los que Anastasio deseaba. Y, aunque mucho costó convencer a la mujer a quien amaba Anastasio, al fin ella fue con las otras.
Hizo Anastasio que se aderezase un magnífico yantar y dispuso que se colocasen las mesas bajo los pinos, junto al lugar donde presenció la agonía de la cruel mujer. Y una vez que hizo sentarse a todas las mesas hombres y mujeres, mandó que su amada fuese puesta frente al sitio donde debía acontecer el hecho.
Y habiendo llegado el último manjar, el desesperado clamor de la joven perseguida empezóse a oír. Mucho se maravillaron todos, y preguntaron qué era, y no lo supo decir nadie. Levantándose, pues, para averiguar qué sería, vieron a la doliente mujer, y al caballero y los canes, y en un momento todos estuvieron a su lado. Alzóse gran vocerío contra los perros y el caballero y muchos se adelantaron para ayudar a la joven. Pero el caballero, hablándoles como habló a Anastasio, no sólo les forzó a retroceder, sino que les espantó y les llenó de pasmo. E hizo lo que la otra vez hiciera, y las mujeres presentes allí (muchas de las cuales, parientes de la joven o del caballero, no habían olvidado su amor y la muerte de él) míseramente lloraron, como si ellas mismas hubieran sufrido lo mismo. Acabó, en fin, el lance, y desaparecieron mujer y caballero, y los que aquello habían visto entregáronse a muchos y variados razonamientos. 



Pero entre los que más espanto tuvieron figuró la cruel joven amada por Anastasio. Porque habiéndolo visto y oído todo muy claramente, y conociendo que a ella más que a nadie tales cosas atañían, ya le parecía estar huyendo de la ira de él y tener los perros a los talones. Y tanto miedo de esto le sobrevino que, para no incurrir en lo mismo, en breve ocurrió (tan en breve que aquella misma tarde fue) que, mudado su odio en amor, secretamente mandó a la estancia de Anastasio una camarera de su confianza, rogándole que fuese a verla, porque estaba dispuesta a complacerle en todo. Resolvió Anastasio que ello le satisfacía mucho, y que si a ella le placía, haría con ella lo que le pluguiese, pero, para honor de la dama, tomándola por mujer. La joven, sabedora que sólo por su culpa no era ya esposa de Anastasio, mandó contestar que estaba acorde. Y luego, sirviéndose de mensajera a sí misma, dijo a sus padres que quería ser mujer de Anastasio, lo que mucho les contentó. Y al domingo siguiente casó Anastasio con ella, e hiciéronse bodas, y mucho tiempo jubilosamente convivió con ella. Y no sólo el temor de la dama fue factor de aquel bien, sino que todas las mujeres altivas se tornaron medrosas, y en lo sucesivo mucho más que antes se plegaron al placer de los hombres.




10.01.2012

DANTE ALIGHIERI

Rossetti: Dante

El amoroso espíritu con que adoro siempre a mi Dama ardía más que nunca en deseos de volver nuevamente hacia ella los ojos; y las bellezas que la naturaleza o el arte han producido para cautivar la vista y atraer los espíritus, ya en cuerpos humanos, ya en pinturas, todas juntas serían nada en comparación del placer divino que me iluminó cuando me volví hacia su faz riente...

Dante, La divina comedia (canto XXVII)



-Soneto- 

Rossetti

Amor brilla en los ojos de mi amada,
y se torna gentil cuando ella mira:
donde pasa, todo hombre a verla gira
y a quien ve tiembla el alma enamorada.

Anochece si esconde su mirada,
y por volverla a ver todo suspira:
ante ella la soberbia huye y la ira;
bellas, honrad conmigo a mi adorada.

Feliz mil veces quien la ve y la siente;
al nacerle el alma al punto empieza
todo humilde pensar, toda dulzura,

y no sabe, almirarla sonriente,
si en ella se excedió naturaleza,
o el milagro gentil tanta hermosura.




- INFIERNO.CANTO V -

Dante Gabriel Rossetti
Bajé desde el primero hasta el segundo
círculo, que menor trecho ceñía (v.2)
mas dolor, que me apiada, más profundo.

Botticelli
horriblemente allí gruñía: (v.4)
examina las culpas a la entrada
y juzga y manda al tiempo que se lía.

Digo que cuando el alma malhadada
llega ante él, confiesa de inmediato,
y él, que tiene del mal ciencia acabada,

ve el lugar infernal de su reato;
tantas veces el rabo al cuerpo envuelve
cual grados bajará por su mandato.

Doré
Allí multitud de almas se revuelve;
una tras otra a juicio van pasando;
dicen y oyen, y abajo las devuelve.

«¡Oh tú que al triste hospicio estás llegando»,
dijo al fijarse en la presencia mía,
el importante oficio abandonando,

«ve cómo entras y en quién tu alma confía;
no te engañe la anchura de la entrada!...»
«¿Por qué así gritas?», replicó mi guía;

«no impedir quieras su fatal jornada:
así se quiso allá donde es posible
lo que se quiere, y no preguntes nada.»

Ahora empieza mi oído a ser sensible
a las dolientes notas, ahora llego
donde me alcanza un llanto incontenible.


Lussuriosi
En lugar de luz mudo me vi luego,
que mugía cual mar tempestuosa
a la que un viento adverso embiste ciego.

La borrasca infernal que no reposa,
rapazmente a las almas encamina:
volviendo y golpeando las acosa.


Doré
Cuando llegan delante de la ruina, (v.34)
son los gritos, el llanto y el lamento;
allí maldicen la virtud divina.

Entendí que merecen tal tormento
aquellos pecadores que, carnales,
someten la razón al sentimiento.


BARBIERI

Cual estorninos, que en los invernales
tiempos vuelan unidos en bandada,
acá, allá, acullá, por vendavales

la turba de almas malas es llevada,
sin esperanza -que les preste aliento-
de descanso o de pena aminorada.

                            Previati

Y cual grullas que cantan su lamento,
formando por los aires larga hilera,

se acercaron así, con triste acento,

sombras que aquel castigo allí trajera;

dije entonces: «Maestro, ¿quiénes son

víctimas de este viento?» «La primera

de estas almas, que ves, de perdición»,

me respondió, «la emperatriz ha sido

de muchas hablas de distinto son.

Presa de la lujuria, ha confundido
la libido y lo lícito en su ley
por huir del reproche merecido:

Semíramis se llama; fue del rey (v.60)
Nino la sucesora, y fue su esposa,
donde se asienta del sultán la grey.

La otra al suicidio se entregó amorosa
y las siqueas cenizas traicionó;
detrás va Cleopatra lujuriosa;

mira a Helena, que al tiempo convocó
de la desgracia; a Aquiles esforzado,
que por amor, al cabo, combatió.

Ve a Paris, a Tristán.» Y así ha nombrado
de aquellas almas un millar corrido,
que amor de nuestra vida ha separado.

Una vez que hube a mi doctor oído
nombrar damas y antiguos caballeros,
apiadado, perdí casi el sentido.

Yo comenté: «Poeta, con sinceros
deseos a esos dos hablar quisiera
que parecen al viento tan ligeros».


                             Doré


Y él: «A que estén más próximos espera
y, en nombre del amor que así los guía,
llámalos, que vendrán a nuestra vera».


              Francis Holl (1815-1884)


Cuando el viento ya cerca los traía,
moví la voz: «¡Oh almas afanadas,
venid a hablarnos, si otro no os desvía!»



                        Giuseppe Frascheri

Como palomas del deseo llamadas

que, alta el ala y parada, al dulce nido

caer se dejan por amor llevadas,

así salieron del tropel de Dido

y a nuestro lado fueron descendiendo;

tan fuerte el grito amable había sido.



                           Henri Martin



«¡Oh animal que benévolo estás siendo

al acercarte por el aire adverso
a los que al mundo en sangre iban tiñendo,
si fuese amigo el rey del universo,
por tu paz le podríamos rogar,
ya que te apiada nuestro mal perverso!

Francesco Scaramuzza

Todo cuanto queráis oír o hablar
por nosotros será hablado y oído
mientras el viento aún quiera callar.
Tiene asiento la tierra en que he nacido
sobre la costa a la que el Po desciende
a buscar paz allí con su partido.
Amor, que en nobles corazones prende,
a éste obligó a que amase a la persona
que perdí de manera que aún me ofende.
Amor, que a nadie amado amar perdona,
por él infundió en mí placer tan fuerte
que, como ves, ya nunca me abandona.
Amor nos procuró la misma muerte:
Caína al matador está esperando.»
Ambos me respondieron de esta suerte.

Watts

Al oír sus agravios, fui inclinando
el rostro; y el poeta, al verme así,
por fin me preguntó: «¿Qué estás pensando?»
Al responderle comencé: «¡Ay de mí,
cuánto deseo y dulce pensamiento
a estas dolientes almas trajo aquí!»
A ellas después encaminé mi acento
y comencé: «Francesca, tus torturas
me hacen llorar con triste sentimiento.
Mas di: en el tiempo aquel de las venturas
¿cómo y por qué te concedió el amor
conocer las pasiones aún oscuras?»
Y ella me dijo: «No hay dolor mayor
que recordar el tiempo de la dicha
en desgracia; y lo sabe tu doctor.


                              Delorme


Pero si de este amor y esta desdicha
conocer quieres la raíz primera,
con palabras y llanto será dicha.
Cómo el amor a Lanzarote hiriera,
por deleite, leíamos un día:
soledad sin sospechas la nuestra era.

                            Feuerbach


Palidecimos, y nos suspendía
nuestra lectura, a veces, la mirada;
y un pasaje, por fin nos vencería.


                             Ingres


la boca me besó todo anhelante.

Galeoto fue el libro y quien lo hiciera:

no leímos ya más desde ese instante».


Alberi


                         Alexandre Cabanel


Mientras un alma hablaba, la otra era
presa del llanto; entonces apiadado,
lo mismo me sentí que si muriera;


                           Ary Scheffer


y caí como cuerpo inanimado.

                              Blake


Traducción de Ángel Crespo, Seix Barral: Barcelona,1973-1977

Notas del traductor- 

v. 2. Dada la forma de cono invertido o de embudo del infierno, cada círculo era más estrecho y ceñía menos espacio que el anterior.

v. 4. Minos, rey mitológico de Creta, hijo de Zeus y de Europa, fue famoso por su sabiduría y por su recta administración de justicia. En cuanto perteneciente a la mitología, Dante le hace figurar como demonio revistiéndole de característicasterroríficas, e incluso grotescas, en contraste con lo que hace al referirse a los Centauros y a otras figuras míticas. Aparece en Eneida VI. 432-433 juzgando a las almas pero sin caracteres grotescos.

v. 34. Se puede interpretar, de acuerdo con otros pasajes del Infierno, que la «ruina» es uno de los desprendimientos de rocas causados por el terremoto que se produjo al descender Cristo a los infiernos.

v. 56. Es decir, para evitar que fuese criticada su desordenada conducta, consideró legales las formas de erotismo tenidas antes por ilícitas.
v. 60. Semíramis fue reina de Babilonia.

v. 62. Se trata de Dido, esposa de Siqueo, quien por amor a Eneas, según refiere Virgilio en la Eneida, se suicidó y traicionó así las cenizas de su esposo.

v. 66. Aquiles, que tantas veces había luchado movido por otras pasiones, se enamoró de Polisena, hija de Príamo, y fue muerto en combate por Paris, hermano de aquélla.

v. 99. Esta tierra es Rávena, más cercana en aquellos tiempos que ahora a la costa del Adriático. Su partido son sus afluentes, que hallan la paz, como el río principal, al desembocar en el mar.

v. 107. Caína es una de las secciones del Círculo noveno, y más profundo, del infierno (v. XXXII).

v. 116. Francesca era pariente del amigo de Dante Guido da Polenta, de Rímini. Se casó con Gianciotto Malatesta y se enamoró de su cuñado Paolo, que es el alma que figura a su lado en este pasaje. Ambos fueron sorprendidos porGianciotto, quien les quitó la vida al instante.

v. 127. Lanzarote, amante de la reina Ginebra, era uno de los caballeros de la Tabla Redonda. 
Su nombre caballeresco era Lanzarote del Lago y sus historias fueron my leídas y estimadas en la época de Dante. Otra referencia a estas historias se halla en Par. XVI. 14-15.

v. 137. Galeoto fue quien, en el libro Lanzarote del Lago, estimuló a Lanzarote y a Ginebra a que se revelasen su amor. La lástima que Dante siente ante la condenación de Paolo y Francesca no debe interpretarse como disconformidad con el juicio divino, según han querido ciertos comentaristas. La cuestión es demasiado compleja para discutirla en poco espacio, o quizá relativamente sencilla si se piensa en los lazos de amistad que unían al poeta con la familia de Francesca.