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1.25.2014

LA SABIDURÍA DEL PRINCIPIT0


Seguro en todo el mundo hay miles de personas marcadas por esta historia: “El Principito”. Y frente al libro, la historia de muchos de los lectores es siempre la misma: pensaron que se trataba de un cuento de hadas, príncipes, princesas, brujas y todo lo demás. La gran sorpresa fue haberse encontrado en sus páginas con una bellísima metáfora sobre el amor, la amistad y la vida.
Si alguien me lo pregunta, yo contesto que mi parte favorita es el encuentro de El Principito con el zorro. La aprendí de memoria y se la repetí completa en un autobús, a mi primer amor. Línea, por línea, degustando esas que me fascinaban… Él pensó que no estaba en mis cabales. Pero todavía lo recuerda y asegura que quizás esa sea la razón por la que aún somos amigos, después de tantos años.
Hay episodios sensacionales en el libro. Como cuando el zorro, después de sondear al chico, se queda mirándolo un largo rato y le dice “domestícame”. La primera vez que lo leí sentí esa emoción que sobreviene cuando se experimenta el poder de una revelación. Esa “domesticación” en la que el zorro y El Principito se jugaron, era sobretodo un recorrido de tacto y de paciencia: aprender a acercarse pausadamente al otro.
Nada qué ver con lo que presenciamos en estos agitados tiempos. Las relaciones entre las personas se hacen y deshacen con una facilidad que a veces resulta abrumadora. Los lazos afectivos parecen haber adquirido una cierta impronta industrial. Se valoran por su utilidad y se desechan cuando no son muy rentables.
Esto vale principalmente para las relaciones de pareja, que resultan altamente inestables hoy en día. No parece haber mucho interés en hacer ese recorrido de “domesticación” del que habla El Principito con el zorro. El acercamiento paulatino es incluso visto como una práctica obsoleta. ¿Para qué esperar?, dicen muchos. Hay una cierta voracidad que se expresa como el ansia de beberse al otro de un solo sorbo.
En ese mismo pasaje de El Principito, resulta inspirador el tema del ritual. “Algo muy olvidado por los hombres”, dice el zorro. Y agrega que los ritos son una forma de hacer que un instante no se parezca a otro, que los momentos especiales alcancen  su verdadero valor. No en cualquier tiempo, no a cualquier hora, ni de cualquier forma. Que el corazón pueda prepararse para sentir con toda intensidad lo que viene. Que los sentidos estén atentos. Que la mente esté abierta a la maravilla.
Esto tampoco parece tener mucho lugar en los tiempos que corren. Los rituales tienden a estandarizarse. Los hemos convertido en ocasiones para el consumo. San Valentín o la Navidad tienen más que ver con compras, obsequios y relaciones públicas que con verdaderas conmemoraciones. Los comercios tienen incluso planes prediseñados para la ocasión, a los que nos adaptamos sin interrogar mucho por su verdadero sentido.
Los rituales consiguen que nuestro corazón lata con mayor fuerza solo si incluyen alguna suerte de descubrimiento. Cuando son la ocasión para dar un nuevo paso en ese camino hacia el inexplorado mundo de otro ser humano, o de un grupo de personas, que tienen verdadero significado en nuestra vida. Cuánta felicidad dejamos de experimentar por las prisas y los automatismos…
Algo muy hermoso en este capítulo de El Principito es el significado del adiós. Por paradójico que parezca, la separación es la columna vertebral en ese recorrido de acercamiento. ¿Para qué “domesticar” a otro, si al final estás de paso y en algún momento tendrás que irte? “No has salido ganando mucho”, le dice el niño al zorro. Pero éste, nuevamente descifra la contradicción: “Gano a causa del color del trigo”.
No se refiere tanto al dorado de los trigales de los campos, sino al color del cabello de su nuevo amigo. Desde un principio el zorro había advertido que ese trigo, que antes no significaba nada, con la “domesticación” iba a convertirse en un rumor que le recordara el paso de El Principito por su vida. Los trigales ahora tenían sentido.
Una linda metáfora para marcar que el significado del mundo que nos rodea, es otorgado por las vivencias que nos asocian a él. En otras palabras, todo el planeta y aquello que lo compone, no tiene sentido por sí solo. Su valor y su razón de ser se lo entrega cada persona. Por eso aquello de que “nada tiene sentido” es literalmente cierto. El sentido se lo entregas tú. Y, como en El Principito, muchas veces aparece como el eco de aquello que ya no está.
Este capítulo de El Principito termina con una despedida. Es allí cuando  el zorro le entrega su mayor regalo a quien supo domesticarlo: una verdad. “Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos”, le dice. Y el niño lo repite para conservarlo en su memoria. En el libro y en la vida, es así como comienzan los vínculos que perduran siempre.


12.24.2013

JULIO VERNE

Xan López Domínguez

Desde los 10 años hasta los 30, el prìncipe de Dakar, dotado de cualidades superiores, de gran corazón y mucho talento,se instruyó en todas las cosas, en las letras y en las artes llevó sus estudios hasta las más distantes y elevadas regiones.
El príncipe de Dakkar viajó por toda Europa. Su nacimiento y su fortuna hicieron que frecuentase la sociedad, pero las seducciones del mundo no lo atrajeron jamás. Joven y hermoso, permanecía serio, triste, devorado por la sed de aprender, y por un resentimiento implacable que ocupaba su corazón.
El prícipe de Dakkar aborrecìa, odiaba el único país donde no había querido jamás poner su planta, la sola nación de la cual había rehusado constantemente sus proposiciones; odiaba a Inglaterra tanto como en ciertos puntos la admiraba.
...El príncipe de Dakkar llegó a ser un artista al que las maravillas del arte impresionaban noblemente , un sabio para quien nada de las altas ciencias le era desconocido, un hombre de Estado que se había formado en las cortes europeas. A los ojos de los observadores superficiales, pasaba quizá por ser uno de esos cosmopolitas, curiosos de saber, pero negligentes en obrar; por uno de esos opulentos viajeros, de alma fiera y platónica, que recorren incesantemente el mundo y que no pertenece a ningún país. No era nada de esto.
...Al hombre guerrero le substituyó el hombre sabio. Una isla desierta del Pacífico le sirvió para establecer sus arsenales, y allí, con arreglos a sus planos fue construido un submarino. La electricidad, de la cual, por medios que serán conocidos algún día, había sabido utilizar la inconmenrable fuerza mecánica, y que sacaba de manantiales inagotables, fue empleada para todas las necesidades de su aparato flotante, como fuerza motriz, fuerza iluminadora y fuerza calorìfica. El mar con sus tesoros infinitos, sus minadas de peces, sus cosechas de algas y de sargazos, sus enormes mamíferos, y no solamente todo lo que la naturaleza mantenía en él, sino también todo lo que los hombres habían perdido, bastó para satisfacer ampliamente las necesidades del príncipe y de su tripulación, con lo cual pudo llevar a cabo su más vivo deseo, puesto que no quería tener ninguna comunicación con la tierra. Dio a su aparato submarino el nombre de Nautilus, y así mismo el de capitán Nemo, y desapareció bajo los mares.
Durante muchos años, el capitán visitó todos los oceános, de un polo a otro. Paria del universo habitado, recogió en los mundos desconocidos admirables tesoros. Los millones perdidos en la bahía de Vigo, en 1702, por los galones españoles, le proporcionaron una mina inagotable de riquezas, de las cuales dispuso anónimamente, en favor de los pueblos que luchaban por la independencia de su país.
...Sus errores de los que no excluyen la admiración, y su nombre de usted nada tiene que temer del juicio de la historia, la cual ama las locuras heroicas sin dejar de condenar los resultados que producen. 
...Vieron entonces que las miradas del capitán se detenían en todas las maravillas de aquel salón, iluminado por los rayos eléctricos que pasaban altravés de los arabescos de un techo luminoso. Contempló uno tras otro los cuadros suspendidos sobre los espléndidos tapices que cubrían las paredes, las obras maestras de los pìntores italianos, flamencos, franceses y españoles, las figuras de mármol y de bronce que se levantaban sobre sus pedestales, el órgano magnífico apoyado en la pared de popa, las vidrieras dispuestas alrededor de un acuario central en el cual se ostentaban los más admirables productos del mar, plantas marinas, zoofitos, rosarios de perlas de inapreciable valor, y en fin, sus ojos se detuvieron en la divisa escrita en el frontón de aquel museo que era la divisa del Nautilus.

MOBILIS IN MOBILI.

La isla misteriosa

STENDHAL. Henri Beyle

Ir sin amor por la vida es como ir al combate sin música, como emprender un viaje sin un libro, como ir por el mar sin estrella que nos oriente.  








Benjamin Lacombe



12.10.2013

Antoine de Saint-Exupéry

"Tal vez el amor sea el proceso por el cual yo te conduzca delicadamente de regreso a ti mismo." 

El Beso de l’Hôtel de Ville. París, 1950.  ©Atelier Robert Doisneau





"El séptimo planeta fue, pues, la Tierra"




La Tierra no es un planeta cualquiera. Se cuentan allí ciento once reyes (sin olvidar, sin duda, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de ebrios, trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores. Para darnos una idea de las dimensiones de la Tierra os diré que antes de la invención de la electricidad se debía mantener, en el conjunto de los seis continentes, un verdadero ejército de cutrocientos sesenta y dos mil quinientos once faroleros. Vistos desde lejos hacían un efecto espléndido. Los movimientos de este ejército estaban organizados como los de un balllet de ópera. Primero era el turno de los faroleros de Nueva Zelanda y de Australia. Una vez alumbradas sus lamparillas, se iban a dormir. Entonces entraban en el turno de la danza los faroleros de China y de Siberia. Luego, también se escabullian entre los vastidores. Entonces era el turno de los faroleros de Rusia y de las Indias. Luego los de Africa y Europa. Luego los de América del Sur. Luego los de América del Norte. Y nunca se equivocaban en el orden de entrada en escena. Era grandioso. Solamente el farolero del único farol del polo Norte y su colega de único farol del polo Sur llevaban una vida ociosa e indiferente: trabajaban dos veces por año". 


El Principito
Ya-Ong Nero

En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas. Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera. Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla. En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son numerosos, lo hacen estallar.
“Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde el principito. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es un trabajo muy fastidioso pero muy fácil”.


-Sé de un planeta en donde habita un Señor carmesí. Nunca ha sentido el perfume de una flor, nunca ha mirado una estrella. Tampoco ha querido a nadie. Sólo una cosa ha hecho en su vida; sumas y restas. Repite todo el día, como tú, hasta el cansancio: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!” Hinchándose de orgullo. ¿Sabes lo que creo? ¡Que no es un hombre, es un hongo!
-¿Un qué?
-¡Un hongo!
El principito empalidecía de cólera.
-Millones de años hace que las flores fabrican espinas, y otro tanto que los corderos se comen de todas formas las flores. ¿Acaso no es serio intentar entender por qué las flores insisten en fabricar sus espinas que no sirven nunca para nada? No crees que tenga importancia la guerra entre los corderos y las flores? ¿No tiene esto más importancia que las sumas y restas de un Señor gordo y rojo? ¿Y no es también importante que la flor que yo conozco sea única en el mundo, que sólo exista en mi planeta y que un corderito pueda hacerla desaparecer de golpe, en un instante una mañana y sin darse cuenta de lo que hace? ¿Esto, no es acaso importante?
Ya enrojecido agregó:
-Si se ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre millones de estrellas, es motivo suficiente para que al mirar las estrellas sea feliz. Se dice para sí: “Mi flor está allí, en alguna parte…” Pero si el corderito comiera la flor, para él es como si de pronto y al mismo tiempo, todas las estrellas se apagaran. ¿Y esto, no es importante?
Bruscamente rompió en sollozos y nada más pudo decir.

1.30.2013

JACQUES DARRAS

Constantin Brancusi
La dedicación al beso es animal.

Sea, seamos nuestros propios animales.
Rujamos silenciosamente con nuestros labios.
Hay que tener resuello para besarse.
El resuello también sirve para eso.
El amor, es no volver a respirar.
El amor es apnea marina en tierra.
*
Al fin y al cabo desnudarse es como ir a nadar.
Aquí la mar será una sábana con arrugas.
Imitan las olas.
Lo consiguen muy bien.
Las ayudamos nadamos entre ellas
olas y arrugas.
Nadamos sudando a mares a cuatro brazos
la braza cuádruple.
Somos cuadrúplodos.
*
Beber del seno.
Como mamar de adulto.
Como recuperar las esferas de la infancia.
Jugar con las esferas a la pelota galáctica.
El mundo el universo sería entonces una mujer
hermosa.
Dios sería para mí solo para nosotros dos.
Dios sería Eva y yo Adán.
*
Reescribo la Biblia con los dientes.
Bibloneo.
*
A ser sabio en el amor se aprende.
Se precisa paciencia y domesticidad.
Salvaje domesticidad.
La salvajada sólo llega al cabo de largos momentos.
La salvajada amorosa no tiene nada que ver
con la crueldad.
La caricia manual es una salvajada modelable.
Tocar la piel, la más sensible de las alarmas.
La dermis ruge, la dermis es un felino secreto.
*
El amor desarma, el amor arma de otro modo.
Tiene fundas, forros, cuerpos retráctiles.
Un bosque se hace entre dos, una persecución
se organiza.
Habrá claros, helechos.
Habrá zarzas, charcas.
Beberemos lamiendo, correremos saltando.
Habrá hojas y tersura.
Habrá leyendas de árboles y de arrullos
nebulosos.
*
El volumen del amor aumenta el espacio.
El amor acrecienta.
El amor convoca el máximo de imágenes naturales.
Su desnudez quiere desnudarse múltiplemente.
El secreto mejor guardado se divulga en la profusión.
Millones de hojas nos esconden nos exponen.
*
Podríamos plantarnos sembrarnos
ensemillarnos.
El encadenamiento vegetal amenaza la imaginación.
Sed más sobrios advierte el arrendajo el trepatroncos.
Más sobrios, los gestos más precisos.
El maestro forestal nos cansa charlatán
profesional.
Orugas en las palmas nosotros, de acuerdo,
Muy suave es su seda, ¿habéis probado ya?
*
Probar, esa es la palabra.
Probarse un vestido, un traje, probarse un bosque
entero para uno solo.
Probarse, yo me pruebo, tú te pruebas, nosotros
nos probamos.
No hacerlo lo mejor posible, probar, no intentarlo
varias veces.
No hay nada que aprender, está tirado, ya se ha hecho.
Probar, el más progresivo, el más amoroso
de los verbos.
Ponemos a prueba el verbo «probar».
Queréis probarlo con las manos con la boca ¡Probad!
*
¿La prueba el asalto el acoso?
No hay que confundirse de alamedas de claros
soñolientos en el bosque.
El avellano de los sueños debe inclinarse flexiblemente.

“Lettre à Hélène (2)”

L’application au baiser est animale.
Soit, soyons nos propres animaux.
Rugissons silencieusement avec nos lèvres.
Il faut du souffle pour s’embrasser.
Le souffle sert aussi à cela.
L’amour, ne pas reprendre respiration.
L’amour une apnée marine sur la terre.
*
D’ailleurs se dénuder est comme d’aller nager.
Ici la mer sera un drap avec des plis.
Ils imitent les vagues.
Ils y réussissent bien.
Nous les aidons nous nageons au milieu d’elles
les vagues les plis.
Nous nageons la nage à quatre bras
la brasse quadruple.
Nous sommes des quadruplodes.
*
Boire au sein.
Comme de se nourrir adulte.
Comme de retrouver les sphères de l’enfance.
Jouer avec les sphères les ballons galactiques.
Le monde l’univers serait une belle
femme.
Dieu serait pour moi seul pour nous deux.
Dieu serait Ève moi Adam.

*
Je réécris la Bible avec mes dents.
Je Biblonne.
*
Être savant en amour s’apprend.
Il y faut de la patience de la domesticité.
De la domesticité sauvage.
La sauvagerie ne vient qu’au bout de longues minutes.
La sauvagerie amoureuse n’a rien à voir
avec la cruauté.
La caresse avec la main est une sauvagerie modelable.
Toucher la peau, la plus sensible des alarmes.
Le derme gronde, le derme est un félin secret.
*
L’amour désarme, l’amour arme autrement.
Il y a des gaines, des doublures, des corps rétractiles.
Une forêt se fait à deux, une poursuite
s’organise.
Il y aura des clairières, des fougères.
Il y aura des ronces, des mares.
Nous boirons en lappant, nous courrons en grimpant.
Il y aura des feuilles et de la lissité.
Il y aura des histoires d’arbres et de roucoulements
nuageux.
*
Le volume de l’amour augmente l’espace.
L’amour accroît.
L’amour convoque le maximum d’images naturelles.
Sa nudité veut se dénuder multiplement.
Le secret le mieux gardé se divulgue à la profusion.
Des millions de feuilles nous cachent nous exposent.
*
Nous pourrions nous planter nous semer
nous engrainer.
L’engrenage végétal menace l’imagination.
Soyez plus sobres, avertit le geai le grimpereau.
Plus sobres, plus précis les gestes.
L’instituteur forestier nous fatigue le claqueur de bec
professionnel.
Des chenilles aux paumes nous, parfaitement,
Très douce leur soie, avez-vous déjà essayé?
*
Essayer, voilà le mot.
Essayer une robe, un costume, essayer une forêt
entière pour soi seul.
S’essayer, je m’essaie, tu t’essaies, nous
nous essayons.
Non pas faire de son mieux, essayer, non pas se
reprendre à plusieurs fois.
Il n’y a rien à reprendre, c’est donné, ce fut fait.
Essayer, le plus progressif, le plus amoureux
des verbes.
Nous mettons le verbe «essayer» à l’essai.
Voulez-vous l’essayer avec les mains la bouche, essayez!
*
L’essai l’assaut l’assaillement?
Il ne faut pas se tromper d’allées de sommières
de sommeil dans la forêt.
Il faut que le noisetier du rêve s’incline flexiblement.

Cinco Cartas a Elena

1.02.2013

G. DE MAUPASSANT

 J. L. Muñoz

"Le hizo comprender con ternura que hay en el mundo dos clases de enamorados: los que desean como locos, cuyo ardor se debilita tras el triunfo, y aquellos a quienes somete y apresa la posesión, en quienes el amor sensual, al mezclarse con las inmateriales e indecibles llamadas que lanza a veces el corazón del hombre hacia una mujer, hace florecer la tremenda servidumbre del amor completo y torturador."

12.20.2012

G. APOLLINAIRE

- Cortejo de Orfeo -


A. Cyp

I. El dromedario

Teniendo cuatro dromedarios
Don Pedro de Alfarubeira
Fue por el mundo y lo admiró.
Él hizo lo que hiciera yo
Teniendo cuatro dromedarios.

2. La cabra del Tibet

Los pelos de esta cabra, y esos
Dorados, el embeleso
De Jasón, nada son al lado
De los que me han enamorado.

3. La langosta

Es esta la esbelta langosta,
El alimento de San Juan;
Ojalá mis versos, como ella,
De buenas gentes sea el pan.

4. El delfín

Delfines, jugáis en el mar,
Pero las olas son amargas.
¿A veces brota mi alegría?
La vida es siempre despiadada.

5. Elcangrejo

Incertidumbre, iremos lejos
y alegres, sin volver jamás,
Así como van los cangrejos;
De para atrás... de para atrás...

6. La carpa

En los estanques y en las charcas,
Cuánto tiempo vivís, ¡áh carpas!
¿Acaso la muerte os olvida,
Peces de la melancolía?

12.18.2012

V. HUGO

En el poema  se marca una verdadera hoja de ruta para una vida plena, justa, solidaria y feliz. Una vida humana vivida entre humanos.

E. Naranjo
TE DESEO

Te deseo primero que ames,
y que amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar
y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que sí es,
sepas ser sin desesperar.
Te deseo también que tengas amigos,
y que, incluso malos e inconsecuentes
sean valientes y fieles, y que por lo menos
haya uno en quien confiar sin dudar.
Y porque la vida es así,
te deseo también que tengas enemigos.
Ni muchos ni pocos, en la medida exacta,
para que, algunas veces, te cuestiones
tus propias certezas. Y que entre ellos,
haya por lo menos uno que sea justo,
para que no te sientas demasiado seguro.
Te deseo además que seas útil,
más no insustituible.
Y que en los momentos malos,
cuando no quede más nada,
esa utilidad sea suficiente
para mantenerte en pie.
Igualmente, te deseo que seas tolerante,
no con los que se equivocan poco,
porque eso es fácil, sino con los que
se equivocan mucho e irremediablemente,
y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
sirvas de ejemplo a otros.
Te deseo que siendo joven no
madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer
y su dolor y es necesario dejar
que fluyan entre nosotros.
Te deseo de paso que seas triste.
No todo el año, sino apenas un día.
Pero que en ese día descubras
que la risa diaria es buena, que la risa
habitual es sosa y la risa constante es malsana.
Te deseo que descubras,
con urgencia máxima, por encima
y a pesar de todo, que existen,
y que te rodean, seres oprimidos,
tratados con injusticia y personas infelices.
Te deseo que acaricies un perro,
alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero
erguir triunfante su canto matinal,
porque de esta manera,
sentirás bien por nada.
Deseo también que plantes una semilla,
por más minúscula que sea, y la
acompañes en su crecimiento,
para que descubras de cuantas vidas
está hecho un árbol.
Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico,
Y que por lo menos una vez
por año pongas algo de ese dinero
frente a ti y digas: “Esto es mío”.
sólo para que quede claro
quién es el dueño de quién.
Te deseo también que ninguno
de tus defectos muera, pero que si
muere alguno, puedas llorar
sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.
Te deseo por fin que, siendo hombre,
tengas una buena mujer, y que siendo
mujer, tengas un buen hombre,
mañana y al día siguiente, y que cuando
estén exhaustos y sonrientes,
hablen sobre amor para recomenzar.
Si todas estas cosas llegaran a pasar,
no tengo más nada que desearte.




12.16.2012

FLAUBERT


- A Louise Colet -


¡Si me hubieras amado a los diecisiete años, qué cretino sería ahora! La feliclidad es como la sífilis: si se contrae demasiado joven, puede estropear completamente el temperamento.


12.14.2012

A. CAMUS

- Bodas en Tipasa - 




Tipasa es habitada en la primavera por los dioses y los dioses hablan en el sol y en el olor de los ajenjos, en el mar acorazado de plata y en el cielo azul crudo; en las ruinas cubiertas de flores y la luz en gruesos bullones sobre las hacinas de piedra. A ciertas horas, la campiña negrea de sol. Vanamente tratan de asir los ojos otra cosa que las gotas de luz y de colores que tiemblan al borde de las pestañas. El olor voluminoso de las plantas aromáticas, rae la garganta y sofoca en el calor enorme. Apenas si puedo ver, al fondo del paisaje, la negra masa del Chenoua que echa raíces en las colinas que rodean al pueblo y, con seguro y pesado ritmo, se sacude para ir a acuclillarse en el mar.


Llegamos por el pueblo que ya se abre sobre la bahía. Penetramos en un mundo amarillo y azul, acogidos por el suspiro odorífero y acre de la tierra estival en Argelia. Por doquiera las buganvillas rosadas rebosan de los muros de las quintas; en los jardines hay malvaviscos de un rojo todavía pálido, profusión de rosas té y delicados setos de altos iris azules. Todas las piedras queman. A la hora en que bajamos del autobús color de ranúnculo, los carniceros hacen su ronda matinal en sus rojos carros y el sonerío de sus bocinas llama a los habitantes.

A la izquierda del puerto, una escalinata de secas piedras lleva a la ruinas por entre lentiscos y retamas. El camino pasa frente a un pequeño faro y penetra luego en campo abierto. Ya desde el pie del faro, sordas plantas grasosas, de flores violetas, amarillas y rojas, descienden hacia las primeras rocas que el mar chupa con un ruido de besos. De pie en el viento ligero, bajo el sol que nos quema sólo un lado del rostro, miramos la luz que desciende del cielo, el mar sin una arruga, y la sonrisa de sus dientes lucientes. Antes de entrar en el reino de las ruinas, somos, por vez postrera, espectadores.
Al cabo de unos pasos, los ajenjos nos sofocan. Su lana gris cubre las ruinas hasta donde la mirada alcanza. Su esencia fermenta bajo el calor, y de la tierra al sol sube, por toda la extensión del mundo, un alcohol generoso que hace vacilar al cielo. Marchamos al encuentro del amor y el deseo. No buscamos lecciones, ni la amarga filosofía que se le pide a la grandeza. Fuera del sol, los besos y los perfumes silvestres, todo nos parece fútil. En cuanto a mí, sólo busco estar a solas. A menudo vine a este sitio con aquellos a quienes amo y en sus rasgos leía la clara sonrisa que aquí adquiere el rostro del amor. A otros dejo el orden y la medida. El gran libertinaje de la naturaleza y del mar me acapara totalmente. En estos esponsales de las ruinas y de la primavera, las ruinas se han tornado piedras y, perdiendo la tersura impuesta por el hombre, han regresado a la naturaleza. Que ha prodigado flores en el retorno de estas hijas pródigas. Entre las losas del faro, el heliotropo asoma su cabeza redonda y blanca, y los rojos geranios vierten su sangre sobre lo que fueran casas, templos y plazas públicas. A la manera de esos hombres a quienes mucha ciencia hizo volver a Dios, muchos años han hecho que retornen las ruinas a casa de su madre. Por fin las abandona hoy su pasado, y nada las distrae ya de la fuerza profunda que las reintegra al centro de las cosas que caen.
¡Cuántas horas pasadas aplastando los ajenjos, acariciando las ruinas, tratando de acordar mi respiración a los suspiros tumultuosos del mundo! Sumido en los salvajes olores y los conciertos de insectos soñolientos, abro los ojos Y mi corazón a la grandeza insostenible de este ciclo cargado de calor. No es tan fácil devenir lo que se es, recuperar la propia, profunda, medida. Pero mirando el sólido espinazo del Chenoua, mi corazón se apaciguaba en una extraña certidumbre. Aprendía a respirar y me integraba y me realizaba. Ascendía, una tras otra, colinas que me reservaban una recompensa distinta, como ese templo cuyas columnas miden el curso del sol y desde el cual se ve al pueblo entero con sus muros blancos y rosados y sus verdes barandas. Y también como esa basílica de la colina oriental que conservó sus muros y en torno a la cual, en un gran radio, se alinean los sarcófagos exhumados, casi todos apenas surgientes de la tierra de la que todavía participan. Contuvieron cadáveres; por el momento, brotan de ellos salvias y alelíes. La basílica Sainte-Salsa es cristiana; pero cada vez que se mira por una grieta, la melodía del mundo llega hasta nosotros: ribazos plantados de pinos y cipreses, o bien el mar que hace rodar sus perros blancos a una veintena de metros. El alcor que soporta a Sainte-Salsa es plano en su cima y el viento sopla más ampliamente a través de los pórticos. Bajo el sol matinal, una gran dicha se mece en el espacio.
Bien pobres son los que necesitan mitos. Aquí los dioses sirven de lecho o de hito al curso de los días. Describo y digo: "He aquí esto que es rojo, que es azul, que es verde. Éstos son el mar, la montaña, las flores". Y ¿qué necesidad tengo de hablar de Dionisos para decir que me gusta aplastar bajo mis narices las drupas de lentisco? ¿Fue, en verdad, dedicado a Deméter ese antiguo himno que más tarde recordaré sin esfuerzo: "Dichoso aquel entre los vivos de la tierra que vio estas cosas"? Ver, y ver sobre la tierra, ¿cómo olvidar la lección? En los misterios de Eleusis, bastaba contemplar. Aquí mismo, sé que nunca me aproximaré suficientemente al mundo. Necesito estar desnudo y hundirme luego en el mar, perfumado todavía por las esencias de la tierra, lavarlas en él y atar sobre mi piel el abrazo por el cual suspiran, labio a labio, desde hace tiempo, la tierra y el mar. Inmerso en el agua, sobrevienen el escalofrío, la subienda de una liga fría y opaca; la zambullida, luego, con el zumbido de los oídos, la nariz manante y la boca amarga —nadar: sacar del mar los brazos barnizados de agua para que se doren al sol y sumirlos de nuevo en una torsión de todos los músculos; el curso del agua sobre mi cuerpo, esa tumultuosa posesión de la onda por mis piernas— y la ausencia de horizonte. En la playa, es la caída sobre la arena, abandonado al mundo, de vuelta a mi peso de carne y huesos, embrutecido de sol, teniendo, de vez en cuando, una mirada para mis brazos en donde las charcas de piel seca descubren, al deslizarse al agua, el vello rubio y el polvillo de sal.

Aquí comprendo lo que llaman gloria: el derecho a amar sin medida. Sólo hay un amor en este mundo. Estrechar un cuerpo de mujer es también retener contra sí esta extraña alegría que desciende del cielo hacia el mar. Dentro de un momento, cuando me arroje a los ajenjos para hacerme entrar su perfume en el cuerpo, tendré conciencia, contra todos los prejuicios, de realizar una verdad que es la del sol y será también la de mi muerte. En cierto sentido, lo que aquí juego es mi vida, un sabor a piedra ardiente, llena de los suspiros del mar y las cigarras que comienzan a cantar ahora. La brisa es fresca y es azul el cielo. Amo esta vida con abandono y quiero hablar de ella libremente: pues me da el orgullo de mi condición humana. A menudo me han dicho, sin embargo, que no hay de qué gloriarse. Sí, hay de qué: este sol, este mar, mi corazón que brinca de juventud, mi cuerpo con sabor a sal, la inmensa decoración en que la ternura y la gloria se dan cita en el amarillo y el azul. A conquistar esto debo aplicar mi fuerza y mis recursos. Todo aquí me deja intacto, nada mío abandono, ninguna máscara reviso: me basta aprender pacientemente la difícil ciencia de vivir, que bien vale el saber vivir de los demás.
Poco antes del mediodía regresábamos por entre las ruinas hacia un pequeño café a la linde del puerto. ¡Resonante la cabeza con los címbalos del sol y los colores, qué fresca bienvenida la de la sala plena de sombra, del gran vaso de verde y yerta menta! Afuera está el mar y la ruta ardiente de polvo. Sentado a la mesa, trato de asir entre mis batientes pestañas el deslumbramiento multicolor del cielo blanco de calor. Húmedo el rostro de sudor pero fresco el cuerpo bajo la ligera tela que nos viste, exhibimos todo el feliz cansancio de un día de bodas con el mundo.
Se come mal en este café, pero hay muchas frutas —sobre todo, esos melocotones que se comen a dentelladas, de manera que el jugo se desliza por la barbilla—. Cerrados los dientes sobre el fruto, oigo subir hasta mis oídos las grandes oleadas de la sangre y miro todo ávidamente. Sobre el mar, el silencio enorme del mediodía. Todo ser bello tiene el orgullo natural de su belleza y hoy el mundo deja que su orgullo rezume por todas partes. ¿Por qué negar ante él la alegría de vivir si no puedo encerrarlo todo en la alegría de vivir? En ser feliz no hay vergüenza. Pero hoy, el imbécil es rey, y llamo imbécil al que teme gozar. Se nos ha hablado tanto de orgullo: "¡Sabéis, es el pecado de Satanás! ¡Desconfiad —se nos grita—: os perderéis! Y con vosotros, vuestras fuerzas vivas". Más tarde he sabido, en efecto, que cierto orgullo... Pero, en otros momentos, no puedo dejar de reivindicar el orgullo de vivir que el mundo entero conspira a darme. En Tipasa, el ver equivale a creer y no me obstino en negar lo que pueden tocar mis manos y acariciar mis ojos. No siento la necesidad de hacer de ello una obra de arte, pero sí de contar lo que es diferente. Tipasa se me antoja como esos personajes que describimos para expresar indirectamente una opinión sobre el mundo. Como ellos, da testimonio; y lo da virilmente. Ella es hoy mi personaje, y me parece que acariciándola, mi embriaguez no tendrá fin. Hay un tiempo para vivir y un tiempo para testimoniar la vida. Hay también un tiempo para crear, lo que es menos natural. Me basta vivir con todo mi cuerpo y testimoniar con todo mi corazón. Vivir a Tipasa, testimoniar, y la obra de arte vendrá luego. Hay en esto una libertad.
Nunca permanecí en Tipasa más de un día. Siempre llega un momento en que se ha visto demasiado un paisaje, lo mismo que se necesita largo tiempo antes de verlo bastante. Las montañas, el cielo, el mar son como rostros cuya aridez y esplendor se descubren a fuerza de mirar en vez de ver. Pero, para ser elocuente, todo rostro debe sufrir cierra renovación. Y se queja uno de fatigarse demasiado pronto, cuando debería admirarse de que el mundo nos parezca nuevo por haber sido solamente olvidado.
Hacia la noche, volví a una parte del parque más ordenada, dispuesta en forma de jardín al borde de la carretera nacional. Al salir del tumulto de los perfumes y el sol, en el aire refrescado ahora por el atardecer, el espíritu se sosegaba, el distendido cuerpo saboreaba el silencio interior que nace del amor satisfecho. Me había sentado en una banca. Por encima de mí, un granado dejaba pender los botones de sus flores, cerrados y asurcados como pequeños puños que contuviesen toda la esperanza de la primavera. Tras de mí crecía el romero y solamente percibía su perfume de alcohol. Los alcores se enmarcaban entre los árboles y, más lejos aún, una orla de mar sobre la cual el cielo, como una vela al pairo, reposaba con toda su ternura. Tenía en el corazón una extraña alegría, la misma que nace de una conciencia tranquila. Hay un sentimiento que conocen los actores cuando tienen conciencia de haber desempañado bien su papel; es decir en el sentido más preciso, de haber hecho coincidir sus gestos con los del personaje ideal que encarnan, de haber entrado en cierto modo dentro de un dibujo ejecutado de antemano y que repentinamente han hecho vivir y palpitar en su propio corazón. Esto era precisamente lo que yo sentía: había desempeñado bien mi papel. Había hecho mi oficio de hombre y el haber conocido la dicha durante todo un largo día no me parecía un logro excepcional, sino el emocionado cumplimiento de una condición que, en ciertas circunstancias, nos crea el deber de ser felices. Entonces encontramos una soledad, pero esta vez en la satisfacción.
Los árboles se habían poblado de pájaros. La tierra suspiraba lentamente antes de entrar en la sombra. Dentro de un momento, con la primera estrella, caerá la noche sobre la escena del mundo. Los resplandecientes dioses del día tornarán a su muerte cotidiana. Pero otros dioses vendrán. Y para ser más sombríos, sus asolados rostros habrán nacido en el corazón de la tierra.
Ahora, al menos, la incesante eclosión de las olas sobre la arena me llegaba a través de todo un espacio en el que danzaba un polen dorado. Mar, campiña, silencio, perfumes de esta tierra, me henchían de una vida odorante y mordía en el fruto, dorado ya, del mundo, conturbado al sentir su jugo dulce y fuerte deslizarse a lo largo de mis labios. No, no era yo quien contaba, ni el mundo, sino el acuerdo y el silencio que de él a mi hacía nacer el amor. Amor que no tenía yo la debilidad de reivindicar para mí solo, consciente y orgulloso de compartirlo con toda una raza, nacida del sol y del mar, viva y sápida, que extrae su grandeza de su sencillez y, de pie sobre las playas, dirige su sonrisa cómplice a la sonrisa luciente de sus cielos.

Las ruinas de Tipasa