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4.13.2015

GÜNTER GRASS

Shlomi Nissim

"En nuestros antiguos mitos no existía el fuego: caían rayos, se incendiaban espontáneamente los pantanos, pero nunca conseguíamos conservar la lumbre; se nos moría siempre. Por eso nos comíamos el tejón, el anta o la perdiz blanca crudos o desecados sobre piedras. Y, muertos de frío, nos acurrucábamos en la oscuridad.
Entonces nos dijo la madera podrida: "Aquel cuya carne es también bolsa debe subir hasta el Lobo del Cielo. El Lobo custodia el fuego original del que proceden todos los fuegos, incluso el rayo.
Tuvo que ir una mujer, porque el cuerpo del hombre no tiene bolsillos. Así pues, una mujer trepó por el arco iris y encontró al Lobo del Cielo echado junto al fuego original. Acababa de comerse un crujiente asado. Le dio a la mujer un resto. Ella masticaba todavía cuando él dijo con tristeza: "Sé que vienes a buscar el fuego. ¿Tienes una bolsa?"
Cuando la mujer le enseñó su bolsa, él dijo: "Soy viejo y ya no veo. Échate a mi lado para que pueda probarte."
La mujer se echó junto al lobo. Y él probó su bolsa con su miembro de lobo hasta que, agotado, se quedó dormido sobre ella. Después de aguardar un rato y otro rato más, la mujer hizo que su probador resbalase fuera de su bolsa, lo echó a un lado apartándolo de sí -porque seguía sobre ella-, se levantó de un salto, se sacudió un poco, cogió tres brasas del fuego original y las escondió en su bolsa, donde inmediatamente devoraron, chirriando, el esperma del lobo.
Entonces despertó el lobo, que debía de haber oído o sentido cómo el fuego consumía su semilla en la bolsa de la mujer. Dijo: "Estoy demasiado exhausto para quitarte lo que me has robado. Pero óyeme bien: el fuego original dejará una marca donde tu bolsa se abre. Te quedará una cicatriz. Esa cicatriz te picará siempre. Y como te picará, desearás que alguien venga y haga desaparecer el picor. Y cuando no te pique, desearás que alguien venga y haga que te pique."
La mujer rió; las brasas no le hacían daño porque la bolsa estaba húmeda aún. Tanto se rió que tuvo que cruzar las piernas. Y, todavía riendo, le dijo al lobo cansado: "Viejo carcamal. No te metas con mi bolsa. Te voy a demostrar lo que puedo hacer. Te vas a asombrar".
Se situó con las piernas abiertas sobre el fuego original, poniéndose dos dedos ante la bolsa, para que no cayera nada, y orinó sobre el fuego hasta que lo apagó. Entonces el viejo Lobo del Cielo se echó a llorar, porque ya no podría volver a comer asados crujientes y tendría que engullirlo todo crudo. Al parecer, eso fue lo que hizo a los lobos de la Tierra asesinos y enemigos del hombre.
Justo a tiempo bajó la mujer a la Tierra por el arco iris, que ya palidecía. Volvió a su horda gritando, porque ahora tenía su bolsa seca y se quemaba con los carbones. "¡Aya! ¡Aya!" bramaba, y en ese sonido primitivo encontró su nombre.
La cicatriz de la entrada de su bolsa, que el viejo Lobo del Cielo había predicho le picaría, se llamó luego clítoris o pepitilla, pero es todavía hoy objeto de controversia entre los sabios que investigan el origen del orgasmo.
Ahora teníamos fuego. Nunca se nos apagaba la lumbre. Siempre había un penacho de humo. Sin embargo, como fue una mujer la que nos trajo el fuego, nosostros, hombres sin bolsas, pasamos a depender de las mujeres. Ya no podíamos sacrificar al Lobo del Cielo, sino sólo al Anta Hembra del Cielo. Durante mucho tiempo nada supimos de la función ni del origen de la picante cicatriz. Porque Aya, cuando volvió y se hubo desfogado, sólo nos contó, como de pasada, que el viejo Lobo había sido amable con ella; que él le había preparado un asado de liebre sobre el fuego; que el asado sabía a gloria celestial; que ahora conocía la cocina; que se había quejado al lobo de lo frío y oscuro que era todo aquí abajo; que, entre todos los sacrificios en su honor, el lobo prefería las terneras de anta; que ella le había limpiado la zarpa trasera izquierda -que supuraba- y se la había curado con hierbas medicinales que siempre llevaba consigo; que, por ello, agradecido, le había regalado tres brasas del fuego original; y que el Lobo del Cielo -a pesar de las supersticiones masculinas- era una Loba. 
No nos contó nada más. Y yo tampoco nada si no hubiera meditado mucho sobre la íntima cicatriz y estudiado la pepitilla de Ilsebill a la luz de otros mitos. No obstante, el rodaballo no quiso creérselo. Él sólo cree en su Razón." 

11.03.2013

RAINER MARÍA RILKE

"Canción de amor"

José Manuel Cifuentes Martínez

Francisco Javier Sanz López

Alberto Siegrist Hernández

¿Cómo he de sujetar mi alma para
que no roce la tuya?  ¿Cómo alzarla
por encima de ti, hacia otras cosas?
Ay, quisiera esconderla
junto a algo perdido entre lo oscuro,
en un lugar callado y ajeno que
no vibre cuando vibran tus honduras.
Pero cuando nos roza, a ti y a mí,
nos une como un arco de violín,
que saca de dos cuerdas una nota.
¿En qué instrumento estamos extendidos?
¿Y qué músico nos tiene en la mano?
Oh dulce canción.

Primavera sagrada y otros cuentos de Bohemia (fragmento)

Norman Rockwell

" Pero lo más extraño, en Vinzenz Viktor Karsky, es que había algo en su vida de lo que ninguno de sus amigos más íntimos sabía nada. Se lo callaba a sí mismo; porque no había hallado nombre para eso; y sin embargo, pensaba en ello, en verano, cuando iba a la puesta del sol, solitario, por un camino blanco; o en invierno, cuando el viento da vueltas en la chimenea de su salita, y densos montones de copos de nieve asaltaban sus ventanas, remendadas con papel adherido; o también en la pequeña sala crepuscular del albergue, en el círculo de amigos. Entonces su vaso permanecía intacto. Contemplaba fijamente delante de él, como deslumbrado, o como se mira un fuego lejano, y sus manos blancas se juntaban involuntariamente. Se hubiera dicho que le había llegado alguna plegaria, por azar, así como llegan la risa o el bostezo.
Cuando la primavera hace su entrada en una pequeña ciudad, ¡qué fiesta se organiza! Semejantes a los brotes en su reprimida premura, los niños de cabezas doradas se empujan fuera de las habitaciones de aire pesado, y se van remolineando por la campiña, como llevados por el alocado viento tibio que tironea sus cabellos y sus delantales y arroja sobre ellos las primeras flores de los cerezos. Gozosos como si volvieran a encontrar, después de una larga enfermedad, un viejo juguete del que hubieran estado mucho tiempo privados, reconocen todas las cosas, saludan a cada árbol, a cada breña, y se hacen contar por los arroyos jubilosos lo acaecido durante todo ese tiempo. Qué enajenamiento correr a través de la primera ladera verde, que cosquillea tímida y tiernamente los pequeños pies desnudos, brincar en persecución de las primeras mariposas que huyen dando grandes zigzags enloquecidos por encima de las magras breñas de saúco y se pierden en el infinito azul pálido.
Por todas partes la vida se agita. Bajo el sobradillo, sobre los hilos telegráficos que rojean, y hasta sobre el campanario, muy cerca de la vieja campana gruñona, las golondrinas realizan sus citas. Los niños miran con sus grandes ojos asombrados los pájaros migradores que vuelven a hallar su amado viejo nido; y el padre retira de los rosales sus mantos de paja, y la madre, de pequeñas impaciencias, sus calientes franelas. "

A. Pancorbo

Ven, tú, el último, a quien reconozco,
dolor incurable que se adentra en la carne:
igual que yo ardía en el espíritu, mira:
ardo ahora en ti; la leña ha resistido
largamente la llama que encendías,
pero ahora te alimento, y en ti ardo.
Mi calma se hace furia en tu furia, se hace infierno,
subo a la confusa cima del dolor,
sabiendo que nada del futuro valdrá
para mi corazón. Que guardaré en silencio
todo lo que ha atesorado. ¿Soy yo aún
quien arde, ya irreconocible?
No puedo adentrarme en los recuerdos.
Oh vida, vida: tendría que estar fuera.

Pero estoy dentro, en llamas. Ya nadie me conoce.


4.03.2013

LA BELLA DURMIENTE: ARTIMAÑAS Y OTRAS PÓCIMAS PARA NO SOÑAR










La Bella Durmiente es uno de esos cuentos populares que todos conocemos... o tal vez no.
Primero tracemos un resumen del cuento, y luego entremos en detalles:
Una Reina da a luz una niña. El Rey anuncia una gran fiesta. Siete hadas son convocadas para ser madrinas de la niña. En agradecimiento por el honor (y por los regalos del rey) las hadas le entregan a la niña siete dones.

1: Ser la más bella de todas las mujeres.
2: Tener la bondad de un ángel.
3: La gracia de las gacelas.
4: Bailar con perfección.
5: Cantar como las aves.
6: Tocar con maestría todos los instrumentos.
7: Una gran inteligencia.
De pronto, una hada maléfica entra en el recinto. Furiosa por no haber sido invitada a la fiesta, maldice a la niña diciendo:
-¡El día de tu cumpleaños número quince te pincharás con una aguja y morirás!
Una de las hadas buenas dice:
-La niña no morirá, dormirá cien años y un príncipe la despertará.
Pasa el tiempo. Cuando la niña cumple quince años encuentra a una anciana cosiendo en una habitación del castillo; es el hada maligna que mediante esta estratagema logra que la joven se pinche el dedo con una aguja, y duerma. El Rey, abatido, manda a llamar al hada buena, que dice:
-Para que vuestro dolor no sea inmenso; y para que la princesa no se encuentre sola, dormirán todos, y no despertarán hasta que termine su largo sueño.
Todos duermen una siesta descomunal. Un bosque mágico cubre el castillo. Pasan cien años y un príncipe pasa por el lugar. Su caballo se niega a avanzar. Como por arte de magia, vé el castillo e ingresa. Encuentra a la princesa y, excitado por su belleza, la besa suavemente y la joven despierta, así como el resto de los durmientes. Al día siguiente comienzan las fiestas por el casamiento entre la princesa y su salvador.
La verdadera historia de la Bella Durmiente:
Antes de ser un cuento de hadas, la Bella Durmiente fue un cuento popular medieval, heredero de un pasado aún más oscuro y grandioso. En 1697, Charles Perraultlo publicó como: La Bella Durmiente del bosque (Belle au Bois Dormant). Años después, y tras profundas investigaciones folklóricas, los hermanos Grimm volvieron a publicar la historia, esta vez en Alemania, bajo el título: Bella Durmiente (Dornröschen).
Estas son las versiones que circulan normalmente, y sobre las que se construyó el imaginario del cuento -incluido Disney y su inagotable capacidad de aniquilar monumentos tradicionales-. Son similares en casi todo, salvo en el número de hadas. Los hermanos Grimm suavizaron la historia para darle el encanto de la sencillez, Perrault, en cambio, aprovecha el cuento para despotricar contra la mujer y dar rienda suelta a su machismo. Por ejemplo, insiste en que el príncipe se burla de las ropas antiguas de la princesa, e incluye a la inteligencia como uno de los dones ofrecidos por las hadas, como si ésta sólo pudiese existir sobrenaturalmente en la mujer. Luego se ceba en la madre del príncipe, una especie de ogro insaciable que intenta devorar a los hijos de la joven pareja. Los Grimm, mucho más sutiles, eliminan la entrega del don de la inteligencia, y aclaran en varias ocasiones que la princesa ya lo poseía.
Lo cierto es que, a pesar de los esfuerzos de los hermanos Grimm para no mostrarse machistas, la versión medieval de la Bella Durmiente nos habla de una princesa bastante estúpida. Leída fuera de un contexto mitológico, la maldición del hada sólo es entendible en términos de profunda misoginia. Supongamos que alguien nos envía una maldición análoga, es decir, que dentro de un tiempo caeremos en un sueño de un siglo luego de pincharnos con una aguja. Lo más razonable es que nos mantengamos alejados de tales herramientas textiles, pero esto no sucede en el cuento. Incluso el rey, hombre sabio y prudente, queda escandalizado ante la profecía, a la que considera perfectamente realizable. Vale señalar que en la edad media, y mucho más acá, la mujer estaba íntimamente relacionada con la confección y mantenimiento de las ropas, por lo que siempre había una aguja a mano para ellas. En este sentido el temor del rey es doblemente insólito, pues sabe que su hija, como mujer, está obligada a las tareas textiles, pero jamás se le ocurre que las abandone, hecho que la dejaría a salvo de la maldición.
Pronto veremos que todas estas anécdotas han sobrevivido por el simple hecho de que poseen un fuerte arraigo mitológico. No están allí en vano, ni su utilidad es meramente narrativa; están allí porque son el único vínculo con la verdadera historia de la Bella Durmiente.
Viajemos desde las alcobas de las niñas románticas y victorianas, y, por qué no, de las jovencitas de nuestro tiempo, y volemos hacia el pasado remoto de Europa Occidental. Atravesemos la edad media, a la que imaginamos cubierta por una nube sombría (e igualmente brillante), pasemos sobre el Beowulf, monumento inglés a la antiquísimamitología de aquel país, perdida para siempre, dejemos atrás al primer merovingio y a todos los reyes del continente; sigamos hacia atrás, lejos en el tiempo, mucho antes de que el Galileo ascienda al madero; sumerjámonos en una oscuridad arcaica, cuando los Señores del Valhalla aún eran temidos y adorados por las tribus indoeuropeas; entonces si, allí encontraremos la razón de que un cuento aparentemente imbécil sobreviva en nuestra era; iluminando la esencia escondida de la Bella Durmiente.
Nuestro vínculo con aquella época oscura es la Saga Volsunga (Völsungasaga), escrita en Islandia en el siglo XIII sobre historias que preceden el auge romano, y que se remontan, tal vez, al 800 a.C, cuando se produjo la llamada Völkerwanderung (migración de pueblos); época de cambios y exilios, donde civilizaciones enteras migraron a lo largo y ancho de Europa. Entre otras narraciones notables, la Saga Volsunga cuenta la historia de Sigurd(Sigurðr) y Brunilda (Brynhildr), cuyos cimientos son incluso anteriores a las migraciones, en una época tan antigua como el año 1000 a.C.
Brunilda era una Valkiria, esto es, una semidiosa que recogía a los héroes muertos en el campo de batalla, escoltándolos a los amplios salones del Valhalla. Ella es, a todas luces, la mujer en estado salvaje, honorable y terrible a la vez. Su silueta ambigua protagonizará épicas nórdicas como Nibelungenlied, e inspiraría a Richard Wagner en su obra capital: El anillo de los Nibelungos (Der Ring des Nibelungen). La Saga Volsunga cuenta que Odín, el gran dios nórdico, le ordena a Brunilda que decida sobre el destino de una batalla entre dos reyes, Agnar y Hjalmgunnar. Ella decide por Agnar, y Odín, enfurecido por no haberse inclinado por su favorito, Hjalmgunnar, la condena a un sueño eterno, es decir, a dejar de lado su condición de diosa y vivir en el mundo espeso de los sentidos. En otras palabras, Odín condena a Brunilda a vivir como una mujer mortal, y la encarcela en el monte Hindarfjall, oculto en los Alpes. Para ello la clava al duro suelo de una caverna utilizando agujas de fuego.
Sigurd, un caballero de noble estirpe, descubre la entrada a una oscura caverna en aquel monte, y la describe como un castillo de roca rodeado por un bosque espeso. Allí encuentra a Brunilda, presa de un sueño tan profundo que, en un principio, nuestro héroe la considera muerta; aunque sabe que no lo está. Su rey, Gunnar, le ha contado la tragedia de Brunilda, y lo ha enviado en una misión suicida, conseguir la mano de esta Valkiria caída. Para ello, Sigurd se disfraza con las ropas de Gunnar, ya que Brunilda solo se casará con quien pueda derrotarla en combate singular. El joven la despierta con un beso en la mejilla, detalle que algunos señalan como metafórico, sosteniendo que aquel beso fue, en realidad, un roce con el filo de su espada; y se entrelazan en un combate feroz.
Sigurd vence. Brunilda se entrega mansamente a su destino, pero antes de volver deben pasar la noche en la cueva, ya que una fuerte tormenta golpea los flancos de Hindarfjall. Yacen juntos, pero Sigurd coloca su espada entre ambos, para que sus cuerpos no se toquen. Él se mantiene fiel a su promesa al rey; pero Brunilda, encandilada por la fuerza del joven, intenta acariciarlo y se corta un dedo con la espada, cuya manufactura era tan perfecta que su punta era tan diminuta y afilada como la punta de un alfiler.
Reconocer estos jirones mitológicos no es sencillo, tampoco es particularmente necesario para disfrutar de una buena historia; pero su peso es el que decide la inmortalidad de un cuento popular. Quizás no sepamos el por qué, ni el cómo ni el cuándo, pero todos los cuentos que aún entretienen a nuestros niños poseen un pasado asombroso, algo que entra por los oídos pero que florece en el inconsciente, que se ramifica en la vasta herencia psicológica de los pueblos, ajeno a los avatares del cine y los cambios, inmóvil, como el sueño de algunas princesas, fijo, como la mirada aguda de los príncipes que vagan por bosques ya olvidados.




4.01.2013

CAPERUCITA, ¡ATENTA! ¡QUÉ VIENE EL LOBO Y SUS MÁS VORACES SECUACES!


De todos los cuentos populares de que nos ha legado la Edad Media, y aún más atrás, el de Caperucita Roja es que ha sufrido las mutilaciones más severas de parte de comentadores, recopiladores y, por supuesto, el gélido y abstruso Walt Disney.
El cuento, hasta la escena en donde el lobo se viste con las ropas de la abuela, es más o menos el mismo que conocían los niños medievales. Las diferencias se dan a partir de este punto. Pero primero repasemos un poco de historia.
El primer recopilador en rescatar el cuento de Caperucita Roja fue Charles Perrault, que lo incluyó en su antología de historias populares en 1697. Al contrario de lo que sucede con otros cuentos tradicionales, como La Bella Durmiente o Hansel y Gretel, Caperucita Roja no era un cuento muy extendido en Europa. Es más, se lo conocía en un ámbito bastante cerrado, que iba desde el norte de los Alpes a la región de Loira. En 1812 los hermanos Grimm reescribieron la historia, especialmente el final, y ésa es la versión que se conoce hoy en día; una versión, dicho sea de paso, muy diferente de la Caperucita Rojareal.
No resulta asombroso que los hermanos Grimm hayan modificado el relato original, lo extraño es que para ello se hayan basado en una oscura obra de Ludwig Tieck llamada:Vida y muerte de la pequeña Caperucita Roja (Leben und Tod des kleinen Rotkäppchen); tragedia que incluye la presencia del leñador, ausente en el cuento popular.
Tal vez para no ahuyentar a los temerosos padres de inicios del siglo XIX, los hermanos Grimm eliminaron de cuajo todos los elementos eróticos del cuento y plantaron un final feliz, además de barrer con todo lo que no sostenga la pureza e inocencia de Caperucita. El resumen: el final del cuento en la versión de Jabob y Wilhelm Grimm se salvan absolutamente todos, salvo el lobo, claro; cuyas tripas son abiertas por el hábil leñador, devolviendo a la abuela a su rutina diaria.
Vayamos a un análisis del cuento.
Según la clasificación de Aarne-Thompson sobre cuentos folklóricos, Caperucita Rojaentra en la categoría 333, esto es, cuentos que presentan un oponente sobrenatural.Es importante que borremos de nuestra mente la idea de que los cuentos popularesservían como advertencia a los niños sobre los peligros del bosque, para eso bastaba una buena reprimenda. Los relatos folklóricos tienen otra función, mucho más importante para los pueblos de lo que los pueblos han sabido comprender. Según lo vemos hoy en día, el protagonista de Caperucita Roja es, claramente, Caperucita Roja, pero esto no es así. El error, si cabe llamarlo así, es a la insistencia de Disney por lograr la empatía de los niños con la historia. Escencialmente, Caperucita Roja es un personaje importante, un disparador por el cual se sucede la verdadera tragedia, pero de ningún modo es el único. Incluso hay versiones muy antiguas en las que se la menciona de paso, como aquel cuento tradicional de Italia llamado La finta nona, es decir, La falsa abuela, en cuyo caso la jovenCaperucita es un elemento casi decorativo.
La verdadera historia de Caperucita Roja sostiene dos elementos centrales:
1) El tabú del canibalismo.
2) El rescoldo de la vieja religión nórdica.
Caperucita Roja, Rotkäppchen, Little Red Cap, Le Petit Chaperon Rouge, Little Red Riding Hood, son variables de este disparador. Si tuviésemos acceso a alguna extravagante máquina del tiempo, y pudiésemos atestiguar de primera mano la narración deCaperucita Roja, oiríamos un cuento completamente diferente al que conocemos. Allí, el lobo engulliría a la anciana, tal como hoy, pero dejaría sobre la mesa un jugoso banquete hecho con la carne y la sangre de la abuela, que la inocente Caperucita devoraría vorazmente, acaso intuyendo su origen ilícito. Luego, vestido con las ropas de la occisa, y tras de un diálogo con muchísimas variantes, el lobo pasaría de degustar la carne temblorosa de Caperucita; momento en el que un cazador, que oye los gritos desgarradores de la joven, ingresa en la estancia, mata al lobo y le abre el estómado con un cuchillo, devolviendo a la joven al mundo de los vivos.
Ahora bien, este morir y renacer de Caperucita Roja nos habla sobre algo muy antiguo en la raza humana: el rito de iniciación.
Caperucita en el bosque, en la casa y en el estómago del lobo, son símbolos de las tres fases de la iniciación a la adultez; por el cual una niña abandona su casa -madre, comunidad, civilización-, recorre un terreno salvaje -el bosque-, se enfrenta con lo más siniestro del corazón humano -canibalismo, antropofagia-, y derrota al peor de los enemigos en el vientre del lobo -la muerte-.
Pero además de señalar estos tópicos arquetípicos, Caperucita Roja también simboliza el despertar de la sexualidad. Su vestimenta roja atestigua los inicios de la madurez sexual, y el lobo, antropomorfizado para suavizar los efectos devastadores de este tránsito, es, quizás, un símbolo del sexo salvaje, de la sexualidad en estado primitivo, mientras que el cazador, en cambio, representa el sexo dentro de la civilización, es decir, dentro de un matrimonio funcional a la sociedad; cuyo fin último es procrear, y no la liberación ociosa de los instintos.
Estas interpretaciones psicológicas y antropológicas son rigurosamente ciertas, pero detrás de Caperucita Roja se esconde un motivo acaso más trascendental, y que excede las consideraciones regionales sobre el sexo y la adultez. Si volviésemos a montarnos en aquella imaginaria máquina del tiempo, y retrocediésemos aún más, dejando atrás la Edad Media, veríamos que la historia de Caperucita Roja conserva elementos de la religión nórdica, disimulados pero perfectamente reconocibles para el estudioso -y amante- de lamitología nórdica.
La transición en el vientre de un animal es un motivo clásico. Lo vemos incluso en la historia bíblica de Jonás y la ballena. El vientre es, como hemos dicho, un ámbito de transición, pero doblemente simbólico, ya que todos provenimos de un vientre y hacia allí iremos -la tumba, vientre del mundo-. Ser tragado por un animal es un regreso a la vida intrauterina, vida perfecta e idealizada, pero con un sentido nuevo, alegórico, quizás, por el cual este nuevo vientre nutre un despertar completamente distinto. La vida en el vientre salvaje nos propone un estado latente, por el cual el individuo emergerá cambiado. Ya no será el mismo, así como Caperucita Roja, que emerge del vientre del lobo convertida en mujer.
En la narración norsa de Þrymskviða vemos que el gigante Þrym se roba el martillo de Thor, llamado Mjolnir, por cuyo rescate pide la mano de la diosa Freyja (cuyo nombre se conserva en la palabra viernes Friday, o Freyja's day). Thor, escandalizado, urde una estratagema: se viste con el traje nupcial de Freyja y engaña al gigante. El diálogo entre Thor y Þryms es textualmente idéntico al de Caperucita con el lobo, lo cual arroja una luz difusa sobre la verdadera identidad genital de la muchacha.
Yendo aún más atrás, atravesando las oscuras mareas del tiempo, podríamos decir que elcuento de Caperucita Roja conserva, además, elementos del mito solar. La abuela representa el ocaso, la luz moribunda del crepúsculo devorada por la oscuridad de la noche -el lobo-, y la joven simboliza la luz del alba, que emerge del vientre lobuno como el sol que desgarra los velos de la noche. Mitológicamente hablando, el lobo sería nada menos queSkoll, aquel lobo descomunal de la tradición norsa, cuyo destino es devorar al sol en la batalla del Ragnarok, o bien Fenrir, ese lobo con fauces de hierro que cae en el apocalipsis bajo el martillo implacable de Thor.
Es curioso como la mitología se diluye en la tradición popular, se pierde y renace bajo una nueva concepción. Un lobo gigantesco se torna en licántropo mezquino, el Dios del Martillo, rápido para la cólera y la amistad, se vuelve un cazador furtivo en los bosques de Francia, y el mundo nuevo, regenerado, libre del acoso de demonios y gigantes del hielo, muta en las delicadas y ambiguas formas de una muchacha, que, como la luz rojiza del alba, orna su cabeza con el color del cielo naciente.


¡POBRE BLANCANIEVES!



Blancanieves (Schneewittchen en alemán y Snow White en inglés) es un personaje que no necesita demasiadas introducciones. No obstante, la historia de Blancanieves que todos conocemos acaso nos reserve una o dos sorpresas que valen la pena mencionar. Para ello deberemos viajar al pasado y desde allí desandar el tortuoso camino de Blancanieves hasta sus formas actuales.
Durante mucho tiempo se creyó que el origen de Blancanievesse hallaba en la creación de Giambattista Basile, que el siglo XVI publicó su Pentamerón, El cuento de los cuentos, una antología de historias tradicionales en donde aparece el relato de Lisa, una niña de siete años que, tras un accidente con un peine mágico, entra en un estado inconsciente. Su familia la da por muerta y la entierran en un ataúd de cristal, lugar en donde la joven siguió creciendo hasta adquirir el cuerpo y las facciones de una mujer adulta.

Esta protohistoria de Blancanieves carece por completo de sus ingredientes más conocidos, como el espejo mágico, los siete enanos, la manzana envenenada, la reina malvada y el príncipe. Fue hasta muchos años después cuando se descubrió elverdadero origen de Blancanieves, un origen distinto al de otros cuentos popularesya que éste se basa en un personaje histórico.
En palabras de un entusiasta lector infantil, Blancanieves existió realmente.
Repasemos primero la historia de Blancanieves más conocida, y luego estudiaremos su verdadero origen.
Érase una vez una reina que, cosiendo, se pinchó el dedo y vio su sangre caer en la nieve. Entonces cuando deseó tener una hija con la piel tan blanca como la nieve, los labios rojos como la sangre y el pelo negro como la noche. Su deseó se cumplió en la silueta deBlancanieves. Pero la reina murió tras de dar a luz, y el rey se casó con una bruja maliciosa que tenía un espejo mágico.
La bruja-reina solía preguntarle a su espejo:
-Espejito, espejito, ¿quién es en la mujer más hermosa del reino?
Y el espejo respondía cacofónicamente:
-Tú, mi reina, eres la más hermosa de todas.
Pero cuando Blancanieves creció se volvió demasiado bella como para que el espejo la ignore. De modo que ante la pregunta habitual éste respondió:
-Blancanieves es la más hermosa.
La bruja-reina envió a un sicario para asesinar a Blancanieves en el bosque. Para asegurarse del éxito de la empresa le exigió que le trajera el corazón de la niña. El asesino circunstancial, de hecho, un cazador pobre, se arrepintió, y le llevó a la bruja el corazón de un ciervo, que fue cocinado por el chef real y devorado alegremente por la reina.
En su escape, Blancanieves descubre una casa que pertenecía a siete enanos. Tras algunas negociaciones y regateos, Blancanieves se compromete a cocinar y mantener el lugar en orden a cambio de que le permitan vivir allí. Los enanos acceden y ejecutan prodigiosas acrobacias como muestra de gnómica alegría.
La reina, por su lado, se entera a través del espejo que Blancanieves está viva. Intenta asesinarla tres veces. La primera, mediante una cinta mágica, la segunda, con un peine de extraordinario filo; y por último, mediante una manzana envenenada. La joven cae en un sueño profundo, similar a la muerte. Los enanos, ejecutando las mismas cabriolas pero esta vez como muestra de aflicción, confeccionan un ataúd de cristal para seguir contemplando a Blancanieves aún después de muerta.
Eventualmente, un príncipe llega a la región. Oye la historia de Blancanieves y decide visitar su ataúd. La joven es tan hermosa que el príncipe gestiona con los enanos que éstos le permitan besarla. Al hacerlo, se desprende el pedazo de manzana que se había atorado en la garganta de la muchacha; ésta despierta y accede a un repentino matrimonio. Nunca se nos aclara como un "beso delicado como el rocío" puede liberar una tráquea.
La bruja-reina asiste a la boda en una corte vecina, desconociendo que la novia es, en realidad, Blancanieves, pero el príncipe ya ha preparado un plan bestial. La bruja es calzada con un par de zapatos de hierro calentados al rojo vivo, y se la obliga a bailar hasta caer prolijamente muerta.
Hasta aquí, la versión tradicional de Blancanieves, tal como se la puede leer en cualquier rincón del mundo. Los que se hayan quedado con la versión cinematográfica de Disney sin dudas encontrarán inexplicables discrepancias.
Fue el historiador Karlheinz Bartels quien descubrió el verdadero origen del cuento deBlancanieves. La historia original puede rastrearse hasta las márgenes del río Meno, en Alemania, donde en 1729 nació Maria Sophia Margaretha Catharina von Erthal, laverdadera Blancanieves.
El padre de esta niña fue Philipp Christoph von Erthal, diplomático de Lohr. En 1741, tras la muerte de la madre de Maria Sophia, Philipp se casó Claudia Elisabeth Maria von Venningen, condesa imperial de Reichenstein. La "madrastra de Blancanieves", de carácter violento y autoritario, que aprovechó las ausencias diplomáticas de su marido para favorecer a los hijos de su primer matrimonio. La prueba central de que María Sophia es en realidad Blancanieves es el “Espejo Mágico”, o espejo parlante del cuento. El castillo de Lohr poseía un fastuoso espejo que hoy en día se halla en el museo de Spessart. Éste fue el regalo de bodas de Philipp a su segunda esposa, la bruja-reina del cuento. Su manufactura es tan delicada que el marco del espejo posee propiedades acústicas notables. Se dice si alguien habla cerca de él, por sus aberturas puede oirse un extraño eco que parece responder las preguntas que se le formulan.
Más aún, sobre el marco puede leerse una inscripción que parece reflejar perfectamente la vanidad de la "bruja": Amour Propre, literalmente, "amor propio".
¿Pero dónde se encuentran los siete enanos? -se preguntará el lector ávido de confirmaciones- En las estribaciones del Höhenweg, las Siete Montañas de Spessart, donde hoy en día se hallan los despojos de las minas de Bieber, en las que trabajaba un número considerable de niños envejecidos por la dura labor. El sarcófago de cristal también procede de allí, ya que en aquella región se manufacuraban majestuosos cofres funerarios traslúcidos.
El cronista oficial de la familia Erthal, M.B. Kittel, describe a Maria Sophia como una joven hermosa y llena de virtudes, “un ángel caritativo y bondadoso; activo contra la pobreza y la indigencia”. Toda la región la consideraba una especie de hada sobrenatural, y las crueldades de su madrastra quedaron doblemente expuestas a causa de la ceguera parcial de la muchacha, producto residual de la varicela.
Esta historia fue recogida por los hermanos Grimm, siempre atentos a las tragedias clásicas, y en 1812 la primera historia de Blancanieves y los siete enanitos fue arrojada sobre las imprentas europeas con algunas alteraciones que intentaban disimular elverdadero origen del cuento. El cine hizo el resto, haciendo prácticamente imposible hallar a la ciega María Sophia en el rostro lívido de Blancanieves.



12.15.2012

F. KAFKA


'Una metamorfosis iraní' o la kafkiana desventura de un periodista censurado

Pocos ejemplos tenemos de cómic iraní excepto la magna obra ‘Persépolis’ de Marjane Satrapi. Tal vez sea porque el gobierno de ese país no se encuentre entre los más democráticos del planeta. Si Satrapi aprovechaba en su obra para contar su historia y la de su país, con las luces y las sombras de la revolución islámica, la novela gráfica de la que hoy hablamos va un paso más allá.
En ‘Una metamorfosis iraní’ asistimos al testimonio real del autor, Mana Neyestani, que por culpa de unos dibujos en un semanario juvenil, ve cernirse sobre él el terrible peso de la censura y la represión política del régimen islámico. Todo por haber presentado unos dibujos en los que inocentemente una cucaracha usaba una palabra de uso común para la etnia azerí, que se ha sentido insultada por ese tratamiento.

La referencia a Kafka no es gratuita, obviamente. A partir del momento de la publicación de esos dibujos, el autor entrará en una espiral burocrática que le llevará a la prisión preventiva e indefinida y a un destino cada vez más incierto.

En primera persona, y con una gran capacidad discursiva, Neyestani nos explica su odisea a través de las cárceles de su país (la situación de aislamiento, la incompresión de una situación injusta, el trato con todo tipo de presos, la locura de algunos de ellos…) y su posterior y complicada huida del país, que termina siendo un exilio en toda regla.

El estilo de Neyestani es sencillo, no especialmente oscuro ni abigarrado, y a pesar de no parecer encajar bien en un principio en el tono de la obra, finalmente resulta el más acertado para contar una historia cercana y a la vez inquietante.

‘Una metamorfosis iraní’ se convierte en una terrible, y aún así necesaria obra, y nos recuerda el papel de la cultura como bandera de libertad que, todavía hoy, cuesta enarbolar en según qué sociedades.
‘Una metamorfosis iraní’
Mana Neyestani
ISBN: 978-84-7833-992-1
Ed. Cartoné. 204 pgs. B/N.
Editorial La Cúpula


Escrito en Praga durante el gélido invierno de 1916-1917, el relato ‘Un médico rural’ de Kafka se desarrolla como una auténtica pesadilla que a la postre entraría dentro del lenguaje habitual precisament ecomo ‘kafkiana’. Como sabréis, el protagonista es un viejo médico de provincias que se pone en marcha durante una tormenta de nieve nocturna para ir a ver un paciente del que no sabe nada. Para más inri, su caballo acaba de morir, así que su sirvienta va de puerta en puerta suplicando ayuda… A partir de aquí se desarrolla los acontecimientos toman un giro más bien surrealista.
En 2007, el galardonado animador japonés Koji Yamamura realizó el corto de 21 minutos que tenéis arriba, y que recoge, traducido a su peculiar estilo gráfico, todo el ambiente onírico y opresivo de la historia de Kafka. Os lo recomiendo: resulta tan deslumbrante como inquietante en su expresión del mal sueño que constituye el relato.






Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo... El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.


Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.

-¿Los engancho al coche? -preguntó, acercándose a cuatro patas.

No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.

-Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa -dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.

-¡Hola, hermano, hola, hermana! -gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.

-Ayúdalo -dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.

-¡Salvaje! -dije al caballerizo-. ¿Quieres que te azote?

Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.

-Suba -me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.

Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente.

-Yo conduciré, pues tú no conoces el camino -dije.

-Naturalmente -replica-, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.

-¡No! -grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.

-Tú vendrás conmigo -digo al mozo-; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje.

-¡Arre! -grita él, y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta se encontraba la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:

-Doctor, déjeme morir.

Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome las manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente.

"Sí" pienso indignado, "en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo..."

En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.

-Regresaré en seguida -me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber.

La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo es posible que el joven tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación.

Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia... Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo -¿qué espera, pues, la gente?- se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo.

Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial... ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con sus cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.

-¿Me salvarás? -murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida.

Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada?

Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza, canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:

Desvístanlo, para que cure,
y si no cura, mátenlo.
Sólo es un médico, sólo es un médico...

Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.

-¿Sabes -me dice una voz al oído- que no tengo mucha confianza en ti? No importa cómo hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos.

-En verdad -dije yo-, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.

-¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo.

-Joven amigo -digo-, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca.

-¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?

-Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo.

Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve.

-¡De prisa! -grité-. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, de nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros:

Alégrense, enfermos,
tienen al médico en su propia cama.

A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.


http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=UesvERBrrkQ



 - Y los ratones -

“En la casa le habían hecho una cómoda tumbona -evoca el gran crítico italiano Pietro Citati al recordar a Kafka en el otoño de 1917, cuando el escritor se encontraba en Zürau – Allí estaba estirado “como un rey”, sin camisa, mientras nadie podía verle. Una noche, hacia mediados de noviembre, le asaltó el horror. (…) De vez en cuando, en el otoño, había sentido un roer ahogado: una sola vez se levantó temblando y fue a ver. Pero, esa noche, asistió al alboroto mudo y rumoroso del pueblo espantado de las ratas. A las dos fue despertado por un roce cerca de la cama y desde ese momento no cesó hasta la mañana. ” Arriba y abajo por la caja de carbón – confiesa Kafka -, una carrera a lo largo de la diagonal de la habitación, círculos trazados, leños roídos, silbidos ligeros durante el reposo, y mientras tanto siempre el sentido del silencio, de la secreta actividad de un pueblo proletario oprimido, al que pertenece la noche”. “Nada a lo que agarrarme en mi persona – le escribe a Felix Weltsch -, no me levanté ni encendí la luz, la única posibilidad era gritar un poco para intentar asustarles… Por la mañana estaba demasiado asqueado y deprimido para levantarme hasta la una”.

Mokona.-Linda Gavin

A partir de entonces Kafka tuvo un gato en la habitación, según lo cuenta Ronald Hayman en la biografía del escritor, aunque detestaba que el gato le saltara a las rodillas cuando estaba escribiendo o a la cama cuando estaba acostado. Kafka atribuyó su miedo a los ratones ” a la impresión que dan de poseer -así se lo dijo en una carta a Max Brod a principios de diciembre de 1917- esa inesperada, indeseada, ineludible, considerablemente silenciosa, obstinada y secreta intención, junto con la sensación de que todas las paredes de alrededor están infestadas de sus galerías, y de que están acechando ahí, y de que a causa de las horas nocturnas que les pertenecen, y de su tamaño diminuto, son ajenos a nosotros y en consecuencia es tanto más difícil atacarles“.

Manuscrito de “El proceso”

Ahora puede leerse en la prensa que El Archivo Literario Alemán ha adquirido en una subasta por una suma que no ha dado a conocer la famosa carta de Franz Kafka a su amigo Max Brod, en la que confiesa su miedo a los ratones. Son cuatro páginas fechadas el 4 de diciembre de 1917 y la carta – según dice la nota de prensa- será subastada junto a otros manuscritos de Kafkaacompañada con testimonios de su influencia sobre escritores como Elias Canetti, W.G. Sebald y Gilles Deleuze en una pequeña exposición titulada“Los ratones de Kafka“. Son patentes también, añade esa nota, las huellas que llevan a obras diversas, como por ejemplo “Josefina la cantora o el pueblo de los ratones” o “La madriguera”.

Neil Libbert

El tema de los animales, de sus galerías subterráneas y de sus madrigueras fue recurrente en la obra narrativa de Kafka, y en sus Obras Completas - la edición dirigida por Jordi Llovet (Opera Mundi) – se recuerda la carta que el escritor dirigió a Milena Kesenská diciendo: “Yo era un animal salvaje que no vivía casi nunca en el bosque, sino que me enterraba en cualquier lugar cavando un agujero” o aquella otra que envió a Max Brod en 1923: “Camino para uno y otro lado o estoy sentado, petrificado, tal como haría en su madriguera un animal desesperado…”. Si Luis Izquierdo en su “Kafka” (Barcanova) hace alusión a las transformaciones de animales en el escritor checo como estados de ánimo, es sin duda la gran traductora y especialista en Kafka, Marthe Robert, la que recuerda que “lo que distingue de manera fundamental a los animales de Kafkade todos los animales alegóricos y fabulosos es su animalidad verdadera, doliente, misteriosa por su misma limitación, digna de atención y de infinito respeto. (…) Lo que hace de “La madriguera” un relato conmovedor y no una fría alegoría es el trabajo del Animal, ese trabajo para el que tiene una sola herramienta: su cabeza, su pobre frente martirizada y sangrante“. “Kafka fue un individuo aislado – evoca igualmente Marthe Robert en “Reales e imaginarios” (Cuatro) -; en cierta medida, fue un apátrida en Europa“.

Y fue allí, en Zürau, donde leía a Kierkegaard, a San Agustín y a Tolstoi, donde a Kafka le aterrorizó el ruido de los ratones.


Franz Marc