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1.11.2013

M. VICENT


- Resistentes -

F. N. Chifflart

Existen tipos admirables que no están dispuestos a claudicar frente a la adversidad.
Ser un resistente, he aquí la última forma romántica de vivir. Año 1942. Estación de ferrocarril en un pueblo de Francia, un individuo en un paso a nivel está apoyado en una bicicleta con un cigarrillo en los labios, pasa el tren con un silbido desolado, el individuo realiza con el brazo una contraseña y poco después en un puente cercano suena la explosión. El convoy ha saltado por los aires. Llevaba armas para el ejército nazi. El individuo monta en la bicicleta y se aleja canturreando la canción de los partisanos Oh, bella, ciao. Misión cumplida. La Resistencia Francesa estaba envuelta en un aura muy literaria. Había una guerra. Había un invasor. Eran tipos duros que se jugaban el pellejo. La literatura con que fueron adornados por la historia se ha extinguido, pero en cualquier tiempo, en cualquier lugar, los resistentes permanecen siempre con la misma actitud heroica frente a cualquier otra invasión que trate de doblegarlos. Aunque nadie los conozca por sus nombres, hay que considerarlos como los nuevos partisanos imbatibles. El invasor está ahora en todas partes; el convoy que lleva armas al enemigo pasa todos los días por delante de nuestra puerta bajo diversas formas: se trata, tal vez, de la crispación agresiva de la derecha cerril o de la izquierda corrupta y sin ideales, del fanatismo religioso que se ha apoderado de la calle, de los vestigios de la caverna y de la España negra, de la basura que emite la televisión, del cacareo gallináceo de algunas tertulias, de los rebuznos digitales que asolan el espacio. En el fondo es un solo enemigo que ataca desde flancos distintos, el mismo que, a veces, se alía con alguna caída personal, con la angustia de vivir sin aceptarse. Existen tipos admirables que no están dispuestos a claudicar frente a la adversidad. Ningún político conseguirá que se traguen una rueda de molino, ningún obispo les obligará a arrodillarse, ningún vendedor de peines intelectual les hará perder el tiempo y si la vida se les tuerce con una mala racha, con la crisis, la depresión y el paro, tratarán de soportar la dificultad sin romperse nunca por dentro. Son los últimos románticos de la resistencia que, desde la clandestinidad, se enfrentan cada día a la miseria moral que intenta anularlos. Oh, bella, ciao.


1.05.2013

C. POSADAS

- El amor tiene a veces tan mal gusto… -

J. Jeann

Como saben, una de las cosas que más me divierte es coleccionar muletillas. Frases de esas que la gente repite y que, por lo visto, nadie se toma la molestia de cavilar, no ya si son verdad o no, sino la mera posibilidad de que puedan ser una soberana estupidez. Pongamos por ejemplo esta: “En el amor solo escucho a mi ser interior, voy donde el corazón me lleve”. Apuesto que, si hiciéramos una encuesta preguntado su opinión a la gente, la enorme mayoría no se atrevería a desdecir frase tan redonda. ¿De qué me voy a fiar si no es de mi corazón cuando se trata de temas sentimentales?, pensamos. ¿Quién sino mi corazón sabe lo que me conviene para ser feliz? Si se volviera a preguntar a los encuestados si no consideran más conveniente usar la cabeza en temas amorosos, seguro que en perfecta sincronía todos se llevarían las manos a la ídem arguyendo ruidosamente que no. Que de ninguna manera, que ellos no son personas “cerebrales” sino puro sentimiento. Empiezo por afirmar que yo me considero una mujer cerebral y fíjense que lo escribo, siendo muy consciente de lo mal que suena. Sin embargo, aún siéndolo, cuando se trata de relaciones personales he metido la gamba en más de una ocasión. Porque díganme: ¿Quién no se ha enamorado alguna vez de un impresentable, de un cursi, de un tonto o incluso de un canalla? Claro que mientras uno está inmerso en esa relación no se da cuenta, porque el amor tiene la virtud de alelarlo a uno. Se produce lo que Stendhal llamaba la "cristalización" y que consiste en adornar al ser amado con una serie de cualidades y atributos inexistentes pero que, mientras dura el enamoramiento (que Ortega llamaba un estado de estupidez transitoria, dicho sea de paso) nos parecen reales. Es luego, al acabarse el embrujo, cuando uno cae del guindo y dice: Pero bueno, ¿qué demonios le vi yo a fulano si no hay por dónde cogerlo? y se asombra de su propia estupidez o ceguera. Yo comprendo que de muy joven es lógico caer una, dos, varias veces en la cristalización que produce ese estado de idiotez transitoria. Lógico también creer que el corazón no se equivoca nunca, pero a medida que se van cumpliendo años tal vez valga la pena revisar esta bonita idea rosa. Sí, el corazón se equivoca mucho; sí, el amor tiene muy mal gusto, a veces ¡pésimo!, de modo que no estaría mal empezar a usar la cabeza en temas amorosos. ¿Que eso suena calculador y cerebral? Bueno, y qué. ¿Acaso no la usamos para todo lo demás en esta vida cuando deseamos acertar? ¿Por qué no hacerlo entonces en la decisión más importante de todas, que es elegir pareja? Conste que al proponerles esto soy consciente de que no solo es poco romántico sino también muy difícil de poner en práctica porque, a cada paso, hay que estar luchando contra esa bonita y engañosa nubecilla rosa que nos promete: “Esta vez va a ser diferente”, “mi amor puede con todo” o –grandísima metedura de pata– “no importa, yo la/lo cambiaré”. Mentira, es muy difícil cambiar a alguien y tal vez el amor pueda con todo, pero casi siempre a cambio de un precio harto elevado. En realidad, si se fijan ustedes, la mayoría de las veces nos equivocamos a sabiendas. “Esto va a ser una catástrofe”, decimos, pero seguimos adelante, puesto que es muy difícil desprogramar una pulsión. Soy la primera en reconocer su enorme influjo, pero pienso que saber que uno se equivoca es al menos un primer y tímido paso para aprender a no hacerlo la próxima vez. Porque solo aprende aquel que reconoce su error, los demás continúan tropezando una y otra vez en la misma piedra. Y es que la vida es así de cabrona, que diría Pérez Reverte. Te pasa lecciones todo el rato y en especial sobre relaciones humanas. Si las aprendes, estupendo, y si no te las vuelve a pasar… hasta dejarte hecho polvo. Por eso pienso que “ir donde el corazón te lleve” suena guay, pero si donde te lleva una y otra vez es al mal de amores, tal vez vaya siendo hora de cambiar de guía o de brújula.


1.02.2013

LOS HOMBRES, EL AMOR Y LA PAREJA

S. Kenny
Los modelos de relaciones de pareja, unidos a las ideas dominantes sobre determinados modelos familiares, impulsan y afirman una manera diferente de situarnos, hombres y mujeres, ante el aprendizaje y gestión de nuestros sentimientos y de nuestras relaciones afectivo-sexuales. «A pesar de no tener un modelo de masculinidad universal, válido para todo momento y lugar, sí nos encontramos con una ideología que tiende a justificar la dominación masculina».1

En ese sentido la socialización masculina en torno al ideal de amor romántico está atravesada por los modelos mayoritarios, más o menos rígidos, de masculinidad, pero el reparto de papeles que se realiza desde el ideal de amor romántico no es ajeno a las personas cuya opción u orientación sexual y afectiva es con personas de su mismo sexo. Por lo tanto, debemos analizar no solo la relación de desigualdad en las relaciones de pareja con respecto a la desigualdad social de mujeres y hombres, sino también respecto al reparto de protagonismos y poder que desde el ideal de amor romántico se plantea entre quienes establecen esa relación.
ALGUNAS CARACTERÍSTICAS DEL AMOR ROMÁNTICO
El amor romántico es una de las posibles formas de expresar nuestros afectos. Es una de las formas del amor que conlleva la presencia del deseo sexual y que se percibe singular y distintivo respecto de otras formas amorosas, sea por la intimidad que produce, el compromiso al que puede remitir o las percepciones que genera.
Los amores románticos son amores complicados que aparecen en muchas ocasiones como imposibles de resolver. Los amores imposibles, las dificultades que hay que sortear y vencer lo hacen más grande. Esa dificultad no se circunscribe solamente a los obstáculos para estar juntos sino también al proceso de conquista. Hoy en día las diferencias de percepción marcadas por el género respecto al significado de una negativa ante una propuesta amorosa siguen siendo importantes. Entre las chicas son el 22% quienes se muestran de acuerdo con que cuando las mujeres dicen no quieren decir sí, entre los chicos son el 39%. En ambos casos se trata de un porcentaje alarmante.
El objetivo del amor romántico es un absoluto, encontrar al ser que te complementa, al amor, en singular, de tu vida. «Una forma de relación amorosa que se mantiene a pesar de los cambios sociales y a la creciente tendencia de las relaciones de pareja a conjugar la forma de asociación, manteniendo objetivos personales, con el modelo de amor fusión».2Otra característica del amor romántico es que en su nombre se realizan todo tipo de renuncias. Se trata de ese amor satelital del que habla Cara Coria, que hace que una de la partes de la pareja realice continuas renuncias que pasan al cajón de los sacrificios realizados.
Es importante señalar por último otro de los sentimientos íntimamente ligado al ideal romántico: los celos. Nos encontramos con que un 33,5% de los chicos y un 29,30% de las chicas están de acuerdo con la idea “los celos son una expresión de amor”.3
Ni todos los hombres ni todas las mujeres reproducimos por igual los condicionantes de género, pero sí que podemos hablar de pautas y comportamientos mayoritarios y hegemónicos. Vivimos hoy con diversas maneras de entender y construir una relación sentimental, sin embargo el ideal romántico como único y natural está más socializado y aceptado que otras formas más diversas de entender y vivir el amor. Como indican García y Casado, hoy el amor romántico sigue siendo el mito de referencia, en él se anudan y cobran sentido buena parte de las relaciones de pareja.4
EL MODELO AMOROSO QUE SE CONSTRUYE DESDE EL IDEAL DE AMOR ROMÁNTICO PARA LOS HOMBRES
A pesar de que la diversidad de comportamientos masculinos es mayor que antes, algunas diferencias entre la educación emocional de mujeres y hombres son claras: por ejemplo, no expresar demasiado las emociones, sobre todo las que demuestran debilidad, es algo que se aprende prontamente por parte de los hombres.
Ser dependiente emocionalmente, por más que todos y todas lo seamos en el sentido de tener la necesidad de relacionarnos con los demás afectivamente, se entiende como una debilidad frente a la autonomía y la fortaleza, que son y deben ser propias de la personalidad masculina.
Nos encontramos con que la libertad aparece como un valor unido a lo masculino en las relaciones de pareja. Un 32% de los jóvenes, casi el doble de las jóvenes (17%), diferencia estadísticamente significativa, cree que lo más importante de la relación es vivir el momento sin compromisos. Esto se produce a la vez que una amplia mayoría de ellos, el 65%, cree que lo más importante de la relación es el sentimiento y el compromiso que ésta conlleva para con la otra persona, una visión romántica de la relación que comparte el 82% de las jóvenes. Comprobamos que la importancia de la libertad propia convive sin problemas con otros valores como el control de la pareja; así, un 39,2 % de los jóvenes piensa que cuando hay amor se desea estar siempre juntos, frente a un 26,1% de las mujeres.5
Estos valores, que en ocasiones aparecen como dispares y contradictorios, muestran la complejidad con la que los hombres viven el sentimiento amoroso. Pero hay que señalar que para muchos de ellos la importancia de la libertad se refiere mas a su autonomía masculina y, por el contrario, el deseo de estar juntos se refleja en la falta de autonomía de la pareja, en menos libertad para las mujeres.
También existen diferencias entre hombres y mujeres en cuanto a las expectativas personales. El modelo masculino sitúa el éxito personal en más territorios que en el amor o la familia, y el éxito será una combinación de factores donde la pareja es solo una parte. En consecuencia, la ausencia de amor no aparece en los hombres tan fuertemente unida al fracaso personal ni con la misma intensidad que en las mujeres.
Es cierto que hoy se plantean más modelos de referencia para los hombres en la relación amorosa, al menos modelos más débiles y complejos que en el pasado. Ya no se trata exclusivamente de ser esos hombres insensibles y duros, hoy en día, como señala Badinter, los hombres jóvenes no se sienten bien ni adoptando el modelo de virilidad del pasado ni rechazando totalmente la masculinidad. No obstante, los papeles que el imaginario del amor romántico reserva para los hombres tienen todavía demasiado que ver con la figura del héroe y conquistador.
La imagen del chico malo como algo interesante sigue teniendo aceptación hoy en día. Teniendo en cuenta que los hombres se sitúan frente a las normas sociales de una manera diferente que las mujeres, en la socialización masculina romper la norma, transgredirla, aparece como un valor, propio de alguien listo, hábil, y es valorada socialmente. Esto trae como consecuencia la preocupante asociación que realizan un número importante de jóvenes entre agresividad y virilidad y los varones (el 17,9% por el 6,1% en las mujeres) que consideran que el hombre que parece más agresivo resulta más atractivo para las mujeres.6
En cuanto a la sexualidad, se impone entre los hombres una concepción cuantitativa del amor y la sexualidad y es ahí donde se consigue el prestigio social, tanto entre sus iguales varones como frente a las mujeres. Tenemos que tener en cuenta que una parte importante de la autoestima masculina está fuera de él, está situada en cómo le ven sus iguales hombres y necesita de continuas muestras de reafirmación de su virilidad, alardeando y presumiendo.
El grupo actúa reforzando estas pautas de comportamiento y penalizando a quien tiene otros; cuando algunos varones muestran más sensibilidad o no participan de los ritos de adolescentes pueden sufrir fuertes presiones publicas homófobas. Esto empuja a que algunos hombres oculten determinados sentimientos y que no los compartan con otros hombres.
En los hombres amor y sexo van por separado, porque de la misma manera que el amor es enseñado y vivido en las mujeres como una necesidad en el caso de los hombres lo es el sexo. Se reafirma la idea de que la cultura sexual dirigida a los varones es bastante distinta de la de las mujeres.
Las responsabilidades en la pareja y la familia también tienen un peso distinto. Como sostienen Castells y Subirats, se mantiene en muchos de los modelos de referencia masculinos el papel de proveedor, de responsable de los bienes materiales, mientras que es la mujer quien se encarga de los bienes emocionales.7 A pesar de la incorporación de la mujer a los espacios públicos y de poder sigue apareciendo con mucha fuerza esa responsabilidad en los hombres. Un 90% de las mujeres le piden eso a su pareja ideal, que le proteja, frente a un no despreciable, pero insuficiente, 56,5 % de los hombres.8
A la hora de elegir nuestra pareja ideal los hombres seguimos dando más importancia a la belleza física que a otras cualidades. Ante la pregunta “¿en qué nos gustaría que destacase nuestra pareja?”, el valor que dan los varones al atractivo físico es de 64 (sobre 100), más que a la simpatía (61,81) o a la sinceridad (56,72).9
En definitiva, el ideal de amor romántico sitúa a los hombres en lugares diferentes que a las mujeres. Algunas de las prerrogativas masculinas se ven reforzadas, por ejemplo se posee más libertad de acción social y de cara a las relaciones sexuales. Es un modelo de relación afectiva que genera desigualdad y una mejor situación personal para muchos hombres.
No obstante, estos modelos de referencia masculinos en sentido fuerte ocasionan no pocas frustraciones. No cumplir con los mandatos sociales de ser un conquistador, o el modelo cuantitativo de relación sexual unido a un mal manejo de los sentimientos, genera situaciones problemáticas para muchos hombres. Como subraya Kaufman, las formas en que los hombres hemos construido nuestro poder social e individual también son fuente de dolor para nosotros mismos.10
A MODO DE CONCLUSIÓN
Nos encontramos con una sociedad cambiante donde evolucionan y se diversifican los referentes masculinos de relación afectivo-sexual. Pero, aunque comprobamos cómo se abren paso otros tipos de comportamientos que se distancian del modelo masculino tradicional, existen fuertes resistencias a ese cambio y muchas de ellas tienen que ver directamente con la prevalencia del ideal de amor romántico como modelo. Podríamos hablar de cierto desconcierto masculino ante mensajes y exigencias contradictorias que, por una parte, siguen situando el prestigio y la autoestima masculina en un modelo anterior, pero que se construyen dentro de un ideario social igualitario, generando nuevos referentes y comportamientos.
Quizás sería un buen punto de partida considerar el amor romántico con todas sus características y condicionantes como algo limitador de la autonomía personal y un lugar donde son muchas las dificultades que se tienen para establecer relaciones sentimentales en igualdad. Para realizar este cambio se requiere llegar al convencimiento por parte de muchos hombres de que los privilegios que nos otorga este modelo de relaciones afectivo-sexuales no son justos ni convenientes, ni para nuestras compañeras y compañeros ni para nosotros mismos.

NOTA: Este artículo es un extracto de la ponencia “Los hombres el amor y la pareja” por Riviere Aranda


_______________
1. Badinter, Elisabeth XY. La identidad masculina. Madrid. Alianza (1993).
2. García Fernando J. Casado Elena Violencia en la pareja: género y vinculo. Madrid. Talasa. (2010).
3. Díaz-Aguado, Martínez, Martín, Carvajal, Peyró, Navarro. Igualdad y Prevención de la Violencia de Género en la Adolescencia. Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Madrid (2010).
4. García Fernando J. Casado Elena (2010).
5. Amurrio. Larrinaga, Usategui, Del Valle Loroño Violencia de género en las relaciones de pareja de adolescentes de Bilbao. UPV-EHU- Ayuntamiento de Bilbao. Bilbao (2008).
6. Amurrio et al. (2008).
7. Castells, Manuel y Subirats Marina. Mujeres y hombres ¿Un amor imposible? Madrid. Alianza (2007).
8. Amurrio et al. (2008).
9. Díaz-Aguado et al. (2010).
10. Kaufman, Michael. Los hombres, el feminismo y las experiencias contradictorias del poder entre los hombres. http://www.michaelkaufman.com/articles/


11.03.2012

LA MITOLOGÍA EN LOS CÓMICS




Wonder Woman, de DC - Grand Comic Database
El mundo grecorromano es la principal referencia de DC con Wonder Woman. Marvel mira al nórdico con Thor. Otras mitologías menos conocidas también tienen cabida.


Hay quien ve a los superhéroes como los mitos modernos, pero la mitología también ha surtido al cómic de los más variados personajes. De las dos principales editoriales, Marvel bebe fundamentalmente de la nórdica, con Thor, mientras que DC mira hacia la grecorromana con Wonder Woman. Pero no son las únicas. Otras mitologías también se han abierto camino en el cómic de estas dos editoriales.

Desde el nacimiento de los superhéroes, en la primera mitad del siglo XX, ha habido una estrecha relación entre este género y la mitología clásica. Si estos seres superpoderosos debían ser los nuevos dioses, ¿por qué no recurrir a los clásicos para crearlos? Eso debió de pensar William Moulton Marston cuando dio vida a Wonder Woman en 1941.

La primera heroína, mitológica

La primera superheroína de la historia nace de los mitos griegos. Es Diana, hija de Hipólita y miembro del pueblo guerrero de las amazonas que vive en la isla de Temiscira. Fue la propia Hipólita quien dio forma a la guerrera a partir del barro de la isla y de su propia sangre.

Atenea le dio los atributos de los dioses: hermosa como Afrodita, sabía como Atenea, rápida como Mercurio y fuerte como Hércules. En una encarnación posterior del Universo DC, la diosa de la agricultura y la fertilidad, Deméter, otorgó a Diana la fuerza del espíritu de la Tierra, Gea.

Entre los enemigos de Wonder Woman se encuentran Ares, el dios de la guerra; Hades, dios del inframundo; o Circe, una diosa menor de la magia, hija de Helios, dios del sol.
El poder de seis figuras

Wonder Woman comparte mitología de origen con el Capitán Marvel de DC, antes editado por Fawcett Comics. El mago Shazam le entrega a un chico de doce años las habilidades de seis figuras mitológicas que ceden parte de su poder por el bien de la humanidad.

Los consigue pronunciando la palabra Shazam, formada con las iniciales de esos personajes (las habilidades son la sabiduría de Solomon, la fuerza de Hércules, la energía de Atlas, el poder de Zeus, el valor de Aquiles y la velocidad de Mercurio).

Marvel también bucea en esta mitología, pero lo hace con la denominación romana. Stan Lee introdujo en su universo a Hércules, hijo de Zeus. Poco tiempo después se convirtió en miembro de los Vengadores. DC también ha usado a Hércules como personaje, pero tuvo menor importancia.

La leyenda de la Atlántida

Aunque algo alejada de los dioses clásicos, la vertiente grecorromana de Marvel y DC encuentra una rica fuente de inspiración en las leyendas sobre la Atlántida. Ambas editoriales tienen su rey de los mares, la primera en la persona de Namor y la segunda en la de Aquaman.



La mitología que tiene mayor importancia en Marvel es la nórdica. Thor, dios del trueno e hijo de Odín, rey de la tierra mítica de Asgard, es su principal exponente. Como Hércules, es miembro de los Vengadores y nació por la necesidad de encontrar un personaje cuya fuerza rivalizará con la de Hulk.

“¿Cómo se crea a alguien más fuerte que el hombre más fuerte? Al final se me ocurrió: no le hagas humano, hazle un dios”, recuerda Stan Lee. Entre sus principales enemigos se cuentan Loki, hermanastro de Thor y dios de la mentira y del engaño, o Hela, diosa de la muerte.
Mitología egipcia

La mitología egipcia tiene personajes tanto en Marvel como en DC. En la primera destaca el Caballero Luna, cuyos poderes proceden del dios egipcio de la luna, Khonshu. Para acentuar la espiritualidad del héroe, se le creó como hijo de un rabino judío.



En DC, la mitología egipcia encuentra una doble vía. Por un lado está el Hawkman original, Carter Hall, quien afirma ser la reencarnación contemporánea del príncipe egipcio Khufu. Su mujer, Shiera Sanders Hall, más conocida como Hawkgirl, es la reencarnación del amor de Khufu, la princesa Chay-Ara.

Por otro lado, está Black Adam, el hijo del faraón Ramses II, que recibe los mismos poderes mágicos que el Capitán Marvel. Es Black Adam quien otorga habilidades similares a otro personaje de DC basado en la mitología egipcia, Isis, convirtiendo a una joven en una diosa.



Otras mitologías

Como ejemplos de otras mitologías, Marvel tiene un destacado personaje que procede de la Inuit, la de los esquimales. Se trata de Ave Nevada, una semidiosa que forma parte del grupo canadiense de héroes Alpha Flight. Tiene el poder de transformarse en cualquier criatura nativa del ártico canadiense.


En DC hay otro personaje que alude directamente a su origen mitológico con su nombre: Aztek. Miembro de la Liga de la Justicia, fue criado por una sociedad secreta para servir al dios azteca Quetzalcoatl (que significa serpiente emplumada).




10.31.2012

HIPERMODERNIDAD Y DESEO



En un principio, cuando las palabras guardaban una relación cercana con las cosas, el verbo “desear” tuvo su origen en un término de la lengua de los augures: desiderare, derivado del latín sidus, sideris: astro (de donde viene precisamente “sideral”). Así, mientras considerare tenía que ver con contemplar o examinar un astro, desiderare se empleaba para lamentar su ausencia: echar de menos la presencia de un astro favorable en nuestro firmamento. Como puede verse, en ese remoto origen el deseo tenía los ojos puestos en algo muy alto y muy lejano: inaccesible. Nada que ver con la dimensión erótica y libidinal con la que llegaría a asimilarse después.


En el Banquete de Platón los conceptos deseo, eros y amor se entrelazan para conformar una apetencia de felicidad y plenitud. El hombre desea y ama porque busca la completud original que le fue arrebatada por decreto de los dioses. Uno de los invitados al banquete, Aristófanes, habla en el famoso diálogo platónico de que en otro tiempo había tres clases de hombres: los dos sexos que hoy conocemos y el andrógino, que poseía ambos. Dobles, esféricos y plenos, estos hombres poderosos retaron al Olimpo. Zeus decidió entonces dividirlos y, así, debilitarlos. Realizada la separación, cada mitad hacía esfuerzos inauditos para encontrar a su contraparte. Dar con nuestra “media naranja” no es sólo una frase coloquial sino que tiene resabios míticos. Un poco más tarde, otro de los invitados, Sócrates, pone en labios de la extranjera Diotima la verdadera naturaleza del deseo y del amor: Eros es un daimon, un mensajero entre los dioses y los hombres. Nacido de dos deidades, Poros, la abundancia, y Penia, la pobreza, su naturaleza es dual: es pobre y desaliñado y por ello busca lo que no tiene: la abundancia y la belleza; es ignorante y desea la sabiduría. Eros, el ser deseante por excelencia, alienta en los hombres la búsqueda de la posesión perenne de estos bienes y así la felicidad duradera. Vale la pena destacar que al vocablo Eros le sucedió una evolución semántica similar a la de la palabra “deseo”: de ser ese daimon que impelía a la completud y la perfección en los hombres, el afamado “amor platónico”, ha pasado a designar en el lenguaje ordinario el aliento y la fantasía que impulsa el goce de los sentidos y los placeres carnales.

Deseos de realización

Según Rousseau, los hombres nacen naturales y felices porque no tienen deseos. Mitos, leyendas y cuentos de hadas dan cuenta del papel de los deseos en la conformación del imaginario y la cultura occidental. De Midas y su nefasto toque de oro, a la atormentada Mirra en su afán incestuoso en la persona de su propio padre, a las sagas que dieron origen a El anillo de los nibelungos y a El señor de los anillos —cuya trama se cifra en el poder que una argolla mágica ofrece a su poseedor para dominar el mundo— es posible reconocer detrás de cada deseo particular un ansia de plenitud, de ser más a partir de las zonas donde somos menos. 
En La interpretación de los sueños (1900), Sigmund Freud asignaba a los deseos no realizados un papel trascendental en la conformación de las neurosis de sus pacientes. “Un deseo que no se cumple, se pudre”, reza un refrán hindú. Para Freud, el sueño es la realización disfrazada de un deseo reprimido. Y, en muchos casos, el vínculo del deseo con la sexualidad es casi ineludible. Con el psicoanalista francés Jacques Lacan (1901-1981) las pulsiones llegan a cobrar una relevancia inusitada pues sostiene que el deseo es la esencia misma de la realidad. El deseo, entendido aquí como falta o carencia de un objeto fantaseado, es estructurador de la dinámica de nuestra relación con los otros. Esta dinámica ofrece una satisfacción perentoria y fantasmática que da sentido a la existencia y en muchos casos se resuelve en una postergación permanente del deseo, como lo demuestra un caso referido inicialmente por Freud y comentado por Lacan como ejemplo de las metonimias y metáforas en que se desliza escurridizamente el deseo para mantenerse siempre vivo: es el famoso caso de “la bella carnicera”, llamada así por ser la esposa de un carnicero pero también porque Lacan establece un significativo juego de palabras en francés, entre “la belle bouchère” (“la bella carnicera”) y “la belle bouche erre” (literalmente, “la bella boca se equivoca”).
Cuenta la carnicera así su sueño: “Quiero ofrecer una cena, pero sólo tengo un poco de salmón ahumado. Me dispongo a salir para hacer algunas compras, pero recuerdo que es domingo por la tarde y todas las tiendas están cerradas. Quiero llamar a algunos proveedores, pero el teléfono está estropeado. Así que renuncio al deseo de ofrecer una cena”. En su vida cotidiana la carnicera ansiaba comer, no salmón sino caviar, pero no se permite tal gasto ni permite al marido, interesado siempre en complacerla, que le cumpla el deseo. Por el contrario, le pide expresamente que no le traiga nunca caviar. Se trata del deseo de tener un deseo insatisfecho para así mantenerse en una demanda permanente de amor. En el mismo sueño también se presenta otra variante singular: el deseo del deseo del otro pues la carnicera desea comer salmón en el sueño porque ése es el plato preferido de una amiga con la que se identifica y por la que, también, siente celos porque a su marido le gusta. Así, según Lacan, el sueño de la carnicera es también un deseo de deseo: el deseo de ver a su marido deseado por su amiga, o a su marido deseando a su amiga, es decir, del deseo que pasa a través de la satisfacción del deseo del otro, de su intermediación. Pero también un deseo de lo imposible para mantener a raya el goce total y devastador que sobrevendría a su realización. Estos laberintos del deseo irrealizable pueden apreciarse ejemplarmente en el relato de las tres muchachas cuyo mayor deseo es tomar té en el Sahara, referido por Paul Bowles en su novela El cielo protector (1949). Después de mil esfuerzos, Outka, Mimouna y Aicha llegan al desierto, y cuando están a punto de realizar su objetivo, alguna de ellas dice que hay una duna más alta donde colocar la tetera y los vasos para sentarse por fin a tomar té en el Sahara. Pero siempre hay una mejor duna en la que podrían estar. Terminan tan agotadas que una de ellas sugiere a las otras descansar antes de tomar el té. Al final, una caravana las descubre muertas con los vasos de té llenos de arena.

Deseo y transgresión

Una afirmación se desprende del uso generalizado: deseos en plural para designar las diferentes apetencias, aspiraciones y fantasías. Deseo en singular para hablar de esa fuerza abisal que nos impele de una manera primaria y sustancial y que casi siempre empieza por la piel. La piel y sus territorios no verbales. Cuánta verdad y epifanía en la frase del poeta Valéry cuando afirmaba: “No hay nada más profundo que la piel”.
Y tal vez nadie mejor para ejemplificar las demandas de la piel y de la carne que el personaje de Mirra que arde en deseos por Ciniras, su padre, episodio consignado por Ovidio en el libro X de las Metamorfosis. 

¿A dónde la mente me lleva? Dioses, os lo ruego, piedad y sagradas leyes de los padres, impedid este crimen nefando y al delito oponeos, si es que es delito. Mas la piedad se niega a condenar esta unión sexual, pues los demás animales se ayuntan sin distingo y no se tiene por falta que una novilla soporte a su padre sobre su lomo; por el caballo, es hecha cónyuge su hija, y entra el cabro en las bestias que procreó, y concibe la misma ave de aquel por cuya simiente fue concebida. ¡Felices a quienes es lícito eso! El humano cuidado malignas leyes dio, y lo que la natura permite, envidiosos derechos niegan; empero, gentes hay —cuentan— entre los que la madre se une al hijo y la hija al padre, y crece la piedad con el amor duplicado. ¡Mísera de mí, que no nací allí y dañada soy por el azar del lugar! … si yo no fuera hija del magno Ciniras, con Ciniras acostarme podría … ¿Pero algo esperar más allá, puedes, virgen impía? ¿Y sientes cuántos derechos y nombres confundes? ¿Tú serás la rival de la madre, y del padre la adúltera? ¿Serás, tú, hermana de tu hijo y madre de tu hermano, llamada?



Naturaleza y cultura se ven así enfrentadas en este monólogo, pero la verdadera tragedia sobreviene por el hecho de que la transgresión es consumada: auxiliada por su nodriza y al amparo de la noche, Mirra se introducirá en el lecho paterno y quedará preñada. Descubierta más tarde por Ciniras y ante la amenaza de muerte vagará nueve meses antes de ser transformada por la piedad divina en un árbol cuyas lágrimas espesas nos recuerdan la miseria eterna de quien porta el nombre.
En su libro El erotismo (1957) George Bataille otorga a la transgresión un papel clave en la dinámica deseo-vida-muerte. Bataille menciona tres tipos de erotismo: el de los cuerpos, el de los corazones y el erotismo sagrado. En los tres está presente la búsqueda de una continuidad, un “más allá” de los cuerpos, del placer, de los límites, de las reglas, de sí mismo, que se sustenta precisamente en el poder de la transgresión. Un borramiento del límite y la ley que, como en el caso del deseo incestuoso de Mirra, conlleva la culpa y el castigo. Y para nosotros, la advertencia. Ya lo decía el propio Bataille al evaluar las lecciones de Sade para el hombre común: “lo que más violentamente nos subleva, está dentro de nosotros”.

Cuando el deseo se vuelve pecado

San Pablo hablaba de tres enemigos del género humano: la “libido sentiendi”, la “libido cognoscienti” y la “libido dominante”. Es decir, el deseo que provoca la concupiscencia de los sentidos, el deseo de conocimiento y el deseo de poder. Si se recuerda el episodio de Adán y Eva, el pecado original es la desobediencia. Y tras ella, la conciencia de la desnudez, la dimensión del cuerpo. En su Historia del diablo (FCE, 2002) Robert Muchembled señala que a partir del siglo XVI el sexo y en particular el sexo de la mujer, esa “boca glotona de los vicios”, fue objeto de culpabilización en toda Europa. Desnudas, rasuradas, las mujeres acusadas de brujería eran sometidas a un examen minucioso de sus órganos genitales, donde “el demonio se escondía mejor que en otras partes”. El llamado rostro “bajo la cola” del diablo, besado por sus seguidores, es un fantasma y un velo que representa los pecados y peligros asociados con las partes bajas del cuerpo. Se erigía así un mecanismo de reprobación de la animalidad del hombre a fin de exaltar el aspecto sagrado inherente a su creación. Un volumen de amplia difusión en Europa, Histoires tragiques (1559), con relatos aleccionadores sobre el lado oscuro de las pasiones humanas, tenía en su portada la figura de Satanás sobre un trono. Su cabeza de gato porta una tiara papal, su cuerpo corresponde al de una mujer de senos prominentes y miembros provistos de garras, y su sexo, visto de frente, representa una boca semihumana totalmente abierta, ejemplificando así la lubricidad felina de la mujer y su sexo demoníaco.
Para Muchembled, Europa conoció un verdadero “maremoto diabólico” en los siglos XVI y XVII: “Jamás la figura del Príncipe de las Tinieblas había tenido una importancia semejante en la representación imaginaria occidental… Algo importante había cambiado en lo más recóndito de las sociedades del Viejo Mundo. Atormentadas, angustiadas y desestabilizadas por fenómenos inauditos, como el descubrimiento de los pueblos de un continente ignorado o el terrible impacto de las Reformas, las sociedades buscaban un sentido para explicar la existencia humana y los peligros espantosos que la acechaban”. El deseo, sobre todo el de índole sexual, se ve satanizado por el miedo, su contraparte. Un mecanismo de personalización e interiorización del pecado generó una Europa de intolerancia, muy en particular, respecto a la libido de los sentidos y el cuerpo. El miedo a la transgresión y el castigo por la desobediencia confieren al deseo un aspecto destructivo, del que todo cristiano —católico o protestante— debe apartarse, controlando su parte animal, sus impulsos violentos y sexuales. En este contexto no son gratuitas la caza de brujas ni la frecuencia de casos de poseídos, ni la represión de la Reforma y la Contrarreforma. No fue sino hasta el surgimiento de los Estados nacionales rivales, el progreso de la ciencia y el flujo de las nuevas ideas que darían lugar a la Ilustración, que se generaría un cambio. Las sociedades del Viejo Continente comenzaron a alejarse de las nociones de temor a un diablo aterrador, en general, y al demonio de la carne, en particular. No de una manera homogénea pues, Polonia, por ejemplo, registró el 55% de las hogueras de brujería desde 1676 hasta 1735, y Hungría tuvo un rebrote tardío entre 1710-1750. Tampoco como un proceso continuo pues esa representación imaginaria que asocia al demonio con la carne y el deseo sigue siendo defendida, mantenida y difundida hasta nuestros días a través de la Iglesia y los sectores más conservadores. 
Baruch Spinoza, uno de los pocos filósofos que han hablado explícitamente del tema del deseo, menciona en su Ética (1677) que el deseo es “la esencia misma del hombre, es decir, un esfuerzo por medio del cual trata el hombre de perseverar en su ser”, un apetito que, al hacerse consciente de sí mismo, se vuelve liberador. Pero este deseo puede tener aspectos distorsionados o destructivos, que nacen de las pasiones tristes y que conducen al individuo a una menor perfección. O, por el contrario, surgen de las pasiones alegres que permiten un mayor conocimiento y la vitalidad de la acción. De esta manera, el sujeto, al hacer consciente el deseo y las pasiones, las transforma de fuerzas que producen pasividad y esclavitud en afectos esclarecidos por una razón apasionada. Pero qué lejos se encuentra el hombre spinoziano de la en-ajenación provocada por el capitalismo y la sociedad de consumo.
En Los siete pecados capitales (2005) Fernando Savater señala que nuestra sociedad de consumo nació en el siglo XVIII, y como dice el filósofo y médico británico Bernard de Mandeville en su obra Vicios privados, virtudes públicas (1714), “vive gracias a los vicios”. Desde entonces asistimos a la secularización escalonada de la satisfacción de los deseos en aras de intereses predominantemente económicos. De hecho, existe una industria cada vez más sofisticada para generar deseos y apetitos ficticios. Señala Omar Abboud, orientalista citado por Savater: “Estamos viviendo una época en la que muchos dicen no tener religión. Creo que pueden no tener creencias monoteístas o de cualquier otro tipo relacionado con dioses, pero sí tienen una gran religión: el capitalismo y el consumo llevados al paroxismo, como absolutos. Vivimos inmersos no en los pecados capitales, sino en los pecados del capitalismo”.
Sin duda, esta puesta en circulación de los deseos en aras del consumo va de la mano con la liberalización de la sexualidad y de los cuerpos a partir de la Revolución Industrial. En palabras de Foucault en Historia de la sexualidad:
Merced a una inversión que sin duda comenzó subrepticiamente hace mucho tiempo… hemos llegado ahora a pedir nuestra inteligibilidad a lo que durante tantos siglos fue considerado locura, la plenitud de nuestro cuerpo a lo que mucho tiempo fue su estigma y su herida, nuestra identidad a lo que se percibía como oscuro empuje sin nombre. De ahí la importancia que le prestamos, el reverencial temor con que lo rodeamos, la aplicación que ponemos en conocerlo. De ahí el hecho de que, a escala de los siglos, haya llegado a ser más importante que nuestra alma, más importante que nuestra vida; y de ahí que todos los enigmas del mundo nos parezcan tan ligeros comparados con ese secreto, minúsculo en cada uno de nosotros, pero cuya densidad lo torna más grave que cualesquiera otros. El pacto fáustico cuya tentación inscribió en nosotros el dispositivo de sexualidad es, de ahora en adelante, este: intercambiar la vida toda entera contra el sexo mismo, contra la verdad y soberanía del sexo. El sexo bien vale la muerte.
Vivir con la máxima intensidad, el desenfreno de los sentidos, seguir los propios impulsos e imaginación abiertos al campo de la experiencia más permisiva, son algunas de las improntas del culto a la personalidad y el hedonismo exacerbado de la sociedad posmoderna. Dice Lipovetsky en la Era del vacío (1983) que el universo de los objetos, de la publicidad, de los mass media, la vida cotidiana y el individuo ya no tienen un peso propio, han sido incorporados al proceso del consumo y de la obsolescencia más acelerada, formas de control de los poderes modernos que se dedican a producir y organizar lo que debe ser la vida de los grupos e individuos, hasta en sus deseos e intimidades.
“Muero porque no muero”, decía santa Teresa para hablar del inconmensurable deseo místico; “ardo en deseos” reconocía Mirra al confesar su pasión incestuosa; “sed a medias ondas tendremos”, declaraba el personaje femenino de Ifis en las Metamorfosis de Ovidio ante la imposibilidad de consumar su deseo ilícito por otra mujer. El deseo pulula como un significante de insatisfacción permanente que, como en su origen etimológico, apunta hacia lo inalcanzable, hacia un más allá de completud contradictorio y espejeante, exacerbado por los excesos de estos tiempos de hipermodernidad devastadora.