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5.11.2016

EL MUNDO


Si puedo evitar que un corazón se rompa...

Si puedo evitar que un Corazón se rompa
No viviré en vano

Si puedo aliviar el Dolor de una Vida
O calmar una Pena

Ayudar a un Petirrojo que desfallece
A regresar al Nido
No viviré en Vano

Emily Dickinson



EL JUICIO


Mucho más allá

¿Y si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?

¿Y qué?
¿Y qué me das a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?

¿A qué , a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida .
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados , este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
"¿es que yo soy? ¿ verdad que sí?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?".

Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.

Pues esto es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.

Alejandra Pizarnik


EL SOL


Conozco un sitio

Conozco un sitio
donde volver siempre que quieras, vida mía.
Donde casi siempre es primavera.
Sé de un lugar,
que es muy tranquilo
en donde reposar después del vuelo.

Vendrá el amor
y vendrá el llanto por la noche entera
y trenes que se irán
pese a la espera.
Vendrán los besos
y vendrá el miedo a estar desnudos.

Conozco un puerto,
que da abrigo a las naves que regresan
con el regusto amargo y duro de la derrota.
Conozco un puerto
de donde puedes zarpar cuando quieras.

Abre bien los ojos,
que este planeta tiene para ti mil maravillas.
Abraza a aquel que es diferente,
trata de entenderlo.
Pero comprende que
también hay lobos y también hay fieras.

Conozco un sitio
donde puedes volver cuando lo quieras, hija mía.
Y si volvieses y no me encontraras
no te pongas triste.
Pero piensa en mí
si ves el mar por la ventana.
Joan Isaac




LA LUNA


Luna de día

A dónde vas,
luna de día,
resbalando equívoca los horizontes.
A dónde vas,
pálida y fría.
A dónde vas,
luna de día,
luna de barro y soledad.

A dónde vas negando el sol,
qué oscuridades quieres rescatar,
en qué tapete negro probarás fortuna,
si en las esquinas no te dan voces
y en las cantinas no te reconocen,
luna.

A dónde vas,
de tapadillo,
huérfana de espejos y lentejuelas.
A dónde vas,
sin lazarillo.
A dónde vas,
de tapadillo,
llena y en vela.

Joan Manuel Serrat

LA ESTRELLA


Anaclara

Con un grafo
ella escribe en las paredes ”resistir”,
bufanda rojinegra por la espalda,
minifalda,
Anaclara.

Borra infancia
aprendiendo en bellas artes a crecer,
con pechos de rosales sin espinas,
agua marina,
Anaclara.

Es de agua
cuando el hijo se enamora de la sed
y si el niño le regala una amapola
llora sola,
Anaclara.

Nunca encuentra
porque busca siempre el modo de no hallar,
aunque sabe que lo nuevo se conquista,
anarquista,
Anaclara.

Si la hieren
de tan tierna tiene miedo de morir
y entonces pone espinas en las rosas,
temerosa,
Anaclara.

De mañana
va tejiendo los telares de la duda,
aún desnuda preguntándole al espejo
un consejo,
Anaclara.

Hospitales
que conocen la dulzura de sus manos,
los dolores con mirarla ya se olvidan,
fisiatría,
Anaclara.

Si el camino
Anaoscura siempre claro quieres ver,
nunca dejes,
Anaclara, tu locura compañera,
tu locura de palomas casi halcones,
tus pasiones,
Anaclara.

Daniel Viglietti


LA TORRE


Santorales

San Viernes es quizá el santo más promocionado, al menos entre las devociones populares. Uno de sus méritos es que no se venera una vez al año, como los otros santos, sino todas las semanas, menos la de su tocayo, Viernes Santo, y a veces también ahí. San Viernes es el patrono de todos aquellos que, agobiados por la supervivencia,trabajan, o descansan recibiendo un sueldo casi siempre de burócratas. Este santo tan querido y venerado permite aflojar corbatas, contar cachos no radiales, visitar sitios completamente profanos, romper con los deberes del esposo cristiano en tal estado de embrutecimiento que la conciencia no da cuenta de nada, y sobre todo, consumir cantidades de alcohol que harían ruborizarse a cualquier cosaco que se respete. Tambiénpermite que la gente muestre el amor que en el fondo de su ser siente por su país al cantar con voz enronquecida el vasto repertorio que las radios nacionales, debido a una vergonzante y en el fondo inexplicable falta de autoestima, solamente ponen en el aire entre diez y media de la noche y cinco de la mañana en días laborables, salvo honrosísimas excepciones que se podrían contar con los dedos de una mano, o de un pie. Y también ayuda a que se rompa por tandas de diez en diez la popular creencia que reza los hombres no lloran, pues entre el alcohol, la derrota del equipo favorito de fútbol, el recuerdo de la madre anciana o difunta, las frustraciones en general y el repertorio nacional puede haber quien se deshidrate fácilmente por vía ocular entre un viernes y un sábado cualquiera.

Lucrecia Maldonado









EL DIABLO


Mademoiselle Satán

Mademoiselle Satán, rara orquídea del vicio.
¿Por qué me hiciste di, de tu cuerpo regalo?
La señal de tus dientes llevo como un silicio
y en mi carne posesa del enemigo malo.
¿Por qué probó mi lengua el sabor de tu sexo
y el vino que la noche destilan tus pezones?
¿Por qué el vello que nace de tu vientre convexo
se erizó para mí con nuevas tentaciones?
¿Por qué se ha hundido en mis labios tu lengua venenosa
y se hollaron tus ojos con lúbrico signo?
Y cuando haces vibrar tu desnudez lechosa
pienso que debes ser la hembra del maligno.
Yo la he visto desnuda Señor, sí, yo la he visto.
Tembló y quedóse el alma eternamente muda;
prefiero a ese recuerdo los tres clavos de Cristo,
a la Cruz, antes que verla en mis noches, desnuda.
Señorita Satán, tú que todo lo puedes,
tus hombros, tu cadera que reclama el incienso,
tus suaves pies, tus brazos, son otras redes,
tendidas hacia el pobre corazón indefenso.
Me diste el dulce zumo de tu boca, el turbante
martirio de tus muslos, ceñiste mi cintura
y cuando fuimos presos del espasmo extenuante
tu enorme beso fue como una quemadura.
Eres la hembra única, lo mismo en el reposo
que en el sensual combate. Santa orquídea del vicio
hasta cuando torturas con tu cuerpo oloroso,
no hay placer en el mundo que iguale a aquel suplicio.
Satán, mujer que tienes un rubí en cada pecho,
tus verdes ojos lúbricos son siempre una asechanza,
tu desnudez que viene las noches a mi lecho,
para mi ciego olvido es tu mejor venganza.

Jorge Carrera Andrade


LA TEMPLANZA


Hombre azorado, con palabras a punto de llanto

Para Sebastián, mi hijo
Yo no amo en ti la carne, amo en ti el sentimiento,
amo tu ser ingenuo como una fuente pura;
amo la dulcedumbre de tu armonioso acento
y la tristeza inmensa de tu mirada oscura.

Como todos, yo también tuve a los quince años un deslumbramiento de res rumbo al matadero. Definitivamente, era más hueso que carne y no me gustaban las legumbres. Ese año, aprendí que puedes ver muchísimas cosas dentro de las personas que, cuando están obligadas a portarse así, asao y cocinao, no es posible notar de golpe y porrazo. Y, lo increíble, es que todo se descubre a través de las palabras. Es como si la palabra adecuada en el momento preciso fuera pedrada en ojo tuerto. No me lo dijo ella exactamente así, pero me lo enseñó con el gesto de aquella noche. A ella la conocían como Débora, ojos aceitunados y pelo de gringa gracias al agua oxigenada. Preciso, por ejemplo, es un adjetivo que suena a mecanismo de relojería antigua.
Lo del deslumbramiento comenzó en el instante de consultar a hurtadillas, en el diccionario de la biblioteca de mi colegio, el significado de hetaira, onanismo y venérea, un año atrás. Como se dice, y por las dudas, que quede claro que después aprendí a decir por mi propia cuenta y riesgo puta, paja y chancro. Sin sonrojarme. Supongo que para cuando comencé a decir con frecuencia lo que dije que decía, ya mi inocencia se había extraviado entre las aulas del colegio, los antros de Guayaquil, y las mujeres malas de la calle Salinas. Como ya se dieron cuenta, deslumbramiento y hurtadillas son dos palabras que me gustan. Uno las pronuncia y se escuchan elegantes, igual que un baile de fin de año y un beso en la oscuridad cómplice del cine.
Pero ya me fui por las ramas. No se me puede dejar hablar que cojo y me lanzo a charlar sobre un millón de cosas insustanciales. Antes no era así. Debe ser que tenía menos palabras. A ustedes, finalmente, lo que les interesa es aquello que motivó mi deslumbramiento, ¿verdad? Bueno, vuelvo a mi historia: entre los catorce y los quince, a pesar de las buenas notas escolares o creo que precisamente por ellas, yo todavía era medio tarado para la vida. Ya ven, no puedo evitar hablar de las palabras otra vez: buenas notas escolares. ¡Qué frase tan horrorosa! Parecería que me estoy preparando para ser ministro de Educación o alguna de esas adulteces por el estilo. De todos modos, creo que compensé cuando dije insustanciales que suena a clase de filosofía. Sigo:
Ustedes, que casi todo lo saben, también deben de saber que, como decía mi profe-de-lite, la ingenuidad es un adolescente que no encuentra qué hacer con las manos cuando habla en público. Debo reconocer que hoy, a los diecisiete, todavía sigo siendo medio tarado para la vida como la mayoría de los jóvenes, pero menos y, además, me doy cuenta de que soy etc. (lo que de por sí ya es un signo de tener en la cabeza algo más que un canguil por cerebro). Tienen que perdonarme la palabra jóvenes. No quise utilizar chicos porque me suena a niñería. En cambio, después de haber dicho jóvenes siento que me refiero a alguien más grande pero me retumba insufriblemente como retiro espiritual. Únicamente después de haberme informado más que novio en curso prematrimonial, decidí jugar a la ignorancia perversa del niño que le agarra la cola al gato para ver si se hace pipí. Perversa es una palabra inteligente. Con ella me imagino un cerebro lleno de sabiduría y maldad.
Fue una tarde de sofoco, en el febrero húmedo y lluvioso de Guayaquil, con el ruido de un ventilador de fondo, echado en el sofá, la cabeza sobre las piernas de mamá que estaba sentada apacible en la esquina del mueble sin saber que enseguida tendría un duelo crucial con la madurez. Con la mirada extraviada en el cielo raso y en el cerebro hirviendo las minifaldas de mis amigas de barrio, quise saber acerca de la llegada de los niños al mundo. Hice la pregunta con el tono exacto con el que debe hablar la inocencia según lo había aprendido en los manuales de educación sexual y con la estulticia que atravesaba mi cara ligeramente poblada de espinillas. Otra palabrita: estulticia. ¿Cómo les queda el ojo? ¡Esta sí que suena bien! Hay que decirla cuando uno cree que la estupidez está reconcentrada en algo o alguien.
Sí, ya sé. Ustedes me dirán que ya estaba bastante grandecito para andar haciendo esas preguntas cuya respuesta ya sabemos todos: definitivamente, los niños vienen de París. Oui. Pero no se olviden que para los padres, los hijos siempre seremos una especie de bebitos a los que les empiezan a crecer cosas con el tiempo. A unos barba. A otras, el culo. Estulticias. Además, nunca habíamos hablado del asunto y yo quería que lo hablásemos. Me molesta el silencio. He oído por ahí que el silencio es cosa de sabios. Pero yo no aprendo aún ese tipo de sabiduría. Aquella noche, sin proponérselo, Débora me enseñó cómo vencer el silencio y, desde entonces, para mí, las palabras son todo. Me pica la lengua y no puedo parar. Y claro, me pierdo, doy un vueltón para no más de decir algo tan simple. Me agoto pero sigo. Y sarna con gusto no pica. Y bueno, otra vez de regreso a lo que estaba contando:
Mi madre siempre ha sido sencilla como un libro de cocina pero nunca tan simple como los libros de catecismo. Tiene unos hermosos ojos color cielo agrisado. Cuando mira con tristeza es como esas tardes en las que se viene un chaparrón. Cuando sonríe, en cambio, parece un día de playa. No habló de París, de ningún repollo ni de todas esas combinaciones posibles por donde siempre terminan apareciendo Papá Noel o una cigüeña. Con recato y en voz baja, como ella suponía se debía de hablar de estas cosas, mezcló en partes iguales botánica, teología y contabilidad familiar al exponer la cuestión de la semillita, la maldición de parir con dolor y aquello de que cada bebé trae el pan bajo el brazo.
No sé si a lo mejor yo esperaba algo más directo y brutal. Pero con el desparpajo que tenemos los chicos me santigüé mezclando un cuarto de burla, otro de desilusión y dos de temores. De pronto me sentí huérfano. Hasta puedo decir que, si ya hubiera conocido a Débora, hubiese preferido sus palabras roncas. Sin saberlo, en ese momento tomé una decisión triste. Me dije a mí mismo que mamá jamás oiría de mis labios aquellas cosas que estrujarían mi corazón inédito a medida que se me engrosaran los músculos, la voz y la malicia. Cuando aprendí a usar la palabra inédito me di cuenta que toda la vida iba a tener en mi espíritu algo sin editar, algo nuevo, algo desconocido para los demás. Me he propuesto una misión en la tierra: descubrir lo inédito que llevan las personas adentro.
Lo peor de todo fue que no me quedó otra salida que entrar al taller casero en el que mi padre mataba su burocrático aburrimiento y la costumbre de los matrimonios que ya no conversan. No sé desde cuando papá y mamá repiten los gestos y las cosas pasan sin que crucen palabra alguna. Él levanta una ceja y mamá le sirve una taza de café. Ella suspira y papá se acerca y le toma la mano por un rato; después sigue leyendo el periódico. Nunca les he hablado de mi padre. Él es de tagua y cactus. Cuando quiere ser cariñoso me despeina y me pega puñetazos suaves en el hombro. Y cuando está furioso putea y, si es conmigo, me arrea un par de manotazos por donde caigan. Para ser exactos me arreaba. Nunca más desde que pasó lo que él cree que pasó. Cuando me presenté ante él lo hice dispuesto a lo que viniera.
¿Ustedes han visto al choro que es sostenido de la pretina por un policía que lo mete al interior del patrullero? Así estaba yo. Dicho sea paso, mi padre tiene un eterno cigarrillo negro y apestoso adherido a los labios a manera de apéndice, es más bien parco —algo que, pueden apostar sus cabezas, no he heredado— y parecía no haberse dado cuenta de que yo ya estaba crecidito. Sin duda alguna, adherido es otra buena palabra. Imagínense un recuerdo que se lleva adherido al corazón. Me figuro que esas son las cosas que a las personas nos duran para toda la vida.
Una mañana de sábado apacible me paré bajo el dintel de la puerta del taller. Si me hubiera visto en un espejo podría asegurarles ahora que la luz iluminó mi cuerpo convirtiéndolo en mitad ángel aparecido y mitad bravucón de barrio y, si tuviera el poder para ver en el interior profundo de la gente, les confirmaría que a mi padre le corrió un humor ardiente por toda la columna vertebral cuando me vio. Pero ni había espejo ni tengo visión de rayos X. Por eso, todo lo que les digo es cierto únicamente para mis ganas de charlar. Hasta hoy, solo una vez he permanecido más de un minuto en silencio. Fue con ella y me salvó la vida.
Dicen que los adolescentes llevamos nuestro cuerpo con mucha dificultad y que, en ocasiones, lo dejamos andar con la equivocada convicción de ser libres. Cuando entré al taller que me estuvo vedado desde que era niño ya no le encontré el misterioso atractivo que hasta dos años atrás ejercía. De golpe y porrazo comprobé que, sin darme cuenta, para mí el mundo se había reducido de tamaño. Algo vedado es aquello que a toda costa queremos hacer y no nos dejan. Mi lista personal de vedados es inmensa pero quiero que vean unos cuatro por lo menos para que se hagan una idea: manejar el carro de la familia (lo que resulta humillante a la hora de visitar a mis amigas: llegar en bicicleta no me hace precisamente un artista de cine), tomar cerveza (eso es nuevo: hasta hace un año, por ejemplo, no podía soportar su gustito amargo, pero ahora me fascina, solo que aquello sería motivo de otra plática), fumar en casa (ando repleto de caramelos de mentol), o tocarle las tetas a mi chica (siempre que lo intento me quita las manos sin mucha alarahaca pero con convicción).
Repetí la pregunta que días atrás hice a mamá. En el segundo cuando se la formulé a mi padre traté de darme aires de ayudante de profesor de biología al momento de pronunciar la palabra procreación. Quise sonar inteligente para no evidenciar que mi pecho reventaría en cualquier rato. Las palabras técnicas le dan a quien las dice un aire de sabiduría que para qué les cuento. Coyuntura, estupefaciente, megalómano. De todas formas, no es que me importara la respuesta que ya sabía. Lo que me importaba era haber tenido el coraje de preguntarle aquello a papá y, sobre todo, me interesaba escuchar la respuesta que me daría. Coraje tardío, si ustedes quieren, dados mis quince años. Pero cada cual se atreve a ciertas cosas en el momento que puede. Y esto también me lo dijo ella.
Yo ya sabía que por ningún suceso de este planeta mi padre apartaría el cigarrillo que semejaba una prolongación obscena de sus labios, pero creí percibir un ligero temblor en una de sus mejillas. Es increíble la cantidad de movimientos involuntarios que solemos hacer cuando nos ponemos nerviosos. Yo, por ejemplo, hago pucheros y pongo cara de desamparo. ¿Y ustedes? Antes de seguir con mi historia, hay algo que tengo que confesarles: para mí, obscena es una palabra verdaderamente obscena. Como un sueño húmedo. O, mejor, como una Playboy ojeada en grupo de a uno. La respuesta de mi padre emergió áspera, altisonante y definitiva:
—Chechiúl: en vez de estar preguntando pendejadas, lo que tú necesitas es hacerte hombre.
A esas alturas del partido, no me sorprendió la rudeza con la que mi padre sentenció el futuro próximo de mi vida. La verdad es que a los quince años nuestro pasado y nuestro futuro son como una veleta enloquecida y es muy difícil saber por dónde sopla el viento de la felicidad y por donde el de la desgracia. Lo que me provocó el primer retortijón de los muchos de aquel sábado fue comprobar que con el humo obligándolo a achinar los ojos y arrugar el rostro, mi padre quedaba exacto a esos duros de las películas de mafiosos. Recuerdo que ella me dijo cuando estuvimos juntos: “No importa la alegría ni la desdicha. Lo que importa es entregar siempre una parte de nuestra vida a la persona que amamos”. Creo que desde entonces tengo clara otra de las misiones que me he impuesto. Aunque suene melodramático —que es como decir un pan de dulce al que se le unta miel de abeja— pienso que hay que ser transparentes. No como fantasmas sino como el aire.
Desde el segundo en que mi padre me soltó tremenda piedra, el estómago ya no me dio tregua y multiplicó sus embestidas a medida que se acercaba la noche. Cómo no estaría de aturdido que comencé a sudar más que estibador del puerto. En la garganta se me instaló un trozo de plátano atravesado y en las orejas una brasa encendida. En definitiva, un edificio a punto de ser demolido hubiera estado más optimista que yo en aquel momento. La verdad es que cualquiera puede sentirse saludable frente a un muchacho que cuando lo lanzan de cabeza a la piscina no quiere que suceda lo que tantas veces, en la soledad masturbada de sus tardes, ha ansiado que pase. Ese muchacho, por supuesto, era yo. Y yo veía que lo que iba a pasar estaba más allá de las puras palabras. Que de todo eso iba a salir empapado y con frío. O sea, maullando peor que gato escaldado.
Muy a pesar del calendario, aquel sábado mi padre y yo nos vestimos de día domingo. Nos bañamos en colonia. Un poco más y ya apestábamos. Salimos juntos y yo temblaba en secreto, hacia adentro, sin dejar que él lo notara. Lo que, bien visto, es exactamente la forma suprema del miedo. Quienes nos hicieron creer que los años juveniles son un tesoro divino jamás hurgaron con prolijidad en el baúl de sus propias memorias. Ser hijo, a los quince años, es el infierno. No se pueden quejar con este asunto de las palabras. Hurgar y prolijo. No me van a negar que esas sí son palabras de arte mayor. La primera, por ejemplo, es como hacer un hueco en la playa soñando con encontrar una calavera escondida. La segunda, es el mismo hueco, pero hecho a la perfección. Es decir, hueco, calavera y mensaje de pirata.
Y otra vez me voy. Y otra vez regreso.
De aquella ocasión inaugural, no he olvidado uno solo de sus detalles. Hasta me di el trabajo de anotarlos en una de esas hojas que fungen de diario pero que después permenecen dobladas y guácharas, refundidas en esos cajones que acumulan inconstancias. Solo para que me crean: quedaron grabadas en mí la mirada cómplice de mi padre, la ropa barata que ella usaba, el olor a jabón de lavar que tenía el cuarto, el tétrico crujido de las gradas cansadas de tantas idas y venidas y —esto se lo cuento solo a ustedes y como un secreto— las enormes ganas de salir corriendo de aquella casa en dirección contraria. O, por lo menos, de encerrarme en un baño.
Pero ella no me dejó. Le dijo a mi padre que se fuera, que ella sabía cómo hacer su trabajo y que no quería interrupciones. Cuando nos quedamos solos, Débora me taladró el cuerpo con una mirada que parecía tener mil años de antigüedad. Ella me puso a temblar más que una visita al dentista. Se desnudó sin prisa pero era como si no estuviera en el cuarto sino en algún planeta lejano en el que yo no existía ni en la peor de sus pesadillas. De verdad: en ese momento tuve la sospecha de muerte que tienen las reses cuando las conducen al matadero y se dan cuenta de que ya no hay más pasto a su alrededor. Mi delgadez era un espantapájaros en el que se cagan las golondrinas. Y mi estómago, un concierto de retortijones. Taladrar, antes de que me olvide, es cuando te perforan hasta que te atraviesan el alma y tu cuerpo se convulsiona como si fuera un muñeco de caricatura electrocutado.
—Súbete, mi niño —y se acostó y se abrió.
Y entonces se me ocurrió ponerme a charlar. Le hablé de todo: le dije que estaba harto de mi voz repleta de sonidos desentonados que aparecían en el momento menos oportuno; le confesé que fumaba a escondidas y que podía hacer aritos de humo y le propuse encender un cigarrillo y enseñarle como se hacían; le platiqué sobre la mejor manera de agarrar las olas cuando el mar está picado y cómo caminar sobre las piedras de la playa sin resbalarse o herirse la planta de los pies; hasta —y esto todavía me da vergüenza— le recité un poema, escrito por un poeta de Manta, que yo sabía de memoria gracias a mi maestro de quinto grado. Justo después de que dije: hilaré en mi nostalgia el sol que se ha dormido, en la seda fragante de tu melena rubia, ella me puso con mucha suavidad su mano áspera en los labios y susurró:
—Yo también tuve miedo la primera vez. Pero no dije ni mú. Y eso que me dolía hasta la puta madre que me parió —desafiante, como si yo le hubiera estado tomando el pelo, añadió— Además, lo que dijiste no es un poema. Es un pasillo.
(Por favor, en este punto, ustedes y yo hagamos un minuto de silencio igual al que yo hice en aquel momento).
Suficiente.
Entonces fue su turno y habló como si hubiera estado callada durante toda su vida y yo fui una oreja de este tamaño para escuchar aquello que me contó y que jamás les comentaré. Después de todo, ése es mi gesto de reciprocidad al gesto que Débora tuvo conmigo aquella noche. Reciprocidad es cuando dos solitarios descubren la ternura. Sin que intente ser un chiste agrio que tengan que aguantar porque ya no les queda más, puesto que ya están al final de esta historia y se sabe que preso por mil, preso por mil quinientos y toda esa vaina, puedo decir que en el lecho de Débora aprendí todo lo relacionado con el sexo oral. O sea, todo lo que tiene que ver con llenar de palabras una cama cuando dos cuerpos desnudos se abrazan pero no quieren saber nada de copular.
Hoy, tengo algo más de músculo pero siguen sin gustarme las legumbres. Quién sabe por dónde andará Débora, si seguirá usando el mismo nombre de combate, si continuará con el pelo rubioxigenado, si nuevamente se habrá encerrado en su concha de silencio; pero en el recuerdo de aquella noche, ella permanece adherida a mí y hasta estaría dispuesto a ser vegetariano sólo por la verdura de sus ojos, como una vez leí escrito en alguna pared de la ciudad. Última opinión personal por si les interesa: copular es una palabra técnica muy poco estimulante como preludio amoroso.
Raúl Vallejo


LA MUERTE


Los enigmas

Yo que soy el que ahora está cantando
seré mañana el misterioso, el muerto,
el morador de un mágico y desierto
orbe sin antes ni después ni cuándo.

Así afirma la mística. Me creo
indigno del Infierno o de la Gloria,
pero nada predigo. Nuestra historia
cambia como las formas de Proteo.

¿Qué errante laberinto, qué blancura
ciega de resplandor será mi suerte,
cuando me entregue el fin de esta aventura

la curiosa experiencia de la muerte?
Quiero beber su cristalino Olvido,
ser para siempre; pero no haber sido.

Jorge Luis Borges



EL COLGADO


La mañana

Mis noches terminaron con una mañana. El día estaba feo. Llovía, y la lluvia golpeaba tristemente en mis cristajes. Mi cuarto estaba oscuro y el patio sombrío. La cabeza me dolía y me daba vueltas. La fiebre se iba adueñando de mi cuerpo.
-Carta para ti, señorito. El cartero la ha traído por correo interior --dijo Matryona inclinada sobre mí.
-¿Una carta? ¿De quien? -grité saltando de la silla.
-No tengo idea, señorito. Mira bien. Puede que esté escrito ahí.
Rompí el sello. Era de ella.

Perdone, perdóneme -me decía Nastenka-, de rodillas se lo pido, perdóneme. Le he engañado a usted y me he engañado a mí misma. Ha sido un sueño, una ilusión... ¡No puede imaginarse cómo le he echado de menos hoy! ¡Perdóneme, perdóneme!
No me culpe, porque en nada he cambiado con respecto a usted. Le dije que le amaría y ya le amo, y aún le amo más de la cuenta. ¡Ay, Dios mío! ¡Si fuera posible amarles a ustedes dos a la vez! ¡Ay, si fuera usted él!
¡Ay, si él fuera usted!» -me cruzó por la mente. ¿Recordé tus propias palabras, Nastenka?
¡Dios sabe lo que yo haría por usted ahora! Sé que está usted apesadumbrado y triste. Le he agraviado, pero ya sabe usted que quien ama no recuerda largo tiempo el agravio. Y usted me ama.
Le agradezco, sí, le agradezco a usted ese amor. Porque ha quedado impreso en mi memoria como un dulce sueño, un sueño de esos que uno recuerda largo rato después de despertar; siempre me acordaré del momento en que usted me abrió su corazón tan fraternalmente, en que tomó en prenda el mío, destrozado, para protegerlo, abrigarlo, curarlo... Si me perdona, mi recuerdo de usted llegará a ser un sentimiento de gratitud que nunca se borrará de mi alma... Guardaré ese recuerdo, le seré fiel, no le haré traición, no traicionaré mi propio corazón; es demasiado constante. Ayer se volvió al momento hacia aquél a quien ha pertenecido siempre. » Nos encontraremos, usted vendrá a vernos, no nos abandonará, será siempre mi amigo, mi hermano. Y cuando me vea me dará la mano... ¿verdad? Me la dará usted en señal de que me ha perdonado, ¿verdad? ¿Me querrá usted como antes?
Quiérame, sí, no me abandone, porque yo le quiero tanto en este momento... porque soy digna de su amor, porque lo mereceré... ¡mi muy querido amigo! La semana entrante nos casamos. Ha vuelto enamorado, nunca me olvidó. No se enfade usted porque hablo de él. Quisiera ir con él a verle a usted; usted le cobrará afecto, ¿verdad?
Perdónenos, y recuerde y quiera a su
Nastenka.

Leí varias veces la carta con lágrimas en los ojos. Por fin se me escapó de las manos y me cubrí la cara.
-¡Mira, mira, señorito! -exclamó Matryona.
-¿Qué pasa, vieja?
-Que he quitado todas las telarañas del techo. Ahora, cásate, invita a mucha gente, antes de que el techo se ensucie otra vez...
Miré a Matryona... Era todavía una vieja joven y vigorosa. Pero no sé por qué, de repente se me figuró apagada de vista, arrugada de piel, encorvada, decrépita. No sé por qué me pareció de pronto que mi cuarto envejecía al par que Matryona. Las paredes y los suelos perdían su lustre; todo se ajaba; las telarañas agrandaban su dominio. No sé por qué, cuando miré por la ventana, me pareció que la casa de enfrente también se deslustraba y se ajaba, que el estuco de sus columnas se desconchaba, se desprendía, que las cornisas se ennegrecían y agrietaban, y que las paredes se cubrían de manchas de un amarillo oscuro y chillón...
Quizá fuera un rayo de sol que, tras surgir de detrás de una nube preñada de lluvia, volvió a ocultarse de repente y lo oscureció todo a mis ojos. O quizá la perspectiva entera de mi futuro se dibujó ante mí tan sombría, tan melancólica, que me vi como soy efectivamente ahora, quince años después, como un hombre envejecido, que sigue viviendo en este mismo cuarto, tan solo como antes, con la misma Matryona, que no se ha despabilado nada en todos estos años.
¿Pero suponer que escribo esto para recordar mi agravio, Nastenka? ¿Para empañar tu felicidad clara y serena? ¿Para provocar con mis amargas quejas la angustia en tu corazón, para envenenarlo con secretos remordimientos y hacerlo latir con pena en el momento de tu felicidad? ¿Para estrujar una sola de esas tiernas flores con que adornaste tus negros rizos cuando te acercaste con él al altar ... ? ¡Ah, nunca, nunca! ¡Que brille tu cielo, que sea clara y serena tu sonrisa, que Dios te bendiga por el minuto de bienaventuranza y felicidad que diste a otro corazón solitario y agradecido!
¡Dios mío! ¡Sólo un momento de bienaventuranza! Pero, ¿acaso eso es poco para toda una vida humana?

Fyodor Dostoievsky


LA FUERZA


Peso ancestral

Tú me dijiste: no lloró mi padre;
tú me dijiste: no lloró mi abuelo;
no han llorado los hombres de mi raza,
eran de acero.

Así diciendo te brotó una lágrima
y me cayó en la boca: más veneno
yo no he bebido nunca en otro vaso
así pequeño.

Débil mujer, pobre mujer que entiende,
dolor de siglos conocí al beberlo.
Oh, el alma mía soportar no puede
todo su peso.
Alfonsina Storni



4.28.2016

LA RUEDA DE LA FORTUNA



Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.
¿Qué más quiere, qué más quiere? Atelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.
Julio Cortázar



EL ERMITAÑO


El ciego Jesús

El cuerpo, al despertar, mirando nuevamente el entibierse de la luz sobre la tierra, cabalga rumbo a esos cerros nublados, esas alturas densas, húmedas, con su manto de garúa, sus flores amarillas, su paja. El caballo hunde sus cascos en el lodazal, se detiene despatarrado, corcovea, relincha, recibe riendazos y picaduras de espuela. Tuerce las orejsa asustado, y de la neblina surge, nítido, el sonido lejano de un redoblante que avanza hacia él, rasgando el aire mojado y el viento. El que viene, advierte, es solo un viejo descalzo y rotoso, casi enano, que camina como ciego: tanteando con los pies cada piosada, digno y tranquilo, como si mirara con otros ojos, siempre más allá, castigando sin piedad a su tambor con dos ramas gastadas. "Y sé, no sabría cómo, que él sabe quién soy, y sé que es tan viejo como la misma tierra cuando él, acallando el tararán-tran-tran de su redoblante, atravesándole el cuerpo con unos inmensos ojos blancos, me da su sonrisa desdentada, maliciosa, me llama por mi primer nombre y hunde sus piernas hasta las rodillas en el lodo espeso". El caballo, asustad, relinchando, esquiva un intento de caricia del viejo ciego sobre las crines. Y el viejo se queda rascando el aire y sonriendo, alargando hacia el viento y la llovizna de sus dedos de uñas larguísimas y sucias, mientras el caballo, casi aterrorizado, enloquecido, gana con sus cascos terreno firme e intenta huir a la carrera, desbocado y tembloroso. "Y yo no sé, persignándome, si el viejo sea una mala visión, un alma en pena que vaga en este páramo por los siglos de los siglos. Peor su sonrisa es mansa y su pobreza le hace a uno confiar en él. Saco un sol de plata de mi faltriquera y se lo tiro sobre el tambor. El viejo besa el dedo gordo de su mano derecha y me agradece diciendo mi nombre. Yo, admirándome, le pregunto cómo puede saber mi nombre, aquí, tan lejos de los lugares donde soy conocido. Te vi venir, Naún, me dice con unas palabras sin eses por la falta de dientes, con una voz mellada, insegura por los años. Yo conozo todos los nombres y todos los caminos, Naún, me dice, y estoy en todas partes, en el aire, el agua, la tierra y hasta en tu corazón y tus sesos estoy, Naún. Viví, y morí, y resucité, pero ahora ando sin tiempo y mi edad es la del propio mundo. Y le miro las ciatrices secas, viejísimas sobre las manos, deformaciones de golpes antiguos en la nariz y las mejillas, sangre reseca en las barbas blancas, ralas. Sé cómo sois y cómo vives, me dice guardándose el sol que le regalé en un pañuelito mugroso y anudado. Y sé también que aquí cerca viven unos hombres que hacen lo que vos para poder vivir. Y sé que te estarán aguardando y querrán matarte para robar tu gran caballo y la plata que llevas. Pero no tengas miedo, diles mi nombre nada más, diles que el ciego Jesús habló con vos". Embrrado, dándole las espaldas, recibiendo el golpeteo de la garúa sobre su sombrero desteñido y su poncho en hilachas, se aleja camino abajo, perdiéndose en el ancho murallón de la neblina, volviendo a sonar su redoblante.

Eliécer Cárdenas 


JUSTICIA



Hazme justicia señor (salmo 25) 

Hazme justicia Señor
porque soy inocente
Porque he confiado en ti
y no en los líderes
Defiéndeme en el Consejo de Guerra
defiéndeme en el Proceso de testigos falsos
y falsas pruebas

No me siento con ellos en sus mesas redondas
ni brindo en sus banquetes
No pertenezco a sus organizaciones
ni estoy en sus partidos
ni tengo acciones en sus compañías
ni son mis socios

Lavaré mis manos entre los inocentes
y estaré alrededor de tu altar Señor

No me pierdas con los políticos sanguinarios
en cuyos cartapacios no hay más que el crimen
y cuyas cuentas bancarias están hechas de sobornos

No me entregues al Partido de los hombres inicuos
¡Libértame Señor!
Y bendeciré en nuestra comunidad al Señor
en nuestras asambleas.

Ernesto cardenal

EL CARRO


Aquiles y Héctor

Los troyanos, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en los hermosos baluartes, refrigeraban el sudor y bebían para apagar la sed; y en tanto los aqueos se iban acercando a la muralla, con los escudos levantados encima de los hombros. La Parca funesta sólo detuvo a Héctor para que se quedara fuera de Ilio, en las puertas Esceas. Y Febo Apolo dijo al Pelión:
‑¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz carre­ra, siendo tú mortal, a un dios inmortal? Aún no conociste que soy una deidad, y no cesa to deseo de alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear con los troyanos, a quienes pusiste en fuga; y éstos han entrado en la población, mientras to extraviabas viniendo aquí. Pero no me matarás, porque el hado no me condenó a morir.
Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies li­geros:
‑¡Oh tú, que hieres de lejos, el más funesto de todos los dioses! Me engañaste, trayéndome acá desde la muralla, cuando todavía hubieran mordido muchos la tierra antes de llegar a Ilio. Me has privado de alcanzar una gloria no pe­queña, y has salvado con facilidad a los troyanos, porque no temías que luego me vengara. Y ciertamente me vengaría de ti, si mis fuerzas to permitieran.
Dijo y, muy alentado, se encaminó apresuradamente a la ciudad; como el corcel vencedor en la carrera de carros trota veloz por el campo, tan ligeramente movía Aquiles pies y rodillas.
EI anciano Príamo fue el primero que con sus propios ojos le vio venir por la llanura, tan resplandeciente como el astro que en el otoño se distingue por sus vivos rayos en­tre muchas estrellas durante la noche obscura y recibe el nombre de “perro de Orión”, el cual con ser brillantísimo constituye una señal funesta porque trae excesivo calor a los míseros mortales; de igual manera centelleaba el bron­ce sobre el pecho del héroe, mientras éste corría. Gimió el viejo, golpeóse la cabeza con las manos levantadas y profi­rió grandes voces y lamentos, dirigiendo súplicas a su hijo. Héctor continuaba inmóvil ante las puertas y sentía vehe­mence deseo de combatir con Aquiles. Y el anciano, ten­diéndole los brazos, le decía en tono lastimero:
‑¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y lejos de los amigos, a ese hombre, para que no mueras presto a manos del Pelión, que es mucho más vigoroso. ¡Cruel! Así fuera tan caro a los dioses, como a mí: pronto se lo comerían, tendi­do en el suelo, los perros y los buitres, y mi corazón se li­braría del terrible pesar. Me ha privado de muchos y valientes hijos, matando a unos y vendiendo a otros en remotas islas. Y ahora que los troyanos se han encerrado en la ciudad, no acierto a ver a mis dos hijos Licaón y Polidoro, que parió La­ótoe, ilustre entre las mujeres. Si están vivos en el ejército, los rescataremos con bronce y oro, que todavía to hay en el palacio; pues a Laótoe la dotó espléndidamente su anciano padre, el ínclito Altes. Pero, si han muerto y se hallan en la morada de Hades, el mayor dolor será para su madre y para mí que los engendramos; porque el del pueblo durará me­nos, si no mueres tú, vencido por Aquiles. Ven adentro del muro, hijo querido, para que salves a los troyanos y a las tro­yanas; y no quieras procurar inmensa gloria al Pelida y per­der tú mismo la existencia. Compadécete también de mí, de este infeliz y desgraciado que aún conserva la razón; pues el padre Cronida me quitará la vida en la senectud y con acia­ga suerte, después de presenciar muchas desventuras: muer­tos mis hijos, esclavizadas mis hijas, destruidos los tálamos, arrojados los niños por el suelo en el terrible combate y las nueras arrastradas por las funestas manos de los aqueos. Y cuando, por fin, alguien me deje sin vida los miembros, hi­riéndome con el agudo bronce o con arma arrojadiza, los vo­races perros que con comida de mi mesa crié en el palacio para que lo guardasen despedazarán mi cuerpo en la puerta exterior, beberán mi sangre, y, saciado el apetito, se tende­rán en el pórtico. Yacer en el suelo, habiendo sido atravesa­do en la lid por el agudo bronce, es decoroso para un joven, y cuanto de él pueda verse todo es bello, a pesar de la muer­te; pero que los perros destrocen la cabeza y la barba enca­necidas y las panes verendas de un anciano muerto en la guerra es to más triste de cuanto les puede ocurrir a los mí­seros mortales.
Así se expresó el anciano, y con las manos se arranca­ba de la cabeza muchas canas, pero no logró persuadir a Héc­tor. La madre de éste, que en otro sitio se lamentaba llorosa, desnudó el seno, mostróle el pecho, y, derramando lágrimas, dijo estas aladas palabras:
‑¡Héctor! ¡Hijo mío! Respeta este seno y apiádate de mí. Si en otro tiempo te daba el pecho para acallar tu lloro, acuér­date de tu niñez, hijo amado; y penetrando en la muralla, re­chaza desde la misma a ese enemigo y no salgas a su encuentro. ¡Cruel! Si te mata, no podré llorarte en tu lecho, querido pimpollo a quien parí, y tampoco podrá hacerlo tu rica esposa, porque los veloces perros te devorarán muy le­jos de nosotras, junto a las naves argivas.
De esta manera Príamo y Hécuba hablaban a su hijo, llo­rando y dirigiéndole muchas súplicas, sin que lograsen per­suadirle, pues Héctor seguía aguardando a Aquiles, que ya se acercaba. Como silvestre dragón que, habiendo comido hier­bas venenosas, espera ante su guarida a un hombre y con fe­roz cólera echa terribles miradas y se enrosca en la entrada de la cueva, así Héctor, con inextinguible valor, permanecía quieto, desde que arrimó el terso escudo a la torre prominente. Y gimiendo, a su magnánimo espíritu le decía:
‑¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro, el pri­mero en dirigirme baldones será Polidamante, el cual me aconsejaba que trajera el ejército a la ciudad la noche funes­ta en que el divinal Aquiles decidió volver a la pelea. Pero yo no me dejé persuadir ‑mucho mejor hubiera sido acep­tar su consejo‑‑, y ahora que he causado la ruina del ejérci­to con mi imprudencia temo a los troyanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, y que alguien menos valiente que yo exclame: «Héctor, fiado en su pujanza, perdió las tropas». Así hablarán; y preferible fuera volver a la población después de matar a Aquiles, o morir gloriosamente delante de ella. ¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyando la pica contra el muro, saliera al encuen­tro del irreprensible Aquiles, le dijera que permitía a los Atri­das llevarse a Helena y las riquezas que Alejandro trajo a Ilio en las cóncavas naves, que esto fue to que originó la guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de lo que la ciu­dad contiene; y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formarian dos lotes con cuantos bie­nes existen dentro de esta hermosa ciudad?… Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? No, no iré a su­plicarle; que, sin tenerme compasión ni respeto, me mataría inerme, como a una mujer, tan pronto como dejara las armas. Imposible es mantener con él, desde una encina o desde una roca, un coloquio, como un mancebo y una doncella; como un mancebo y una dondella suelen mantener. Mejor será em­pezar el combate cuanto antes, para que veamos pronto a quién el Olímpico concede la victoria.
Tales pensamientos revolvía en su mente, sin mover­se de aquel sitio, cuando se le acercó Aquiles, igual a Enia­lio, el impetuoso luchador, con el terrible fresno del Pelión sobre el hombro derecho y el cuerpo protegido por el bron­ce que brillaba como el resplandor del encendido fuego o del sol naciente. Héctor, al verlo, se puso a temblar y ya no pudo permanecer allí; sino que dejó las puertas y huyó es­pantado. Y el Pelida, confiando en sus pies ligeros, corrió en seguimiento del mismo. Como en el monte el gavilán, que es el ave más ligera, se lanza con fácil vuelo tras la tímida paloma, ésta huye con tortuosos giros y aquél la sigue de cerca, dando agudos graznidos y acometiéndola repetidas ve­ces, porque su ánimo le incita a cogerla, así Aquiles volaba enardecido y Héctor movía las ligeras rodillas huyendo azo­rado en torno de la muralla de Troya. Corrían siempre por la carretera, fuera del muro, dejando a sus espaldas la atala­ya y el lugar ventoso donde estaba el cabrahígo; y llegaron a los dos cristalinos manantiales, que son las fuentes del Es­camandro voraginoso. El primero tiene el agua caliente y lo cubre el humo como si hubiera allí un fuego abrasador; el agua que del segundo brota es en el verano como el grani­zo, la fría nieve o el hielo. Cerca de ambos hay unos lava­deros de piedra, grandes y hermosos, donde las esposas y las bellas hijas de los troyanos solían lavar sus magníficos vestidos en tiempo de paz, antes que llegaran los aqueos. Por a11í pasaron, el uno huyendo y el otro persiguiéndolo: delante, un valiente huía, pero otro más fuerte le perseguía con ligereza; porque la contienda no era por una víctima o una piel de buey, premios que suelen darse a los vencedo­res en la carrera, sino por la vida de Héctor, domador de ca­ballos. Como los solípedos corceles que tomán parte en los juegos en honor de un difunto corren velozmente en torno de la meta donde se ha colocado como premio importante un trípode o una mujer, de semejante modo aquéllos dieron tres veces la vuelta a la ciudad de Príamo, corriendo con li­gera planta. Todas las deidades los contemplaban. Y Zeus, padre de los hombres y de los dioses, comenzó a decir:
‑¡Oh dioses! Con mis ojos veo a un caro varón perse­guido en torno del muro. Mi corazón se compadece de Héc­tor, que tantos muslos de buey ha quemado en mi obsequio en las cumbres del Ida, en valles abundoso, y en la ciuda­dela de Troya; y ahora el divino Aquiles le persigue con sus ligeros pies en derredor de la ciudad de Príamo. Ea, delibe­rad, oh dioses, y decidid si lo salvaremos de la muerte ó de­jaremos que, a pesar de ser esforzado, sucumba a manos del Pelida Aquiles.
Respondióle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
‑¡Oh padre, que lanzas el ardiente rayo y amontonas las nubes! ¿Qué dijiste? ¿De nuevo quieres librar de la muer­te horrísona a ese hombre mortal, a quien tiempo ha que el hado condenó a morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.
Contestó Zeus, que amontona las nubes:
Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno, pero contigo quiero ser complaciente. Obra conforme a tus deseos y no desistas.
Con tales voces instigóle a hacer lo que ella misma de­seaba, y Atenea bajó en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo.
Entre canto; el veloz Aquiles perseguía y estrechaba sin cesar a Héctor. Como el perro va en el monte por valles y cues­tas tras el cervatillo que levantó de la cama, y, si éste se es­conde, azorado, debajo de los arbustos, corre aquél rastreando hasta que nuevamente lo descubre; de la misma manera, el Pelión, de pies ligeros, no perdía de vista a Héctor. Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse a las puertas Darda­nias, al pie de las tomes bien construidas, por si desde arriba le socorrían disparando flechas; otras tantas Aquiles, adelan­tándosele, lo apartaba hacia la llanura, y aquél volaba sin des­canso cerca de la ciudad. Como en sueños ni el que persigue puede alcanzar al perseguido, ni éste huir de aquél; de igual manera, ni Aquiles con sus pies podía dar alcance a Héctor, ni Héctor escapar de Aquiles. ¿Y cómo Héctor se hubiera li­brado entonces de las Parcas de la muerte que le estaba des­tinada, si Apolo, acercándosele por la postrera y última vez, no le hubiese dado fuerzas y agilizado sus rodillas?
El divino Aquiles hacía con la cabeza señales negativas a los guerreros, no permitiéndoles disparar amargas flechas contra Héctor: no fuera que alguien alcanzara la gloria de he­rir al caudillo y él llegase el segundo. Mas cuando en la cuar­ta vuelta llegaron a los manantiales, el padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en la misma dos suertes de la muerte que tiende a lo largo ‑la de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos‑, cogió por el medio la balanza, la desplegó, y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió hasta el Hades. Al instante Febo Apolo desamparó al troyano. Atenea, la diosa de ojos de lechuza, se acercó al Pelión, y le dijo es­tas aladas palabras:
‑Espero, oh esclarecido Aquiles, caro a Zeus, que nosotros dos procuraremos a los aqueos inmensa gloria, pues al volver a las naves habremos muerto a Héctor, aunque sea infatigable en la batalla. Ya no se nos puede escapar, por más cosas que haga Apolo, el que hiere de lejos, postrán­dose a los pies del padre Zeus, que lleva la égida. Párate y respira; a iré a persuadir a Héctor para que luche contigo frente a frente.
Así habló Atenea. Aquiles obedeció, con el corazón ale­gre, y se detuvo en seguida, apoyándose en el arrimo de la pica de asta de fresno y broncínea punta. La diosa dejóle y fue a encontrar al divino Héctor. Y tomando la figura y la voz infatigable de Deífobo, llegóse al héroe y pronunció estas ala­das palabras:
‑¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el veloz Aqui­les, persiguiéndote con ligero pie alrededor de la ciudad de Príamo. Ea, detengámonos y rechacemos su ataque.
Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco:
‑¡Deífobo! Siempre has sido para mí el hermano pre­dilecto entre cuantos somos hijos de Hécuba y de Príamo, pero desde ahora hago cuenta de tenerte en mayor aprecio, porque al verme con tus ojos osaste salir del muro y los de­más han permanecido dentro.
Contestó Atenea, la diosa de ojos de lechuza
.‑¡Mi buen hermano! El padre, la venerable madre y los amigos abrazábanme las rodillas y me suplicaban que me quedara con ellos ‑¡de tal modo tiemblan todos!‑, pero mi ánimo se sentía atormentado por grave pesar. Ahora pelee­mos con brio y sin dar reposo a la pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva nuestros sangrientos despojos a las cóncavas naves, o sucumbe vencido por to lanza.
Así diciendo, Atenea, para engañarlo, empezó a cami­nar. Cuando ambos guerreros se hallaron frente a frente, dijo el primero el gran Héctor, el de tremolante casco:
‑No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta aho­ra. Tres veces di la vuelta, huyendo, en torno de la gran ciu­dad de Príamo, sin atreverme nunca a esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me impele a afrontarte, ora te mate, ora me mates tú. Ea, pongamos a los dioses por testigos, que se­rán los mejores y los que más cuidarán de que se cumplan nuestros pactos: Yo no te insultaré cruelmente, si Zeus me concede la victoria y logro quitarte la vida; pues tan luego como te haya despojado de las magníficas armas, oh Aqui­les, entregaré el cadáver a los aqueos. Pórtate tú conmigo de la misma manera.
Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
‑¡Héctor, a quien no puedo olvidar! No me hables de convenios. Como no es posible que haya fieles alianzas entre los leones y los hombres, ni que estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino que piensan continuamente en causarse daño unos a otros, tampoco puede haber entre nosotros ni amistad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos y sacie de sangre a Ares, infatigable combatiente. Revístete de toda cla­se de valor, porque ahora te es muy preciso obrar como be­licoso y esforzado campeón. Ya no te puedes escapar. Palas Atenea te hará sucumbir pronto, herido por mi lanza, y pa­garás todos juntos los dolores de mis amigos, a quienes ma­taste cuando manejabas furiosamente la pica.
En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El esclarecido Héctor, al verla venir, se inclinó para evitar el gol­pe: clavóse la broncínea lanza en el suelo, y Palas Atenea la arrancó y devolvió a Aquiles, sin que Héctor, pastor de hom­bres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al eximio Pelión:
‑¡Erraste el golpe, oh Aquiles, semejante a los dioses! Nada te había revelado Zeus acerca de mi destino, como afir­mabas; has sido un hábil forjador de engañosas palabras, para que, temiéndote, me olvidara de mi valor y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en la espalda, huyendo de ti: atravié­same el pecho cuando animoso y frente a frente to acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza. ¡Ojalá que toda ella penetrara en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los troyanos, si tú murieses; porque eres su mayor azote.
Así habló; y, blandiendo la ingente lanza, despidióla sin errar el tiro, pues dio un bote en medio del escudo del Peli­da. Pero la lanza fue rechazada por la rodela, y Héctor se irri­tó al ver que aquélla había sido arrojada inútilmente por su brazo; paróse, bajando la cabeza, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó a Deífobo, el de luciente escu­do, y le pidió una larga pica. Deífobo ya no estaba a su lado. Entonces Héctor comprendiólo todo, y exclamó:
‑¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte. Creía que el héroe Deífobo se hallaba conmigo, pero está dentro del muro, y fue Atenea quien me engañó. Cercana tengo la per­niciosa muerte, que ni tardará, ni puedo evitarla. Así les ha­brá placido que sea, desde hace tiempo, a Zeus y a su hijo, el que hiere de lejos; los cuales, benévolos para conmigo, me salvaban de los peligros. Ya la Parca me ha cogido. Pero no quisiera morir cobardemente y sin gloria, sino realizando algo grande que llegara a conocimiento de los venideros.
Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuer­te, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se arrojó como el águila de alto vuelo se lanza a la llanura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla o la tímida liebre; de igual manera arremetió Héctor, blandiendo la agu­da espada. Aquiles embistióle, a su vez, con el corazón re­bosante de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo labrado, y movía el luciente casco de cuatro abolla­duras, haciendo ondear las bellas y abundantes crines de oro que Hefesto había colocado en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero más hermoso de cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas en la obscuridad de la noche, de tal modo brillaba la pica de larga punta que en su diestra blandía Aquiles, mientras pensaba en causar daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la ex­celente armadura de bronce que quitó a Patroclo después de matarlo, y sólo quedaba descubierto el lugar en que las cla­vículas separan el cuello de los hombros, la garganta que es el sitio por donde más pronto sale el alma: por a11í el divino Aquiles envasóle la pica a Héctor, que ya lo atacaba, y la pun­ta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el garguero con la pica de fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera hablar algo y responder­le. Héctor cayó en el polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo, diciendo:
‑¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me temiste a mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mu­cho más fuerte que él, en las cóncavas naves, y te he que­brado las rodillas. A ti los perros y las aves te despedazarán ignominiosamente, y a Patroclo los aqueos le harán honras fúnebres.
Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolan­te casco: 
‑Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus pa­dres: ¡No permitas que los perros me despedacen y devoren junto a las naves aqueas! Acepta el bronce y el oro que en abundancia te darán mi padre y mi veneranda madre, y en­trega a los míos el cadáver para que lo lleven a mi casa, y los troyanos y sus esposas lo entreguen al fuego.
Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies ligeros:
‑No me supliques, ¡perro!, por mis rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el coraje me incitaran a cortar tus car­nes y a comérmelas crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie podrá apartar de tu cabeza a los perros, aunque me traigan diez o veinte veces el debido rescate y me prometan más, aunque Príamo Dardánida ordene redimirte a peso de oro; ni, aun así, la veneranda madre que te dio a luz te pon­drá en un lecho para llorarte, sino que los perros y las aves de rapiña destrozarán to cuerpo.
Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco:
‑Bien lo conozco, y no era posible que te persuadie­se, porque tienes en el pecho un corazón de hierro. Guár­date de que atraiga sobre ti la cólera de los dioses, el día en que Paris y Febo Apolo te darán la muerte, no obstante tu valor, en las puertas Esceas.
Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los miembros y descendió al Ha­des, llorando su suerte, porque dejaba un cuerpo vigoro­so y joven. Y el divino Aquiles le dijo, aunque muerto lo viera:
‑¡Muere! Y yo recibiré la Parca cuando Zeus y los demás dioses inmortales dispongan que se cumpla mi des­tino.
Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y, deján­dola a un lado, quitóle de los hombros las ensangrentadas armas. Acudieron presurosos los demás aqueos, admiraron todos el continente y la arrogante figura de Héctor y ningu­no dejó de herirlo. Y hubo quien, contemplándole, habló así a su vecino:
‑¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando en dejarse palpar que cuando incendió las naves con el ardien­te fuego.
Así algunos hablaban, y acercándose to herían. El divi­no Aquiles, ligero de pies, tan pronto como hubo despojado el cadáver, se puso en medio de los aqueos y pronunció es­tas aladas palabras:
‑¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Ya que los dioses nos concedieron vencer a ese guerrero que causó mucho más daño que todos los otros juntos, ea, sin de­jar las armas cerquemos la ciudad para conocer cuál es el pro­pósito de los troyanos: si abandonarán la ciudadela por haber sucumbido Héctor, o se atreverán a quedarse todavía a pe­sar de que éste ya no existe. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? En las naves yace Patroclo muerto, insepulto y no llorado; y no lo olvidaré, mientras me halle entre los vivos y mis rodillas se muevan; y si en el Hades se olvida a los muertos, aun a11í me acordaré del compañero amado. Ahora, ea, volvamos cantando el peán a las cónca­vas naves, y llevémonos este cadáver. Hemos ganado una gran victoria: matamos al divino Héctor, a quien dentro de la ciudad los troyanos dirigían votos cual si fuese un dios.
Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino Héctor, le horadó los tendones de detrás de ambos pies desde el to­billo hasta el talón; introdujo correas de piel de buey, y lo ató al carro, de modo que la cabeza fuese arrastrando; lue­go, recogiendo la magnífica armadura, subió y picó a los ca­ballos para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Gran polvareda levantaba el cadáver mientras era arrastrado; la ne­gra cabellera se esparcía por el suelo, y la cabeza, antes tan graciosa, se hundía toda en el polvo; porque Zeus la entre­gó entonces a los enemigos, para que allí, en su misma pa­tria, la ultrajaran.
Así toda la cabeza de Héctor se manchaba de polvo. La madre, al verlo, se arrancaba los cabellos; y, arrojando de sí el blanco velo, prorrumpió en tristísimos sollozos. El padre suspiraba lastimeramente, y alrededor de él y por la ciudad el pueblo gemía y se lamentaba. No parecía sino que toda la excelsa Ilio fuese desde su cumbre devorada por el fuego. Los guerreros apenas podían contener al anciano, que, exci­tado por el pesar, quería salir por las puertas Dardanias; y, revolcándose en el estiércol, les suplicaba a todos llamando a cada varón por sus respectivos nombres:
‑Dejadme, amigos, por más intranquilos que estéis; permitid que, saliendo solo de la ciudad, vaya a las naves aqueas y ruegue a ese hombre pernicioso y violento: acaso respete mi edad y se apiade de mi vejez. Tiene un padre como yo, Peleo, el cual le engendró y crió para que fuese una pla­ga de los troyanos; pero es a mí a quien ha causado más pe­sares. ¡A cuántos hijos míos mató, que se hallaban en la flor de la juventud! Pero no me lamento tanto por ellos, aunque su suerte me haya afligido, como por uno cuya pérdida me causa el vivo dolor que me precipitará en el Hades: por Héc­tor, que hubiera debido morir en mis brazos, y entonces nos hubiésemos saciado de llorarle y plañirle la infortunada ma­dre que le dio a luz y yo mismo.
Así habló llorando, y los ciudadanos suspiraron. Y Hé­cuba comenzó entre las troyanas el funeral lamento:
‑¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué, después de haber padecido terribles penas, seguiré viviendo ahora que has muerto tú? Día y noche eras en la ciudad motivo de or­gullo para mí y el baluarte de todos, de los troyanos y de las troyanas, que to saludaban como a un dios. Vivo, constituí­as una excelsa gloria para ellos; pero ya la muerte y la Parca to alcanzaron.
Así dijo llorando. La esposa de Héctor nada sabía, pues ningún veraz mensajero le llevó la noticia de que su marido se quedara fuera de las puertas; y en lo más hondo del alto palacio tejía una tela doble y purpúrea, que adornaba con la­bores de variado color. Había mandado en su casa a las es­clavas de hermosas trenzas que pusieran al fuego un trípode grande, para que Héctor se bañase en agua caliente al volver de la batalla. ¡Insensata! Ignoraba que Atenea, la de ojos de lechuza, le había hecho sucumbir muy lejos del baño a manos de Aquiles. Pero oyó gemidos y lamentaciones que venían de la torre, estremeciéronse sus miembros, y la lan­zadera le cayó al suelo. Y al instante dijo a las esclavas de hermosas trenzas:
‑Venid, seguidme dos; voy a ver qué ocurre. Oí la voz de mi venerable suegra; el corazón me salta en el pecho ha­cia la boca y mis rodillas se entumecen: algún infortunio ame­naza a los hijos de Príamo. ¡Ojalá que tal noticia nunca llegue a mis oídos! Pero mucho temo que el divino Aquiles haya se­parado de la ciudad a mi Héctor audaz, le persiga a él solo por la llanura y acabe con el funesto valor que siempre tuvo; porque jamás en la batalla se quedó entre la turba de los com­batientes, sino que se adelantaba mucho y en bravura a na­die cedía.
Dicho esto, salió apresuradamente del palacio como una loca, palpitándole el corazón, y dos esclavas la acompa­ñaron. Mas, cuando llegó a la torre y a la multitud de gente que a11í se encontraba, se detuvo, y desde el muro registró el campo; en seguida vio a Héctor arrastrado delante de la ciu­dad, pues los veloces caballos lo arrastraban despiadada­mente hacia las cóncavas naves de los aqueos; las tinieblas de la noche velaron sus ojos, cayó de espaldas y se le des­mayó el alma. Arrancóse de su cabeza los vistosos lazos, la diadema, la redecilla, la trenzada cinta y el velo que la áurea Afrodita le había dado el día en que Héctor se la llevó del palacio de Eetión, constituyéndole una gran dote. A su alre­dedor hallábanse muchas cuñadas y concuñadas suyas, las cuales la sostenían aturdida como si fuera a perecer. Cuando volvió en sí y recobró el aliento, lamentándose con descon­suelo dijo entre las troyanas:
‑¡Héctor! ¡Ay de mí, infeliz! Ambos nacimos con la misma suerte, tú en Troya, en el palacio de Príamo; yo en Teba, al pie del selvoso Placo, en el alcázar de Eetión, el cual me crió cuando niña para que fuese desventurada como él. ¡Ojalá no me hubiera engendrado! Ahora tú desciendes a la mansión de Hades, en el seno de la tierra, y me dejas en el palacio viuda y sumida en triste duelo. Y el hijo, aún infante, que engendramos tú y yo, infortunados… Ni tú serás su amparo, oh Héctor, pues has fallecido; ni él el tuyo. Si esca­pa con vida de la luctuosa guerra de los aqueos, tendrá siem­pre fatigas y pesares; y los demás se apoderarán de sus campos, cambiando de sitio los mojones. El mismo día en que un niño queda huérfano, pierde todos los amigos; y en ade­lante va cabizbajo y con las mejillas bañadas en lágrimas. Obli­gado por la necesidad, dirígese a los amigos de su padre, tirándoles ya del manto, ya de la túnica; y alguno, compade­cido, le alarga un vaso pequeño con el cual mojará los labios, pero no llegará a humedecer la garganta. El niño que tiene los padres vivos le echa del festín, dándole puñadas a incre­pándole con injuriosas voces: “¡Vete, enhoramala!, le dice, que tu padre no come a escote con nosotros”. Y volverá a su ma­dre viuda, llorando, el huérfano Astianacte, que en otro tiem­po, sentado en las rodillas de su padre, sólo comía medula y grasa pingüe de ovejas, y, cuando se cansaba de jugar y se entregaba al sueño, dormía en blanda cama, en brazos de la nodriza, con el corazón lleno de gozo; mas ahora que ha muerto su padre, mucho tendrá que padecer Astianacte, a quien los troyanos llamaban así porque sólo tú, oh Héctor, defendías las puertas y los altos muros. Y a ti, cuando los pe­rros se hayan saciado con tu carne, los movedizos gusanos te comerán desnudo, junto a las corvas naves, lejos de tus pa­dres; habiendo en el palacio vestiduras finas y hermosas, que las esclavas hicieron con sus manos. Arrojaré todas estas ves­tiduras al ardiente fuego; y ya que no te aprovechen, pues no yacerás en ellas, constituirán para ti un motivo de gloria a los ojos de los troyanos y de las troyanas.
Así dijo llorando, y las mujeres gimieron.
Homero