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7.29.2013

APULEYO



Piazza Americana, Sizilien, Villa Romana del Casale, ein Mosaik in dem Schlafzimmer (Privaträume) der Hausherrin, es zeigt ein Liebespaar.

Cupido y Psique (El Asno de Oro, IV, 28- VI, 24) 

Un rey y una reina tenían tres hijas, las tres muy hermosas, pero la menor, Psique, era una auténtica encarnación humana de Venus. Ante tal hermosura, que se extiende hasta el infinito, por tierra y mar, los hombres abandonan los santuarios de Venus y los sacrificios en su honor para ir a contemplar a la Venus de carne y hueso. En venganza, la diosa, celosa, se ensaña contra la doncella. Ésta, cual estatua, es simplemente admirada, pero no encuentra pretendientes y llora su soledad. El oráculo de Apolo manda al padre exponer a su hija en un tálamo de muerte, sobre la elevada cumbre de una montaña, y vaticina para Psique “un monstruo cruel con la ferocidad de la víbora, un monstruo que tiene alas y vuela por el éter, que siembra desazón en todas partes, que lo destruye todo metódicamente a sangre y fuego, ante quien tiembla el mismo Júpiter…”, es decir, se trata de Cupido. Sus padres lloran afligidos la anunciada muerte de su himeneo. Psique se muestra placentera ante el anuncio de su boda. Le acompaña la población en masa. La doncella obedece y acepta el sacrificio. Llega a la roca designada y temblando de miedo, se consume en lágrimas. De repente, el Céfiro le acaricia el borde de sus faldas y gradualmente se ve transportada por los aires en suave descenso a lo largo de la roca, hasta un profundo valle que había al final, y aterriza en un lecho de florido césped.
Una vez respuesta de la conmoción y el sueño, Psique observa entre árboles altos y frondosos y una fuente de aguas cristalinas, una mansión de arte divino (se puede ver tuya, marfil, oro, plata, piedras preciosas, perlas). Psique se acerca hasta él y cruza el umbral. Se complace con todos los tesoros y de improviso oye la voz de un ser invisible, puesto que era una divinidad. La voz es de sus sirvientas, que le dicen que todo eso es suyo. Descansa, toma un baño y se alimenta, escucha voces de seres invisibles, se deleita con la música. Llegada una hora tardía, acude al tálamo y allí, atemorizada, en profunda soledad, de noche, llega su marido, quien a su lado la desvirga, y antes del alba desaparece para no poder ser reconocido. Con el paso del tiempo, el hábito le fue haciendo agradable su nuevo estado y aquella voz misteriosa fue consuelo para su soledad.
Las dos hermanas de la princesa se enteraron de lo ocurrido y tristes acudieron ante sus padres a acompañarles, puesto que todos ellos la daban por muerta. Así que esta voz misteriosa avisa a Psique que sus hermanas la buscarán y le aconseja que si oye sus lamentos no conteste, que no vuelva su mirada, ante lo que le ocurriría la mayor desgracia. Psique se compromete a ello, pero se desespera al ver cómo su vida pasa entre voces invisibles y ahora su familia le llora. Su marido le deja decidir por sí misma, pero le advierte ante lo dicho. Psique le ruega poder ver a sus hermanas, incluso les va a ofrecer oro y joyas, pero su marido le insiste en que no ceda a los consejos de sus hermanas ni intente averiguar jamás el aspecto de su marido (lo cual ha de ocurrir). Psique le dice en agradecimiento: “antes morir mil veces que perder la felicidad de nuestra unión; pues estoy locamente enamorada de ti y, seas quien seas, te quiero tanto como a mi propia vida: ni el propio Cupido me parece comparable a ti”. Además Psique le pide que Céfiro traiga a sus hermanas ante ella. Psique lo halaga y besa para convencerle. Él cede.
Las hermanas acuden a la roca en que Psique fue abandonada, y allí vertían lágrimas y se golpeaban el pecho. Psique las escuchó y Céfiro al punto bajo la orden las transporta ante su hermana, se infunden en abrazos, besos y lágrimas de alegría. Psique les muestra el palacio y sus tesoros, les invita a un banquete, elementos todos que infunden un sentimiento de envidia en sus dos hermanas. Una de ellas le pregunta quien era el dueño de todo eso, cuál su nombre y su aspecto, pero Psique se mantiene fiel a la promesa de su marido. Para salir del apuro inventa un cuento, diciendo que su marido es n joven de sueva barba, cazador. Temía que el secreto escapara de su lengua, por lo que llama a Céfiro para que se las llevara. Las hermanas regresan a su hogar y allí se duelen de su desgracia amorosa, al ser ellas las hijas mayores, casadas con extranjeros (uno calvo y mayor que el padre en edad; el otro padece reuma, de dedos deformes y duros) para ser sus criadas, viviendo desterradas de la patria y de sus padres, mientras Psique está casada con un dios, posee voces por sirvientas, vive en mansión de máxima opulencia, da órdenes a los vientos y aparenta ser una diosa. Ambas se muestran indignadas ante tal situación y deciden llevar a cabo un plan para castigar el orgullo de Psique (según ellas) mediante funesta muerte.
De nuevo el marido da consejos a Psique acerca del peligro que le amenaza: “unas pérfidas lobas concentran todo su esfuerzo en disponer contra ti criminales emboscadas”. Le advierte de nuevo que no cruce palabra con ellas en su próxima visita y que si así fuera, no diga nada de su marido. Le anuncia su maternidad y le avisa que será un dios si lo mantiene en secreto, en cambio será un mortal si lo profana. Psique estalló de felicidad ante la noticia de su posible descendencia divina y se asombra ante el gran efecto que produce “una leve picadura”.
Ya se acercaban de nuevo las hermanas y su marido le advierte de la catástrofe que les sobreviene y del odio y criminalidad de sus hermanas. Pero ante otras conmovedoras palabras, convence a su marido para que le deje ver y abrazar a sus hermanas, ya que a él no puede verle. Las hermanas le hablan fingiendo alegría por su embarazo y llegan a decir: “si, como es de esperar, heredara la hermosura de sus padres, va a nacernos un auténtico Cupido”. Con palabras aduladoras conquistan el corazón de su hermana, quien las invita a deleitarse de manjares. Bajo el sentimiento maléfico que les apodera, ellas comienzan a preguntar sólo por su marido. De nuevo Psique recurre a otro cuento, diciendo esta vez que es de una provincia próxima, que osee grandes negocios entre manos, de edad madura, con alguna que otra cana. De nuevo las carga de regalos y las manda a casa con el viento. Ambas hermanas llegan a la conclusión de que Psique las miente o que no conoce a su marido, por lo que sería un dios.
Al día siguiente y con mayor perfidia que nuca, acuden de nuevo las hermanas a su morada, anunciándole a Psique que su marido es una monstruosa serpiente y le recuerdan el oráculo de la Pitonisa. Psique se siente aterrada y admira la piedad fraterna. De este modo acaba confesando el secreto prometido a su marido. Entonces las hermanas le proponen un medio de salvación: que cuando su marido yazca dormido en la noche, saque una lámpara para ver su rostro y que con un arma le corte la cabeza. Así ellas le prometen fidelidad y la búsqueda de un marido de condición humana.
Ellas desaparecen y Psique, en un mar de dudas, se decanta por hacer caso a sus hermanas. Llegada la noche, lleva a cabo cada uno de los pasos y ve con asombro que su marido es el propio Cupido, al que con una gota de aceite quema su cuerpo. Juega con su carcaj sus flechas, cuya punta se clava y así queda profundamente enamorada de Cupido. Se deja caer locamente sobre él para besarlo y en esto que cae sobre su hombro derecho una gota ardiente de aceite. Cupido se despierta sobresaltado y sin mediar palabra emprende el vuelo. Y desde la cima de un ciprés, él comienza a hablarle de las advertencias que le dio y de lo que finalmente hizo ella. Y antes de marcharse jura emprender venganza contra sus hermanas.
Psique se arroja a un río, que la deposita sobre el florido césped. Allí se topa con Pan, quien ducho por su edad, adivina su estado de tristeza a cusa del amor y le aconseja que seque sus lágrimas y calme su dolor, además de que suplique a Cupido, quien bajo dulce sumisión, se reconciliará con ella. Psique sigue su camino y llega ante la ciudad de su hermana. Psique pretendía vengarse de ellas. Y le contó o sucedido, pero cambiando la respuesta de Cupido: “por tu horrendo crimen, aléjate inmediatamente de mi lecho, llévate todo lo que te pertenece; ahora me casaré con tu hermana…”. Ésta acude a la roca, desde la que se precipita invocando al viento, desgarrándose su cuerpo entre los peñascos. Así ocurrió lo mismo con la otra hermana.
Psique seguí buscando a Cupido, que se hallaba dolorido en la habitación de su madre. Una gaviota informa de esto a Venus, quien le pide el nombre de la mujer de la que se ha enamorado. Venus se indigna aún más y regresa a su morada, ya que psique era su mayor rival. Allí reprende a su hijo por lo hecho y posteriormente se encuentra con Juno y Ceres, a quienes solicita descubrir a Psique. Las diosas le echan en cara el veto de amor sobre su hijo cuando ella es la garante del propio amor. Psique se siente indignada y se marcha al mar.
Psique continúa buscando a Cupido y en su camino encuentra a Ceres, a la que suplica ayuda, pero ésta se niega al ser compañera de Venus. Así también se cruza con Juno y sucede lo mismo. A su vez Venus busca a Psique y acude en ayuda de Mercurio, al que ofrece una recompensa (siete besos de Venus más uno con la puntita de la lengua) para quien la descubra. Psique llega al umbral de Venus cuando una sirvienta, Costumbre, la arrastra ante Venus. Las esclavas Inquietud y Tristeza la flagelan y Venus se abalanza contra Psique, rasgando sus vestiduras y arrancándole el cabello. A partir de aquí, Venus pretende que Psique demuestre su eficacia y le hace pasar por dificultosas pruebas: separación de los granos debidamente clasificados (ayudada por hormigas); los vellones brillantes como el oro (lo consiguió merced a los consejos de Caña, órgano de melodiosa armonía); robar el agua de unas fuentes imposibles, en un valle lleno de dragones (labor que llevó a cabo el águila de Júpiter), consiguiendo presentarle la jarra de agua llena; la recolección de una pizca de hermosura en una cajita, solicitándola a Prosérpina, para lo que pretendía darse muerte y llegar al Orco, pero la torre desde la que pretendía lanzarse le dio el camino para llegar y conseguir lo pretendido. La única condición era no destapar la caja para ver qué contenía dentro. Todo lo lleva a efecto con esmero, pero ante la curiosidad abre la caja y no hay nada, sólo un nube soporífera que le infunde sueño. Entonces acude Cupido, curado de su herida y deseoso de estar con su amada. Recoge con cuidado el Sueño y lo encierra en la cajita.
Enamorado como estaba, acude ante su madre, le presenta la cajita, después ante Júpiter suplicándole, de quien recibe su aporbación. Así Júpiter llama a Mercurio y convoca una asamblea. Allí él pone fin a los continuos adulterios y amoríos de Cupido mediante el enlace matrimonial con Psique. Legitima la unión convirtiéndola a ella en inmortal haciéndole beber ambrosía. Así transcurrió el banquete nupcial, cada dios y divinidad ocupada en sus tareas. Finalmente Psique y Cupido tuvieron una hija, a la que llamaron Voluptuosidad.


1.02.2013

PETRONIO


- La matrona de Éfeso -



...Pero Eumolpo, nuestro abogado defensor en los momentos de riesgo y autor de la concordia presente, para que la alegría no pasase en silencio sin unos cuentos, se puso a soltar mil pullas sobre la ligereza femenina: cuán fácilmente se enamoriscaban, qué pronto se olvidaban hasta de los hijos, cómo ninguna mujer era tan honesta que no perdiese la cabeza hasta la locura por una pasión extraña. Que no pensaba en las viejas tragedias o en personajes conocidos de siglos atrás, sino en un suceso acaecido en su tiempo, que él estaba dispuesto a contarnos si queríamos escucharlo. Vueltos, pues, a él los rostros y la atención de todos, así comenzó:

-Una matrona en Éfeso era de tan notable honestidad que atraía las miradas de las mujeres incluso de las regiones vecinas. Pues bien, cuando hubo de enterrar a su marido, no se contentó al modo usual con marchar tras el cortejo fúnebre con su cabellera despeinada, o golpear su pecho desnudo ante la vista de los presentes, sino que acompañó al difunto hasta el monumento, y se puso a velar y llorar su cuerpo las noches enteras y los días, después de depositado en la cripta al modo griego. De su aflicción y de su intento de morir por hambre no pudieron apartarla ni sus padres ni sus parientes; marcharon también las autoridades, las últimas en ser rechazadas; mujer de tan singular ejemplo, compadecida por todos, llevaba cuatro días sin tomar alimento. Acompañábala una esclava, de toda lealtad para con la melancólica mujer; acomodaba sus lágrimas a las de ella, y cuantas veces decaía renovaba la luminaria puesta en el monumento. Así pues, en toda la ciudad había un solo tema de comentarios; los hombres de todas las categorías confesaban que sólo aquél destacaba como verdadero ejemplo de pudibundez y amor.
Entre tanto el gobernador de la provincia mandó que fueran crucificados unos ladrones cerca de la pequeña construcción donde la matrona lloraba el reciente cadáver. Pues bien, la noche siguiente, cuando el soldado que hacía guardia ante las cruces a fin de que nadie robase un cuerpo para darle sepultura, observó la luz que brillaba especialmente entre los monumentos y oyó los gemidos de la inconsolable dama, según un defecto muy humano sintió deseos de saber quién era y qué hacía. Bajó, pues, a la cripta y al ver aquélla hermosísima mujer, turbado como si se tratara de un fantasma o de alguna visión infernal, primero se quedó clavado en el sitio. Después, cuando vio el cuerpo del muerto y contempló las lágrimas y el rostro desgarrado con las uñas, cayendo en la cuenta de lo que era en realidad, que aquélla mujer no podía soportar la ausencia del hombre fallecido, llevó al monumento su frugal cena y comenzó a exhortar a la desconsolada a no continuar en su dolor inútil y a librar su pecho de un duelo que para nada servía: que todo el mundo tenía el mismo fin y la última morada, con certeza, era la misma, y todos los argumentos con que los corazones ulcerados son traídos nuevamente a la salud. Pero ella, excitada por consuelo tan inesperado, laceraba su pecho con más ímpetu todavía, y extendía sobre el cuerpo del muerto sus cabellos desgarrados. No cejó con todo el soldado, sino que acompañando los consejos probó a dar a la pobre mujer comida, hasta que la esclava, sobornada por el olor del vino, extendió ella misma la primera a la benevolencia del incitador su mano vencida. Después, reconfortada con la bebida y el alimento, comenzó a asediar la resistencia de su ama, y le decía: 
«¿De qué te servirá todo esto si te aniquila el hambre, si te entierras viva, si antes de que lo exija tu destino entregas tu alma inocente? ¿Eso crees que preocupa a estas cenizas o a los manes de los sepulcros? ¿Quieres tú reintegrarte a la vida? ¿Quieres, dejando de lado un error femenino, gozar del bien de la luz todo el tiempo que te sea permitido? El propio cuerpo del muerto debe advertirte de tu obligación de vivir».
Nadie oye a disgusto que se le fuerce a tomar alimento o a beber. De este modo la mujer, agotada por la abstinencia de varios días, toleró que se relajase su resistencia, y se atracó de comida tan ávidamente como la esclava, que se había rendido antes. Pero ya sabéis qué cosas suelen tentar muchas veces a un estómago satisfecho. Con los mismos arrumacos con que el soldado había logrado que la matrona quisiera seguir viviendo, se lanzó al asalto también de su pudor. No le parecía a nuestra discreta ni carente de gracia ni sin labia el joven, en tanto que la esclava la predisponía en su favor y le decía siempre como remate:
«¿Combatirás tú misma un amor placentero?»
¿Para qué alargarme más? Tampoco en esta parte de su cuerpo guardó más dicta la mujer, y el soldado vencedor la persuadió en ambos terrenos. Durmieron, pues, juntos no sólo aquélla noche, en que hicieron su boda, sino también al día siguiente y al otro, por supuesto con las cancelas del enterramiento cerradas por dentro, para que cualquiera, conocido o desconocido, que se llegase al monumento, creyese que había lanzado el último suspiro sobre el cuerpo de su marido aquélla castísima esposa.
Pero encantado el soldado con la belleza de la mujer y con el secreto, todo lo que le permitían sus posibles lo compraba y nada más caer la noche lo llevaba al monumento. Y así, los parientes de uno de los crucificados en cuanto vieron abandonada la vigilancia, bajaron de noche al colgado y le rindieron el último servicio. Ahora bien, el soldado, aunque obligado por la consigna, como abandonó su puesto, cuando al día siguiente vio una cruz sin cadáver, temeroso del castigo, expuso a la mujer lo que le había ocurrido: no iba a esperar, le dijo, la sentencia del juez, sino que con su propia espada iba a dictar él mismo la sentencia contra su negligencia. Que le dispusiera ella desde ese momento un lugar para morir y que convirtiera el fatal enterramiento en uno solo para su amigo y para su marido. La mujer no menos compasiva que honesta le dijo: 
«No permitan los dioses que a la vez asista a los dos funerales de los dos hombres para mí más queridos. Prefiero colgar al muerto que dejar matar al vivo».
De acuerdo con estas palabras hizo sacar del ataúd el cuerpo de su marido y clavarlo en la cruz que estaba vacía. Se aprovechó el soldado de la ingeniosidad de aquélla mujer tan previsora, y al día siguiente maravillase la gente de qué manera el muerto se había ido a poner en la cruz.

Cuento incluído en El Satiricón, capítulos 111 y 112.
Traducción de Manuel C. Díaz y Díaz.


1.01.2013

HORACIO


Clusone

Solvitur acris hiems grata vice veris et Favoni,

trahuntque siccas machinae carinas,
ac neque iam stabulis gaudet pecus aut arator igni,
nec prata canis albicant pruinis.
Iam Cytherea choros ducit Venus imminente luna,
iunctaeque Nymphis Gratiae decentes
alterno terram quatiunt pede, dum gravis Cyclopum
Volcanus ardens visit officinas.
Nunc decet aut viridi nitidum caput impedire myrto
aut flore, terrae quem ferunt solutae;
nunc et in umbrosis Fauno decet immolare lucis,
seu poscat agna sive malit haedo.
Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas
regumque turris. o beate Sesti,
vitae summa brevis spem nos vetat inchoare longam.
Iam te premet nox fabulaeque Manes
et domus exilis Plutonia; quo simul mearis,
nec regna vini sortiere talis,
nec tenerum Lycidan mirabere, quo calet iuventusnunc omnis et mox virgines tepebunt.


Retrocede el cruel invierno al regresar la primavera y el Favonio,
y los barcos se deslizan sobre troncos.
Ya no buscan la oveja ni el pastor el calor del refugio,
y la escarcha no tiñe los prados de blanco.
Ya Venus Citere abajo la alta luna guía los coros
y en ronda, las Gracias y las Ninfas
con uno y otro pie golpean la tierra, mientras el ígneo Vulcano
visita las fraguas sudorosas de los cíclopes.
Ahora adorna tu brillante cabellera con el verde mirto
o con las flores que convida la tierra liberada.
Ahora a Fauno sacrifica, en los bosques de sagrada
sombra,ya prefiera una cordera o un cabrito.
Con pie imparcial golpea la pálida muerte en la morada del pobre y del rey. ¡Oh, feliz Sestio!
te hundirán en el reino incorpóreo de Plutón,
donde no sortearás con dados el trono del banquete,
ni admirarás al tierno Lícidas, por quien hoy ardenlos jóvenes,
y por quien pronto arderán las vírgenes.
Corta es la vida, y breve debe ser nuestra esperanza.Ya la Noche y los inciertos Manes.